domingo, enero 28, 2007

La Trágica Vida Del Infante Don Carlos De Austria

En 1568 el rey español Felipe II mandó encarcelar a su primogénito y heredero, don Carlos, que murió durante el encierro, una tragedia que alimentó la Leyenda Negra antihispánica.

En la noche del 18 al 19 de enero de 1568 Felipe II, acompañado de algunos miembros del Consejo de Estado se dirigió a las habitaciones de su hijo y heredero el príncipe don Carlos. Entraron en silencio y se apoderaron de las armas que allí había. Después el rey ordenó que se incautasen todos los documentos del príncipe y que se clavasen las ventanas de su cámara, colocando una guardia permanente para custodiar a su hijo. A partir de ese instante y hasta el momento de su muerte, don Carlos permaneció incomunicado y vigilado en una torre del Alcázar de Madrid. La prisión del heredero de la Monarquía Católica provocó todo tipo de especulaciones en las cortes europeas. Seis meses después de los hechos, el fallecimiento del príncipe - cuyo óbito solucionaba un difícil problema de estado- dio pié a que se divulgara la sospecha de la muerte violenta de don Carlos por orden del padre echándoseles encima sus principales enemigos que forjaron la imagen de un apuesto joven don Carlos defensor de las libertades que se subleva contra su padre, un rey achacoso fanático, enfermo de celos por la pasión surgida entre el joven príncipe y su madrastra Isabel de Valois.

¿Porqué mandó encancelar Felipe II a su heredero, su único hijo varón? La respuesta parece que está en la manera de ser de don Carlos.

Había nacido el 8 de julio de 1.545 en Valladolid, fruto del entonces príncipe Felipe con María Manuela de Portugal, su prima por doble vínculo. La princesa murió a los 4 días del alumbramiento. Huérfano de madre don Carlos apenas estuvo junto a su padre durante su infancia. Primero porque Felipe, que tenía 18 años cuando nació su hijo, se ocupaba del gobierno de los territorios hispanos en ausencia de su padre Carlos V, y más tarde porque estuvo fuera de España con motivo de su matrimonio con María Tudor, o por su necesaria presencia en los Países Bajos.

Hasta los siete años el príncipe Don Carlos fue entregado a los cuidados de doña Leonor de Mascarena y bajo la protección de su tía Juana, quién tuvo que abandonarlo al concertarse su matrimonio con el heredero de la corona portuguesa. Estas separaciones, al igual que la de su ayo Luis de Sarmiento, sumieron a Don Carlos en la tristeza y desasosiego pues se sentía sólo sin padre y sin abuelo (su padre estaba en Monzón y su abuelo en Alemania), lo cual hizo que carácter y la educación del príncipe no fueran los adecuados para quien estaba llamado a asumir el gobierno de la monarquía más poderosa de la época.

Además de todo esto don Carlos tenía una naturaleza débil y una salud precaria. Era un joven consentido, caprichoso y soberbio. Por maestros de su educación pasaron los mejores pedagogos de la época, pero todos eran vencidos ante la intolerancia y el despotismo del pequeño príncipe. Sus arrebatos y sus ansias de poder se manifestaban cada día con mayor intensidad, y su única meta era obtener la gloria del éxito militar y el emular a su abuelo Calor V a quien admiraba.

A los 17 años fue enviado a estudiar a Alcalá de Henares y el cambio fue favorable para su salud, pero un desgraciado accidente le hizo caer por unas escaleras lo cual le provocó una herida en la cabeza de enorme gravedad. A pesar de que se le prescribió todo tipo de tratamiento los médicos lo desahuciaron. Aún así don Carlos salvó la vida pero su salud quedó quebrantada y su carácter se hizo más inestable, llegándolo algunos a comparar con su bisabuela Juana la Loca. Sus rabietas eran cada vez mayores y cada vez que su padre lo amonestaba, el príncipe montaba en cólera hasta enfermar, reprochando además a su progenitor de que lo apartaba del poder y no le conseguía ningún tipo de protagonismo. Su única obsesión era seguir los pasos de su padre que con solo 16 años ya tenía responsabilidades de gobierno. Sin embargo Felipe II no lo veía capacitado para ello. Esta actitud del rey mantenía a don Carlos angustiado y desesperado, lo que le inducía a censurar todas las decisiones que su padre tomaba.

Las tensiones entre ambos crecieron a partir de 1.566, como consecuencia de la crisis de los Países Bajos el príncipe pudo concebir esperanzas de que podría ser enviado a gobernar Flandes, sin embargo, los propósitos del Rey eran otros: Ordenó que su hijo permaneciera en España y en su lugar envió al duque de Alba como encargado de dirigir las operaciones de dichos países. El príncipe se enfrentó al duque retándolo puñal en mano “Vos no iréis a Flandes porque os mataré”. La situación fue llegando a extremos límites, más aún cuando Felipe II fue enterado de que en diciembre de 1567 don Carlos tenía preparada la huída de España. Estos acontecimientos indujeron al rey a tomar rigurosas medidas con respecto a su hijo y finalmente, la noche del 18 de enero ordenó su encarcelamiento.

La desesperación de don Carlos al verse en ese estado rebasó todos los límites imaginables, pidiendo a su padre que lo matara allí mismo puesto que su prisión era un escándalo y un deshonor, y amenazó con quitarse la vida, pero el rey no se inmutó ante sus palabras y lo mantuvo encerrado entre cuatro paredes.

Cada día más desesperado, Don Carlos hizo cuanto pudo para acabar con su vida: mantuvo prolongadas huelgas de hambre, bebía agua helada sin tino o enfriaba la cama con nieve. Su precaria salud unida a estos excesos, precipitó su muerte sin que el rey tomara cartas en el asunto. El 19 de julio se hizo pública la enfermedad de don Carlos, y éste, sabiendo que su final se acercaba, pidió ver a su padre para solicitar su perdón, pero el rey se negó a visitarle y prohibió a la reina y a doña Juana que lo hiciesen.

En la madrugada del 24 de julio murió don Carlos teniendo pleno conocimiento de sus actos y confortado con los santos sacramentos. Su muerte encendió más aún la suspicacia: se habó de veneno, de estrangulamiento y de otras formas de muerte violenta; especulaciones todas ellas sin fundamento. Pero aunque Felipe II no ordenara la muerte de su hijo, eso no lo eximió de responsabilidad, porque si bien como rey tenía motivos para privarlos de libertad, no los tenía para tratarle como un criminal, impidiéndole todo contacto con sus pocos amigos y empujándolo a la desesperación más absoluta.

Como era física y moralmente don Carlos

Según las palabras del Embajador de España al informar al rey de Bohemia sobre el príncipe don Carlos: “tiene los cabellos oscuros y lacios, la cabeza mediana, los labios normales, los labios grises, el mentón poco saliente y el rostro muy pálido. No es ancho de espaldas ni de talla grande: uno de sus hombros es un poco más alto que el otro. Tiene el pecho hundido y una pequeña giba en la espalda, a la altura del estómago. Su pierna izquierda es bastante más larga que la derecha y e sirve menos fácilmente de todo el lado derecho de su persona que del izquierdo. Los muslos son fuertes pero mal proporcionados, y sus piernas débiles. Su voz es delgada y muy chillona; da muestra de dificultad al empezar a hablar y las palabras le salen con dificultad de la boca. Su naturaleza es delicada y enfermiza y su carácter violento e irritable.

La herencia genética

La política matrimonial que iniciaron los Reyes Católicos y que continuó el Emperador Carlos V, tuvo como resultado una seria de uniones consanguíneas que se ve reflejada en el árbol genealógico de los Austrias españoles.


Carlos V, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso y nieto de los Reyes Católicos contrajo matrimonio con su prima hermana Isabel de Portugal, y el hijo de ambos, Felipe II lo hizo a su vez con María Manuela de Portugal, prima hermana suya y además en doble grado. Uno y otro eran nietos de Juana I de Castilla, por lo que su hijo, el príncipe don Carlos era biznieto tanto por línea materna como paterna de la desdichada reina llamada “la loca”. Todo hace pensar que esta desgraciada herencia genética, fruto de repetidas uniones consanguíneas, se manifestó en la persona de don Carlos, no solo en lo que respecta a su fragilidad física sino también a sus desequilibrios físicos.






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