viernes, julio 15, 2011

Peste En Sevilla, La Cólera De Dios

 ("El triunfo de la muerte (detalle) -  Pieter Brueghel el Viejo, h. 1562 - Óleo sobre tabla - Mueseo del Prado - Madrid)
Llegó a España por Valencia y entró en Sevilla por Triana, en unos paños que burlaron la cuarentena, y en unos meses, se cobró entre 60.000 y 70.000 vidas. La epidemia acabó con la prosperidad de la boyante ciudad del Guadalquivir, capital del comercio con las Indias.

En el siglo XVII se produjeron en la Península Ibérica tres epidemias que causaron terribles mortandades.
La primera de ella se produjo en el paso de los siglos XVI al XVII, entre 1597 y 1602, y barrió la península de norte a sur. La segunda de esas epidemias se vivió en los años centrales de la centuria, entre 1647 y 1652. Fue calificada por Domínguez Ortiz como “la mayor catástrofe demográfica que se abatió sobre España en los tiempos modernos”.

Llegó a España por el Levante Peninsular, por el puerto de Valencia a través de algún barco procedente de África, desde allí se extendió hacia el norte y hacia el sur. Siguiendo la segunda de estas direcciones, sabemos que poco después había contagiado la ciudad de Alicante, en 1647. Allí, las direcciones de la enfermedad se bifurcan. Una se propagó, hacia el interior, hacia Murcia y su huerta, mientras que otra contagiaba las poblaciones de la costa mediterránea, infestando Almería y Málaga en 1648.
Al año siguiente, pasó al arco atlántico andaluz provocando importantes mortandades en Gibraltar, Cádiz y Hueva. Desde las localidades costeras penetró hacia el interior, hacia el valle del Guadalquivir, donde algunas de sus poblaciones se vieron contagiadas en 1648, pero sobre todo la epidemia se enseñoreó a partir de 1649. Sus efectos fueron demoledores en algunos lugares, pero donde su imparto causó los mayores estragos fue en Sevilla. En pocos meses, su población sufrió el mayor descalabro demográfico de su Historia.


Sevilla, la Babilonia de su tiempo
La capital andaluza era una de las ciudades más importantes de Europa, tanto por su número de habitantes, que por entonces rondaría los 150.000, como por sus riquezas, derivadas, en buena medida, del monopolio del comercio con las Indias de que disfrutaba su puerto. 

 (Sevilla en el siglo XVI - Grabado)

Allí, en el famoso Arenal, junto a la Torre del Oro, se descargaban los productos que traían las flotas procedentes de ultramar y desde allí partían los galeones con destino a los dominios hispánicos del otro lado del Atlántico, dos veces al año.

(Torre del Oro - Sevilla)

A mediados del siglo XVII, la actividad de su puerto ya no era comparable a los momentos más esplendorosos, vividos en la segunda mitad del Quinientos y principios del Seiscientos, cuando la conoció Cervantes, pero Sevilla mantenía su opulencia y el aire cosmopolita que le daban marineros, comerciantes, hombres de negocios, banqueros, soldados, prostitutas y tahúres. Tan cosmopolita y cargada de de riquezas que Cervantes la había calificado como la “Babilonia de nuestro tiempo”.

Sevilla se había guardado del contagio, sobre todo a lo largo de 1648, por los procedimientos habituales de la época. 

Había cortado el tráfico de personas y bienes con los lugares infectados, mediante los llamados cordones sanitarios. Había establecido controles en las puertas y postigos de acceso a la ciudad que solo podían cruzarse con cédulas extendidas por el cabildo municipal y se amenazaba con graves penas a los infractores, que eran distintas según se tratase de nobles o plebeyos.

("San Roque como patron de la peste - 1623 - Pedro Pablo Rubens - Museo Thyssen-Bornemisza

Pero sobre todo se acudía a los remedios espirituales, al considerarse que las epidemias eran una manifestación de la cólera de Dios, una respuesta divina a las maldades y pecados de las personas.

Se celebraban novenas, procesiones y actos de penitencia para aplacar la justa cólera de Dios. Se rendía culto a las imágenes que gozaban de mayor veneración para que ejerciesen su papel de intermediarios.

San Roque era tenido como el principal de los abogados de la peste, pero en cada lugar se rendía culto a advocaciones concretas. En Sevilla, en los momentos finales de la epidemia, se sacó en procesión a la Virgen de los Reyes y pocos días después se hizo una procesión general con el Cristo de la Iglesia de San Agustín.

(Procesión en el Ayuntamiendo de Sevilla - Siglo XVI)

El invierno y la primavera de 1649 fueron muy lluviosos en Sevilla. El Guadalquivir se desbordó el 4 de Abril, inundando muchos barrios. Algún cronista de la época nos ha dejado testimonio de cómo por la popular Alameda de Hércules navegaban las barcas. La inundación dificultó el abastecimiento de la ciudad, provocando un encarecimiento del trigo y que el precio del pan y otros artículos de primera necesidad alcanzaran valores fuera de las posibilidades económicas de gran parte de la población. 

Un contemporáneo afirma que un huevo llegó a valer doce cuartos y que por una gallina se pagaban cuatro reales de a ocho*. (Un cuarto era una moneda de cobre, cuyo valor facial eran cuatro maravedíes. Un real tenía treinta y cuatro maravedíes y un ducado once reales. Su valor adquisitivo nos indica que un buen artesano podía ganar entre 5 y 6 reales, entre 15 y 18 ducados al mes, mientras que un jornalero cobraba entre 2,5 y 3 reales diarios, unos 7 u 8 ducados mensuales.
Por otra parte, el real de a ocho era la denominación popular de una pieza de plata de ocho reales, muy apreciada frente a las llamadas monedas de vellón, acuñadas con una alta proporción de cobre.)

El primer brote en Triana
Los primeros casos de contagio se produjeron a mediados del mes de abril en el popular barrio de Triana, en la rivera derecha del Guadalquivir. Al parecer, la peste llegó con unos paños procedentes de Cádiz, traídos por unos gitanos que incumplieron las normas relativas al aislamiento. Desde Triana la peste pasó al otro lado del río, al corazón de la ciudad.

("Vista de Sevilla desde Triana" Anónimo de finales del siglo XVI, Óleo sobre lienzo, Museo de América)

Como era habitual, las autoridades negaron la existencia del “contagio pestilente” y trataron de ignorar la evidencia, Sin embargo, el 2 de Mayo, en Madrid, ya se consideraba que la ciudad estaba contagiada y se prohibía la entrada de personas y toda clase de bienes y objetos procedentes de Sevilla.

En pocas fechas la mortandad alcanzó cifras escandalosas. Hubo días en que las defunciones se contaban por miles: se alcanzó la cifra de 4.000 en una sola jornada, según reflejó Pedro López de San Román Ladrón de Guevara en su "Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla, publicada en Écija, en 1649".

Los síntomas eran una calentura muy alta, acompañada de dolores en las articulaciones; en una segunda fase aparecían unos negros bultos o bubones en las ingles y en el cuello. Estos tumores podían alcanzar el tamaño de un huevo.

Muy pronto las autoridades se encontraron desbordadas para hacer frente a la terrible situación. Había serios problemas para recoger los cuerpos sin vida abandonados en las calles y enterrarlos. El cabildo ofreció sumas muy elevadas a los que se atrevían a retirar los cadáveres en carretillas y carros para conducirlos hasta las grandes fosas, llamadas carneros, que se abrieron en diferentes puntos de la ciudad, donde se enterraba a los muertos sin mayores ceremonias, junto a grandes cantidades de cal. Se buscaron sitios poco concurridos, aunque no demasiado alejados, como el Prado de San Sebastián, la puerta llamada del Osario, El Baratillo o La Macarena.

Para hacer frente a la peste continuaron las rogativas y procesiones. Se celebró la del Corpus Christi, muy deslucida y con poco acompañamiento.

Se organizó la atención hospitalaria en diferentes puntos de la ciudad. En el hospital de Triana se atendieron unos 15.000 afectados de los que murieron 12.000. El más importante hospital de la ciudad, el de las Cinco Llagas (actual sede del Parlamento Andaluz), llamado también Hospital de la Sangre, construido extramuros frente a la puerta de La Macarena no daba abasto. 

 (Hospital de la Sangre de Sevilla. Atribuido a Pedro Tortolero)

Según el analista sevillano Ortiz de Zúñiga, en las 3.000 camas de este hospital se atendieron 26.700 enfermos de contagio, de los que murieron 22.900; los que lograron salvar la vida, tras una larga convalecencia y cuarentena, no llegaron a los 4.000. Murieron cinco de los seis médicos que allí prestaron servicio y dieciséis de los diecinueve cirujanos.

 ("Caballeros atendiendo a los sacerdotes en el hospital" - Óleo de finales del siglo XVI atribuído a Lucas Valdés)

Muchedumbres ante el Hospital
En los momentos álgidos del contagio, meses de mayo y primeras semanas de Junio, una muchedumbre se concentraba en la explanada que había entre la puerta de La Macarena y el hospital de las Cinco Llagas, clamando por una cama donde poder ser atendidos.
También eran muchos los que permanecían en sus casas y trataban de ocultar la enfermedad para evitar la quema y destrucción de los enseres y el ajuar doméstico. Las autoridades promulgaron disposiciones que contemplaban penas muy severas a quienes practicaran entierros clandestinos en los patios de sus casas, con el propósito de ocultar la existencia de enfermos.

(Muchedumbre ante el Hospital de las Cinco Llagas)

La cifra de las víctimas mortales de la peste, aunque se trata de una aproximación, se sitúa entre las 60.000 y 70.000. La enfermedad se cebó en entre las clases populares, aunque se sabe que entre los fallecidos se encontraba un elevado número de prebendados de su cabildo. Hubo barrios donde sobrevivió poca gente y también se sabe de calles que perdieron a todos sus vecinos.
El testimonio de un contemporáneo, señala que en alguna de ellas no volvió a crecer la hierba porque nadie las transitaba, la peste había acabado con todo el vecindario.
Entre los muertos se encontraron ilustres artistas como el imaginero Martínez Montañés, que era un anciano de 81 años, y el joven pintor de bodegones Juan de Zurbarán, hijo de Francisco de Zurbarán.

Carros cargados de difuntos y muertos sin sepultura
“Todos los días en Gradas amanecía doscientos y muchas vezes trescientos cuerpos, y en la Colegial de San Salvador cientos de ordinarios: a las puertas de las demás Parroquias se hallaban todas las mañanas amontonados los cuerpos muertos, y con ser veinte y nueve las desta ilustre Ciudad, ni en Cementerio ni iglesia había quedado un palmo de tierra desocupado…

El insoportable olor hizo cerrar los templos, sacando y trasladando el Santísimo Sacramento (sea adorado amén) a algún decente lugar, o vecino Monasterio. Y por faltar adonde enterrar a los que tan apresuradamente morían, mandaron los señores de la Junta se hiciesen en diversas partes seis cementerios grandísimos, y se bendixeron, los cuales fueron los siguientes:
En el alto de Colón, fuera de la Puerta Real, uno. En el Almenilla, fuera de la Puerta de la Barqueta, otro. Fuera de la Puerta de La Macarena, otro. Fuera de la Puerta de Triana, a un lado del Convento de N. Señora del Populo, otro. Fuera de la Puerta del Osario, otro. Y otro que contiene tanto como todos los que he referido, en S. Sebastián, más allá de la Puerta de Xerez.
Estos seis campos, rodeados de profundas fosas, y en otros diez y ocho carneros del Hospital de la Sangre, incesantemente yva una multitud de carros cargados de difuntos y no solo de la Plebe, pero personas de lustre y calidad, los cuales no podían valerse de su Entierro. La mayor pompa funeral que llevavan los señores Inquisidores, Dignidades, Canónigos y Caballeros, eran quatro hombres populares, conduzidos a peso de dinero para llevar sus cuerpos.

"Como yva siempre la furia del achaque creciendo, eran tantos los difuntos que amanecían por las calles que muchos se quedavan algunos días sin darles sepultura, y otros se quedaban dentro de las mismas casas, y para sacarlos dellas no bastava la orden de la Justicia… Y pasó a tanto la desventura que se vieron al principio llevar los muertos atados a una soga arrastrando por las calles.”
(Pedro López de San Román Ladrón de Guevara: Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla.”

Las consecuencias de la epidemia para Sevilla sólo puede ser calificada como catástrofe. La ciudad perdió casi la mitad de su población. La vitalista ciudad del Quinientos, que era asombro del mundo, no se recuperó del golpe. Las palabras de Ortiz de Zúñiga son significativas:
“Quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que fueron siguiendo en ruinas en los años siguientes…, todas las contribuciones públicas en gran baja, los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores, y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad”.


Fuentes de Datos:
*”La ira de Dios” – José Calvo Poyato – La Aventura de la Historia
*”Orto y ocaso de Sevilla” – A. Domínguez Ortiz – Publicaciones de la Universidad de Sevilla
*”La vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro” – F. Núñez Roldán – Sílex, Madrid 2004

12 Comments:

C.G. Aparicio said...

Terrible enfermedad, sin duda, una de las más temidas en la Edad Moderna.
Una entrada muy interesante sobre el concreto caso sevillano y unas ilustraciones maravillosas.

Un saludo!

Mari-Pi-R said...

Que desolación ver esta calamidad, la cantidad de muertos y dificultades que llegaron a sobrepasar los sur vivientes, tristeza que debió durar durante muchos años.
Abrazos

Lorenzo "el Retronauta" said...

¡Madre mia que desastre! Y curioso aquello de que arrastraban a los muertos con sogas por falta de manos.
Saludos!

Francisco Doña said...

¡Excelente e impecable artículo, como es norma en Babbilonia! No cabe más que felicitar y agradecer a la autora por el bien elaborado texto y las preciosas ilustraciones. Ha sido un placer su lectura y contemplación. Y he aprendido mucho.
Un cordial saludo.

desdelaterraza-viajaralahistoria said...

Interesante. Curioso el detalle del número de médicos para un hospital con tres mil camas. Menos mal que sólo hubo seis, de haber sido mayor el número los pobres también se hubieran contagiado. Un abrazo.

Babbilonia said...

C.G. Aparicio, efectivamente una de las enfermedades más agresivas de la época. Las epidemias hacían estragos hasta que consiguieron casi erradicarlas.

Saludos

Babbilonia said...

Mari-Pi-R, verdaderamente debió ser aterrador, aunque también en nuestros días hay enfermedades que atacan sin piedad, sobre todo en los países más subdesarrollados.

Un abrazo

Babbilonia said...

Lorenzo "El Retronauta", en verdad que debió ser aterrador. Según las crónicas faltaban personas para poder trasladar a los muertos, así como cementerios. En esa época se construyeron varios en la ciudad para sepultar a los muertos.

Saludos

Babbilonia said...

Francisdo Doña, gracias por tu comentario. Todo lo que sea aportar un granito de arena al conocimiento de la Historia es un placer para mí.

Saludos.

Babbilonia said...

Desdelaterraza, imagínate, dos mil enfermos por médico. Ni que decir tiene que no podrían atender a tantos, aunque de cualquier forma era inútil. La enfermedad no tenía solución.

Un abrazo

f. jurado-perez said...

Interesantísimo blog, en formato, estilo literario, temática y estilo.
Me ha encantado el primer paseo y las ojeadas a algunos artículos.
He recalado en él a la búsqueda de imágenes para un articulo de mi blog-red de blogs sobre flamenco, que tendré terminado en un par de días.
Trata de la Prehistoria del Flamenco y cierro con un artículo preceisamente sobre la peste de 1649
Si puedes echale un vistazo
http://flamenco001.blogspot.com/

Babbilonia said...

F.jurado-perez, antes que nada disculparme por no haberte contestado antes. Estuve todo el mes de agos de vacaciones.

Me alegro mucho que te haya gustado este blog está a tu disposición para lo que necesites.

Ahora me paso por tu espacio.

Saludos

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