domingo, abril 03, 2011

Enrique III de Francia, El Rey Hermafrodita

Apuñalado en 1589 por un monje católico, Enrique III de Francia, último monarca de la dinastía de Valois,
Vivió en una corte de ambiente extravagante y ambiguo, siendo motejado por el pueblo como “El Rey de la Isla de los Hermafroditas".
Este rey se rodeó de jóvenes aristócratas escogidos, no por sus méritos o su alcurnia, sino por su belleza.
Vestía personalmente a la Reina y puso de moda un atuendo masculino que chocaba entre el pueblo y en las Cortes Europeas.


Duque De Ajou
Enrique de Anjou, tercer hijo varón de Enrique II y Catalina de Médicis, nació el 19 de septiembre de 1551, recibió nada más nacer el título de Duque de Angulema. Fue bautizado como Eduardo Alejandro, nombre que le se sería cambiado a Enrique al recibir la confirmación en 1564.
Enrique fue un niño de salud delicada y sensible temperamento, con fobia a las arañas y que sufrió en su infancia el racismo de su padre y los desprecios que hacía a su madre.
Reinó como Enrique III en Francia, entre 1574 y 1589. Quince años plagados de intrigas palaciegas, asesinatos, conspiraciones, y luchas de poder, pero también de lujo, desenfreno, amores apasionados e irreverentes de todo tipo y exquisitas fiestas cortesanas que derivaban en bacanales. Sin embargo, el reinado de este monarca, último vástago de la Casa de Valois, ha pasado a la Historia gala como uno de los peores.

Francia pasa casi de puntillas por este periodo oscuro. En el plano político, el Monarca se encontraba en sus horas más bajas: con una guerra civil religiosa encarnizada que duraba ya varias décadas enconando los odios entre protestantes y católicos; con unos monarcas niños (se sucedieron en el trono tres hermanos que murieron prematuramente sin dejar descendencia), dirigidos y tutelados por una mujer manipuladora, Catalina de Médicis, madre y reina viuda, que se desvivía por mantener a duras penas la cohesión dentro del reino y de su familia, que no tenía ningún escrúpulo en utilizar cualquier medio para conseguir sus fines, y con un rival demasiado poderoso en el exterior, que atenazaba el reino tanto por el norte como por el sur, Felipe II de España.

("Catalina de Médici" - 1585-1596 - Pintura al óleo de Santi di Tito) .

En el plano moral, la Corte de los últimos Valois se había deslizado por un camino de desenfreno, típico de una sociedad en crisis que ve cómo se desmoronan las esperanzas de futuro y gasta sus energías en agotar los placeres de la vida mientras suena la música, dando la espalda a los problemas del reino.

Los retratos de la época nos muestran a Enrique III con un semblante afilado, cejas finas, nariz aguileña, labios gruesos y mirada torva. Su indumentaria es bastante austera (en contra de los excesos en el vestir para grandes ceremonias cortesanas de los que nos hablan los testigos contemporáneos): jubón de terciopelo negro, camisa blanca con cuello de picos y siempre tocado con una gorra de terciopelo rematada por un inmenso rubí. Eso sí, las orejas perforadas por pendientes en forma de aros a la turquesca, que él mismo impuso como moda masculina entre sus cortesanos varones.

Capaz, culto y refinado
A pesar de su mala fama como monarca, los historiadores dicen que Enrique no sólo era el más capaz de todos sus hermanos, sino que además era el más culto, refinado, sensible e imaginativo. Fue siempre el predilecto de su madre, la gran Catalina de Médicis. Cuando subió al trono a la muerte de su hermano Carlos IX, el pueblo le recibió como a un salvador, pero pronto este mismo pueblo fue el que le puso en la mira de sus frustraciones.

(El Dogo y el Patriarca dan la  bienvenida Enrique III, rey de Francia ( - oleo sobre lienzo detalle) 1595-1600- Palacio Ducal de Venecia)

El rey de los Mignons (un término que se puede traducir como “protegidos”), como se le ha llamado, tenía cualidades, pero también defectos que malograban su labor como monarca. Se podría decir que su débil carácter era el mayor de ellos, pero también su indolencia, su falta de pragmatismo, su lado oscuro, que le inducía a la traición cuando se veía acorralado. Los dos adjetivos que mejor lo definirían son decadente, y ambiguo.
Existe la disyuntiva de si Enrique III de Valois era homosexual o simplemente un disoluto libertino, y es difícil analizar esta cuestión a la luz de los testimonios de la época, pues la homosexualidad, tal y como la entendemos hoy, era algo tan tabú en pleno siglo XVI que poca gente se atrevía a hablar de ella explícitamente y, por supuesto, menos tratándose de un monarca cristiano y poderoso como el rey de Francia. Sin embargo, se puede interpretar una aproximación al tema en cuestión en base a comentarios, relatos o crónicas de personajes que convivieron con él o fueron testigos de sus extravagancias.


 ("Enrique II y su madre Catalina de Médicis" en la boda del Duque de Joyeuse, en Septiembre de 1581. Tras el monarca, varios de sus favoritos o Mignongs - Museo del Palacio de Versalles)


El embajador español don Francés de Álava lo retrata como “El duque de Anjou es bueno y de buena condición, muy blando, muy suave, muy ninfa”.
Otro embajador español, Diego de Zúñiga, escribe también a Felipe II sobre el monarca francés y sus extravagantes costumbres, poco recomendables para el sobrio carácter español de la época:
“ Hace cuatro días que viste un traje de satén violeta, pantalones de montar, jubón y esclavina. Todas sus ropas lucen pliegues, tablones y largas aberturas cerradas con botones, como también cintas de color blanco, rojo y violeta. Usa pendientes y brazaletes de coral”. Y sentenciaba finalmente: “Con todo esto, muestra quién es realmente”.
 Siempre disfrutó de la moda, tanto masculina como femenina, siendo el estilista de su propia mujer, la Reina. De hecho, a Enrique le gustaba disfrazarse de mujer, es decir, travestirse, y no lo hacía a escondidas de los atónitos ojos de sus cortesanos. Muy al contrario, gustaba de organizar fiestas de disfraces en las que él tenía que llamar la atención sobre el resto vistiendo de mujer, no como el Rey Sol que quiso brillar más que ningún otro cortesano para dejar claro su poder absoluto, sino por puro coqueteo y vanidad.

(Ilustraciones de Enrique III rey rodeado de sus esbirros -1890)

Brocado, Encaje, Escote y Perlas
Como el baile que organizó en el castillo de Blois, el 24 de Febrero de 1575, en el que dejó sin aliento a todo el mundo al aparecer con el cabello rizado y empolvado y con un bello atuendo confeccionado con brocado y encaje y un pronunciado escote que se remataba con diez hilos de enormes perlas alrededor de su cuello. Existen, incluso retratos del Monarca de esta guisa, que evidencian esta costumbre de vestirse de mujer.
Este comportamiento no conoce parangón en ningún otro monarca europeo de época alguna, lo que demuestra una fuerte personalidad y valentía, pero que en contrapartida hizo que fuera perdiendo el respeto de sus súbditos, quienes le llegaron a apodar el “Rey de la Isla de los Hermafroditas”.

  (Grabado de la época que muestra a Enrique III como Rey de los Hermafroditas, ya que confesaba "no ser ni mujer ni hombre")

Sin embargo, según su mejor biógrafo, el historiador francés Enrri Héritier, Enrique III tuvo amores heterosexuales, aunque también dice de él: “A menudo se viste de mujer, satisface su placer con muchachos guapos, y se separa de ellos para ir a acostarse con la reina Luisa, a la que siempre sigue queriendo, y cuyo amor no conoce eclipse. De la cama conyugal pasa a su oratorio, reza con todo fervor y hace penitencia”.
El gran amor de su vida fue María de Clèves, una mujer casada con el príncipe de Condé, uno de los principales pares de Francia. Este amor, según los historiadores, más parecía de tipo platónico e idealizado, pero Enrique sufrió verdadero delirio por esta mujer. Su apasionado amor por ella no podía ser considerado un fenómeno totalmente heterosexual, sino que se asemejaba más bien a un pensamiento platónico, algo así como la fascinación por un ídolo.

("Un baile en la Corte de Valois" - Pintor Anónimo . 1580 - Museo de Bellas Artes de Rennes)

Teatralidad y puesta en Escena
Cuando Enrique volvió de Polonia para ocupar el trono francés, tuvo uno de los mayores golpes de su vida: su gran amor, la musa de sus pensamientos y desvelos, a la que durante su cautiverio polaco le había dirigido cartas de amor a diario escritas con su propia sangre, moría de una afección pulmonar. La reina madre no se atrevió a informar personalmente de la tragedia a su hijo y colocó la carta debajo de una pila de correspondencia para que el la leyera por casualidad. Cuando Enrique encontró la carta se desmayó. Afectado por un violento acceso febril, se tendió en la cama y no comió ni bebió nada durante tres días, Cuando reapareció, sus ropas estaban cubiertas de calaveras, que habían sido bordadas con hilo de plata en su traje de terciopelo negro. Hasta sus zapatos estaban decorados con diminutas calaveras. La teatralidad en la vida y la puesta en escena era una de las mayores habilidades de este extravagante monarca.

La muerte de María de Clèves supuso un gran alivio para Catalina, quien no veía con buenos ojos la fijación obsesiva de su hijo por una mujer que, además de no pertenecer a ninguna casa reinante, estaba ya casada, y comenzó las pesquisas para buscar entre las monarquías europeas una esposa digna del rango del Rey del Cristianismo.
Pero Enrique ya había puesto sus ojos en otra mujer, ésta de más alta alcurnia al pertenecer a la poderosísima casa de Lorena, parienta de los duques de Guisa, Luisa de Vaudémont, a quien finalmente hizo su esposa convirtiéndola en reina de Francia. De carácter tímido y discreto, Luisa era el contrapunto de Enrique, y sin embargo, sintió un amor rayando en la idolatría por su regio esposo, quien, a su vez, siempre la trató con respeto y fraternal cariño.
Su coronación hubo de posponerse, pues Enrique llegó tarde a la ceremonia después de haber pasado toda la mañana emperifollando a su esposa.

(Enrique III y sus favoritos en grabado publicado en libro de historia del vestido el 1887)

Pero lo que más caracterizó a este monarca durante todo su reinado fue su predilección por los jovencitos aristócratas de la Corte, los conocidos Mignons, cuya situación privilegiada no descansaba en la inteligencia, capacidad para gobernar, astucia o ambición, sino en su belleza.
Eran éstos los niños mimados de la Corte, frívolos, vanidosos, celosos, pendencieros, y se disputaban el favor regio a muerte, y no es ésta una figura retórica.

Tetrato de uno de los Mignonns
 Los Archimignons
Durante su corto reinado hubo tal escabechina entre las jóvenes promesas de la aristocracia al batirse en duelo a muerte o sufrir emboscadas con la complicidad de las frías noches en los suburbios de París, que a la muerte del rey quedó muy diezmada la esperanza de perpetuación de las más importantes casas nobiliarias francesas. Pero entre toda esta nube de petulantes jovenzuelos de cabeza hueca, destacaban dos favoritos, aquellos a quienes L’Estoile llama los Archimignons: los duques de Joyeuse y D’Epernon, quienes junto al bello ministro Du Guast, seductor y enérgico, supieron cautivar al joven rey. 
Estos hombres pertenecían a familias nobiliarias de provincias de pequeño rango, fueron elevados a la más alta categoría de la Corte, para indignación de la vieja aristocracia de cuño, que se ve relegada por jovencitos arrogantes y desvergonzados, que pisaban fuerte solo por tener el favor regio a cambio de prebendas.
La leyenda de inmoralidad de este monarca no acaba ahí. También ha sido acusado de mantener relaciones incestuosas con su hermana pequeña Margarita. Ella misma parece que no deja lugar a duda en sus memorias, acusando a sus hermanos Enrique y Carlos, de haber tenido relaciones sexuales con ella durante su juventud.

Uno de los episodios más oscuros de su reinado fue el asesinato del duque de Guisa, ordenado por el Monarca.
El reinado de Enrique III acabó trágicamente con su asesinato a manos de un fanático monje de la Liga Católica, de nombre Clèment, quien le asestó una puñalada en el vientre después de ganarse su confianza y lograr introducirse en su tienda de campaña mientras sitiaba París, una mañana del mes de agosto de 1589. Pero Enrique murió matando también. Uno de los episodios más oscuros de su reinado fue el asesinato del duque de Guisa, ordenado por el Monarca.

Cuando ya se veía claro que no tendría descendencia y que con su muerte se extinguiría la Casa de Valois, que llevaba reinando más de dos siglos en Francia, se entablo una guerra entre el mismo rey; Enrique , duque de Guisa, líder del partido católico, y Enrique de Navarra, líder del partido hugonote y presunto sucesor del trono a Francia.

A esta guerra se le llamó “La Guerra de los tres Enriques”.
Enrique de Navarra había sido designado como sucesor por el mismo rey y, ante la perspectiva de tener un monarca hugonote, buena parte de los franceses se coaligó en la llamada Liga Católica, proclamando como a su héroe y sucesor a Enrique de Guisa. Éste, un gran seductor de masas, valiente, decidido, varonil, era el contrapunto del Rey, quien fue perdiendo popularidad ante su pueblo a favor del De Guisa. El Rey era de talante pacífico (no le gustaban los juegos violentos ni de caza), pero podía llegar a ser taimado y violento si veía en peligro su dignidad. Y eso fue lo que pasó.
Tal era la aureola popular de héroe de que Guisa fue cosechando, que eclipsó al Rey, quien encerrado en El Louvre, casi no se atrevía a salir por miedo a que las masas de París, los más acérrimos católicos del reino, le abuchearan.
El momento más triste del Rey fue cuando el llamado día de las Barricadas, el 9 de mayo de 1588, cuando el duque de Guisa entró en París y fue aclamado como nuevo rey, viéndose obligado Enrique a huir de la ciudad por la puerta trasera de su palacio. Juró vengarse y esperó el momento propicio para eliminarlo.
Ese día llegó el 23 de diciembre de 1588 en el castillo de Blois, donde estaba reunido el consejo. Esa misma mañana el duque de Guisa se había levantado temprano y fue llamado por el Monarca a su despacho para tratar algunos asuntos.
El Rey había preparado minuciosamente el asesinato del duque, apostando a dieciséis hombres de su confianza con sus dagas, preparadas para que cuando entrara el duque en la habitación se echaran sobre él y lo asesinaran. El duque de Guisa fue avisado de que Enrique le tenía preparada una emboscada, pero entre carcajadas, haciendo como siempre gala de su buena estrella, aseguró: “Él nunca se atreverá”. Pero lo hizo.
Cuando Guisa había entrado en el gabinete real, en lugar de encontrar al Monarca se dio debruces con sus verdugos, que le estaban esperando. Los esbirros se abalanzaron sobre él daga en mano y cada uno le propinó una cuchillada. Guisa intentó defenderse, aunque el número de sus agresores fuera tan alto. Logró incluso herir a dos de ellos, pero las dagas iban entrando una a una en su cuerpo, hasta que fue abatido.

 (Enrique III observando el cuerpo del Duque de Guisa)

El Rey contempló toda la escena escondido detrás de una cortina y no se atrevió a moverse hasta que tuvo la certeza de que su rival había muerto. Entonces salió de su escondite y de pie, contemplando el cadáver del duque tendido sobre el charco de sangre, dicen que pronunció la siguiente frase: “He aquí al rey de París. ¡Ya no es tan grande!”. Pero el indigno suceso soliviantó tanto a las masas católicas de la capital, que se podría afirmar que, a partir de ese día, el Rey no sería más que la sombra de sí mismo, habiendo perdido definitivamente el apoyo de sus súbditos. Incluso su vida corría peligro cada día que pasaba. Sólo era cuestión de tiempo que alguien afecto a la Liga vengara el asesinato de su héroe y valedor, el duque de Guisa. Éste fue el monje Clèment, quien con su estocada certera vengó la muerte de su ídolo.
Enrique de Valois, si bien no fue un gran monarca, sí fue un personaje de enorme interés desde el punto de vista antropológico. Excesivo en todo, igual se dejaba llevar por los placeres un día y al día siguiente presidía una procesión de flagelantes por las calles de París, descalzo y fustigándose la espalda hasta hacerse sangre.
Es llamativo que la sociedad tolerara tanta extravagancia en el siglo XVI. Si acabó siendo destronado, no fue tanto por su vida como por haber dejado los asuntos importantes en manos de ministros incompetentes y por su falta de sentido de Estado. Por eso, tras Enrique III gobernó una serie de monarcas y ministros que aprendieron la lección de su antecesor y, si bien, todos siguieron manteniendo en mayor o menor medida una vida bastante pecaminosa en lo privado, supieron recolocar a Francia en la cima de las naciones europeas.

Fuentes de Datos:
*El Rey Ninfa – José Miguel Cabañas para La Aventura de la Historia
Para saber más:
*Reyes que amaron como reinas – F. Bruquetas de Castro – La Esfera de los libros.

12 Comments:

CarmenBéjar said...

¡Qué curioso! No me cabía duda alguna de que algún rey conocido había tenido que ser homosexual, pero de ahí a que lo reconociera públicamente era otra cosa. Bueno, más que homosexual, teansesual y hermafordita, todo junto. Por cierto que eso de llamarle "ninfa" me ha dejado con un palmo de narices...

Besos

Babbilonia said...

Pues así es Carmen, Ya ves que incluso existe un grabado de la época en el se reconoce hermafrodita.

Un abrazo

desdelaterraza-viajaralahistoria said...

Expléndido artículo. Cada día disfruto más en mis visitas a tu blog. Un saludo, amiga.

C.G. Aparicio said...

Muy interesante esto que cuentas. Además, otro dato curioso es lo íntimamente relacionado que está este monarca con la introducción del TENEDOR en su país. Su madre Catalina lo había traído a su Corte, tras un banquete en Italia, donde había observado que una princesa bizantina (la que lo introdujo en Europa) lo usaba.
A Enrique III le encantó este cubierto que, sin embargo, todavía causaba muchos recelos entre las gentes. Fue así como para criticar a este utensilio y aprovechándose de la homosexualidad del rey, se asoció a los que lo utilizaban con amanerados.

Un saludo!

Babbilonia said...

Desde la terraza, gracias por tu comentario, es para mí un verdadero halago.

Saludos.

Babbilonia said...

D.G. Aparicio, interesantísimo tu comentario. Gracias por aportar estos datos seguramente desconocidos para muchos.

Saludos

Alma said...

Lo de llegar tarde a la ceremonia de coronación por quedarse "emperifollando a su esposa" es de traca :D

Gracias, Babbilonia.

Babbilonia said...

Desde luego que si, Alma, una pasada.

Gracias por tu visita.

Saludos.

Lorenzo/Fotos Antiguas de Mallorca said...

Magnifica entrada, muy interesante e instructiva.
Saludos.

Babbilonia said...

Gracias por tu comentario Lorenzo, celebro que haya sido de tu agrado.

Un abrazo

Francisco Doña said...

Es posible (sólo posible) que el de Francia no fuera el único rey hermafrodita (que no es sinónimo de homosexual)...

http://tiempoparalamemoria.blogspot.com/2011/04/el-hechizo-de-carlos-ii-de-espana.html

Como siempre: ¡Enhorabuena por tan interesante entrada!
Un afectuoso saludo.

Babbilonia said...

Yo también creo que es más que posible que no fuera el único...

Saludos.

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