viernes, enero 29, 2010

Antonietta González

(Antonietta Gonalez pintada por Lavinia Fontana)


Antonietta Gonzáles fue una de las hijas del Petrus Gonzáles (1537-1618), y su esposa Catalina, ambos guanches de Canarias (aunque esto no está totalmente claro). A excepción de la madre, el padre y todos los hijos del matrimonio nacieron con una rara patología, que llegó a conocerse con el nombre de Síndrome de Ambras (nombre que le vino dado debido a que fue en este lugar en donde permanecieron guardados por largo tiempo los retratos de tamaño natural de la familia Petrus), un desconocido defecto genético que provocaba que sus cuerpos estuvieran cubiertos con cantidades anormales de pelos de la cabeza a los pies, dándoles apariencia de animal mamífero o de hombre lobo.
Su aspecto era semejante a la de un perro pequeño terrier.

Dicha anomalía les condenó al ostracismo en su lugar de origen, pero en Europa, lejos de ser rechazados como fanáticos, eran atesorados por los niveles más altos de la aristocracia. La familia Gonzáles es uno de los primeros casos registrados de lo que hoy se conocen, y desde entonces ha habido menos de cincuenta casos conocidos en todo el mundo.
(Petrus Gonzales en un retrato anónimo)
Según se cree, el salvaje Don Pietro fue descubierto en las Islas Canarias en 1457, y enviado a su Serenísima Alteza Enrique, II Rey de Francia, y de Catalina de Médicis. El monarca francés le hizo aprender latín y le dio un puesto menor en su corte. En París, Petrus se casó con Catalina, y la pareja tuvo varios hijos, de los cuales la mayor parte (tres hijas y dos hijos), estaba cubierta de pelos.
No se sabe a ciencia cierta si Petrus era total o parcialmente guanche, ya que había matrimonios entre éstos y los españoles, portugueses, y africanos que trabajaban en los cañaverales e ingenios azucareros de Tenerife. Es uno de los misterios que envuelve a esta familia.

Aproximadamente hacia 1590, los González emprendieron un lento viaje hacia el Sur y acabaron instalándose en el norte de Italia, en la ciudad de Parma, que gobernada por la poderosa familia Farnesio, contaba con papas, cardenales y generales entre sus miembros. Los Gonzales dependían de los Farnesio para su sustento, así que, aunque no eran esclavos, tampoco eran completamente libres.
El Duque de Parma, Ranuccio Farnesio, regaló al hijo mayor de los Gonzáles, Enrico, a su hermano Oduardo, un cardenal muy interesado en lo insólito y lo exótico. Enrico fue a vivir al palacio de Farnesio en Roma, donde más adelante le acompañó también su hermano menor. Enrico a su vez, también convirtió a Antonietta en un regalo, dándosela a la marquesa de Soragna, cuya hija estaba casada con un primo de los Farnesio, pasando Antonietta a ser una permanente compañía para la marquesa. Fue junto a ella, estando invitada en casa de un amigo rico de ambos, afincado en Bolonia, cuando la encontró una tarde de 1594 el científico Ulisse Aldrovandi.

(Ulisse Aldrovandi.)
Aldrovandi examinó a la joven con detenimiento, y después anotó que:
“la cara de la niña estaba cubierta de pelo, excepto las narices, los labios y alrededor de la boca. Los pelos de su frente son más largos y duros que los que cubren sus mejillas, aunque estos son más suaves al tacto que el resto del cuerpo., y tiene pelos en gran parte de sus espalda y pelos amarillos que la cubrirían hasta el inicio de las ingles.”

(Antonietta enfrentada a un ser de tres cabezas - página del Mostrurun Historia - Aldrovandi)

Ulisse Aldrovandi realizó además una serie de grabados de Antonietta y de otros miembros de la familia, que aparecieron en un amplio catálogo de anomalías humanas escrito por Aldrovandi y titulado Monstrorun Historia.
(La niñas Gonzales y sus padres - dibujo incluído en el libros ilustrado de mamífero, aves y peces del pintor flamenco Joris Hoefnagel) 


Todos los miembros peludos de la familia González fueron pintados en distintas ocasiones por pintores renombrados de la época: Lavinia Fontana, pintora Boloñesa, pintó a Antonietta y a su hermana mayor, Francesca. A Antonietta la pintó con una hoja en la mano que da detalles de su vida.
Anteriormente otros estudiosos se habían fijado en los hermanos mayores, Magdalena y Enricco un pintor de la corte de Guillermo V de Baviera, de su mujer y de los dos hijos más pequeños.

(Retrato de Antonietta que se conserva en el castillo de Ambras)
Los retratos de los Gonzales, llamativos y dramáticos, colgaban de las paredes de palacio sin ningún ánimo de burla u ostracismo, sino como algo meramente natural, donde sus vidas transcurrían entre nobles, músicos y artistas. Esta doble identidad les proporcionaba una áurea especial, tanto en su época como en la nuestra.

En épocas posteriores familias o casos como el de los Gonzales serían exhibidos en ferias y circos como los niños con cara de perro, la mujer barbuda o los hombres leones.

Algunos de los retratos de la familia Gonzales fueron obra del artista Joris Hoefnagel, que pintó minúsculas acuarelas de colores muy vivos de Petrus y su esposa y dos de sus hijos, y los incluyó en un libro ilustrado sobre animales, pájaros y peces.

La familia González fue única, pero también está relacionada con muchos de los principales acontecimientos de su época, incluyendo los descubrimientos, las sangrientas guerras religiosas, los movimientos artísticos del Renacimiento, y el crecimiento de la ciencia.

(Portada de una de las obras de Ulisse Adrovandi)

Obviamente, las mujeres, las hermanas eran completamente diferentes que las demás niñas hermosas que eran consideradas "maravillas de la naturaleza", pero al mismo tiempo sus vidas eran muy similares a los de otras mujeres: Maddalena se casó y tuvo hijos, uno de los cuales era peludo, Francesca permaneció soltera, y Antonieta murió joven.



Fuente de datos:
* “The Girls Hairy Maravilla” - Merry Wiesner-Hanks
* La Aventura de la Historia

miércoles, diciembre 30, 2009

Fernando VII El Rey Felón


(Fernando VII - 1814 - Zacarías González Velázquez)

Fernando VII de Borbón, llamado el Deseado o el Rey Felón, reinó en España en 1808. Volvió a reinar de nuevo después de la expulsión de José Bonaparte, desde 1813 a 1823, año en el que hizo un breve intervalo al ser destituido por el Consejo de Regencia, y tras este intervalo, reinaría hasta su muerte.
Fernando VII disfrutó de gran confianza y popularidad por parte del pueblo español en sus principios, pero pronto se reveló como gran absolutista y considerado sin escrúpulos, vengativo y traicionero, que nunca satisfizo los deseos de sus súbditos. Se solía rodear de una camarilla de aduladores y su política se orientó en buena medida a su propia supervivencia.
La figura de Fernando VII ha merecido a los historiadores un unánime juicio negativo, pasando a los anales de la historia de España como el Rey Felón, y considerado como el monarca español peor tratado
por la historiografía, que continuamente ha repetido sus descalificaciones sobre el monarca.
Su imagen histórica deriva en buena medida de la idea percibida de sus contemporáneos, y especialmente por los que profesaban el credo constitucional, los cuales no cesaron de atacarlo como rey, ni de criticar su vida privada.

Que Fernando VII le tocó reinar en una época difícil, es una cuestión sobre la que no cabe duda. Ahora bien, su reinado estuvo lleno de fracasos y de frustraciones, especialmente a causa de su escasa capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos que corrían. Tampoco su vida familiar estuvo exenta de problemas y complicaciones. Las relaciones con sus padres no podían ser peores, su hermano Carlos se le enfrentó en la última etapa de su reinado, y por si fuera poco, sus esposas morían prematuramente.
(Carlos IV- Francisco Bayeu Subías)
Fernando VII nació el 14 octubre de 1784 en San Lorenzo de El Escorial. Fue el noveno hijo de los 14 que tuvieron Carlos IV y María Luisa de Borbón, hija de los duques de Parma. De los 14 hermanos, ocho (Carlos Clemente, María Luisa, María Amalia, Carlos Domingo, Carlos Francisco, Felipe Francisco, María Teresa y Felipe María) murieron antes de 1800; Carlota Joaquina (1775-1830) fue la esposa de Juan VI de Portugal; María Luisa Josefina (1782-1824) fue reina de Etruria; Carlos María Isidro (1788-1855) y Francisco de Paula (1794-1865) aparecen con frecuencia a lo largo del reinado de Fernando VII; María de la O Isabela (1789-1848) fue reina de Nápoles por matrimonio con Fernando I y madre de Luisa Carlota (esposa de Francisco de Paula) y de María Cristina (cuarta esposa de Fernando VII).

De infancia enfermiza, obtuvo el título de Príncipe de Asturias al acceder al trono su padre Fernando IV, que puso su educación en manos del escolapio Fernando Scio, Francisco Javier Cabrera, obispo de Orihuela, el presbítero Pedro Ramírez y los canónigos Juan Escóiquiz y Cristóbal Bencomo. Fue Escéiquiz quien, al parecer, mantuvo más larga relación y ejerció mayor influencia en príncipe. Influido por éste, creció aborreciendo a su madre y al favorito de ésta, Manuel de Godoy.
Fernando VII tuvo una juventud humillada, y fue tratado como incapaz, sin que encontrara tampoco en sus padres, que no veían sino por los ojos de Godoy, la menor ayuda. La impopularidad de Godoy fue creando un informe partido contra él, en el que participaban desde la nobleza hasta las más humildes clases populares.
Ya desde muy joven, Fernando había conspirado en contra de sus padres los reyes y de Godoy, alentado por su preceptor. En torno al joven Príncipe de Asturias se había formado un núcleo opositor formado por miembros de la alta nobleza, llamados posteriormente "La Camarilla", que perseguían la caída de Godoy.
Los enemigos de Godoy se fueron agrupando en torno al príncipe de Asturias, que comenzó a ser una esperanza; así se fue formando un partido fernandino.

En 1807 se llevó a cabo la primera conspiración y tuvo lugar el proceso de El Escorial, primer acto, como podría decirse, del derrocamiento del valido. La conspiración fue esencialmente movida por la nobleza, que encontró en Fernando un instrumento más que dispuesto a causa de cuanto había tenido que sufrir del favorito.
Estando la corte en El Escorial, un anónimo informó a Carlos IV de un movimiento preparado por el príncipe Fernando, por el que peligraba su corona y la reina corría el riesgo de ser envenenada. Ello no era cierto, pero constituyó motivo para que Carlos I V examinara los papeles de su hijo y le arrestara. Al extenderse la noticia creció el odio al Príncipe de la Paz. Fernando se humilló y firmó unas cartas a sus padres pidiendo perdón, después de dar los nombres de los conjurados. El perdón del rey se publicó, con las cartas, el 5 de noviembre, pero lejos de acallar la indignación pública contra Godoy e incluso contra los reyes, la acrecentó. El 5 de enero, los jueces que entendieron en la causa contra los cómplices absolvieron a los reos de todo cargo, a pesar de lo cual Godoy desterró a los que juzgó más comprometidos.
Dos meses después, y como continuación del intento, hubo un motín en Aranjuez durante la estancia de la corte en este sitio, y esta vez tuvo éxito. Dirigido por el conde de Montijo, se asaltó la casa de Godoy y en su caída, éste arrastró a Carlos IV, que tan ciegamente se había puesto en sus manos.
Un hecho trascendental había ocurrido en la historia de la monarquía española: la abdicación de un rey en virtud de un motín, que además no había sido dirigido contra él. Una de las primeras medidas del nuevo rey, ya Fernando VII, fue levantar el destierro no sólo de los castigados por Godoy a raíz de la causa de El Escorial, sino también a otros que habían sufrido anteriormente sin razón este castigo, al menos sin motivo que se supiera grave.
(Fernando VII es proclamado rey tras el motín de Aranjuez - Grabado siglo XIX)

Cuando tuvo lugar el motín de Aranjuez, las principales plazas fuertes al norte del Ebro estaban ocupadas por los franceses, pues tanto Carlos IV como su hijo creían de buena fe en la amistad y ayuda del Emperador. Fernando VII entró en Madrid el 24 de marzo. Carlos IV ordenó escribir al Emperador, una nota en la que declaraba haberse visto forzado a abdicar para precaver mayores males. Algo debieron de sospechar Fernando VII y sus partidarios, y ante el temor de que por ayuda de los franceses, separando de la política a María Luisa y continuando, al menos, en apariencia, la causa contra Godoy para congraciarse con el pueblo, Carlos IV se viera repuesto, lo que significaría la prisión del joven rey y sus amigos, con la desheredación consiguiente y quizá peligro de guerra civil con Francia, por lo que se iniciaron gestiones para contrarrestar esta amenazadora posibilidad. Aquí radica la explicación del viaje a Francia.
El primero en desplazarse para recibir al Emperador fue D. Carlos; luego siguió el rey, que llegó a Bayona en la última decena de abril, prácticamente prisionero del Emperador. Allí tuvo lugar la forzada abdicación de Fernando VII en su padre, y la de éste en Napoleón, quien, a su vez, cedió la corona a su hermano José Bonaparte.

Una Asamblea convocada en junio en Bayona dotó a España de una Constitución; en los primeros días de julio, José Bonaparte, rey intruso, llegó a España por la frontera de Irún, una España que desde el 2 de mayo estaba en guerra contra Napoleón. Un alzamiento general había depuesto a las autoridades complacientes con los planes napoleónicos; se formaron juntas provinciales y se aprestaron ejércitos contra los franceses. Después de la victoria de Bailén se pensó en crear un Gobierno único, surgiendo la junta Central, integrada por representantes de las Juntas provinciales. A la Junta, que cesó a fines de enero de 1810, coincidiendo con la llegada de los franceses a Sevilla, donde radicaba, sucedió una Regencia a cuyo frente se puso el prestigioso obispo de Orense Pedro Quevedo; los otros miembros eran Saavedra, Escaño, Lardizábal y Castaños. La Junta Central convocó Cortes, y la Regencia, en contra lo acordado por la Central, las reunió al estilo de la Asamblea francesa, en cámara única y voto por cabezas.
Cuando las Cortes de Cádiz iniciaron sus sesiones en septiembre de 1810, la mayor parte de España estaba en poder de los franceses. Las primeras decisiones de las Cortes modificaron sustancialmente la constitución política de la monarquía, decretando la soberanía nacional y la división de poderes. A partir de 1812, los ejércitos españoles e ingleses, al mando de Wellington habían ido sumando victorias contra los franceses; en octubre de 1813, el ejército aliado entró en Francia, y a fines de año se firmó el tratado de Valenjay, por el que Fernando VII recobró su libertad. En septiembre de 1813 comenzaron sus sesiones en Cádiz las Cortes ordinarias, las cuales sucedieron a las extraordinarias que elaboraron la Constitución.

(Alegoría del regreso de Fernando VII)

En marzo de 1814 Fernando VII pasó la frontera española y se encontró entre dos tendencias: la representada por el emisario de las Cortes, exigiéndole que jurara la Constitución como requisito previo para gobernar, y la de los diputados realistas. La adhesión del Ejército y la actitud del pueblo, así como (probablemente) el contenido del Manifiesto, determinaron el camino que siguió Fernando VIl.
El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto que restablecía la Monarquía absoluta y declaraba nulo y sin efecto alguno toda la obra de las Cortes de Cádiz. El régimen constitucional no fue capaz de oponer resistencia, y las Cortes fueron disueltas el 10 de Mayo de aquel año.

El resto del reinado de Fernando VII estuvo marcado por su resistencia a reformar las caducas estructuras del Antiguo Régimen, acompañada de una represión sangrienta contra los movimientos de inspiración liberal. Durante los «seis mal llamados años» (1814-20) se limitó a restaurar la monarquía absoluta como si nada hubiera ocurrido desde 1808, agravando los problemas financieros derivados de la pervivencia de los privilegios fiscales y la insuficiencia del sistema tributario tradicional; un endeudamiento creciente ahogaba a la Hacienda Real, al tiempo que España perdía todo protagonismo internacional (la participación en el Congreso de Viena de 1815 se saldó sin beneficio alguno para el país).
Incapaz de reaccionar ante el proceso de emancipación de las colonias americanas, Fernando permitió prácticamente que consolidaran su independencia de España; cuando, en 1820, reunió en Andalucía un ejército expedicionario destinado a recuperar el control sobre América, éste se pronunció bajo el mando del general Riego y puso en marcha un proceso revolucionario que obligó al rey a aceptar la restauración de la Constitución de 1812.
(Jura de FErnando VII como principe de Asturias - 1791 - Luis Paret y Alcázar)

Durante el siguiente Trienio Liberal (1820-23), Fernando intentó salvar el Trono fingiendo admitir su nuevo papel de monarca constitucional, pero utilizó todos los recursos que pudo para hacer fracasar el régimen y obstaculizar las reformas de las Cortes y los gobiernos liberales: conspiró para organizar un golpe de Estado de la Guardia Real en Madrid, que fracasó en 1822; posteriormente llamó en su ayuda a las potencias absolutistas de la Santa Alianza, hasta propiciar una nueva invasión francesa de la Península, la campaña de los «Cien mil hijos de San Luis» que, bajo el mando del duque de Angulema, derribó el régimen constitucional y repuso a Fernando como rey absoluto (1823).

(Desembarco de S.M. el Rey Don Fernando VII en El Puerto de Santa María, el 1 de Octubre de 1823- Oleo José Aparicio)

El 31 de marzo de 1830 Fernando promulgó la Pragmática Sanción, aprobada el 30 de Septiembre de 1789, bajo Carlos IV, pero que no se había hecho efectiva por razones de política exterior. La Pragmática establecía que si el rey no tenía heredero varón, heredaría la hija mayor. Esto excluía, en la práctica, al infante Don Carlos María Isidro de la sucesión, por cuanto ya fuese niño o niña quien naciese sería el heredero directo del rey. De esta forma, su hija Isabel, la futura Isabel II, nacida poco después, se veía reconocida como heredera de la corona, con gran disgusto de los partidarios de don Carlos, el hermano del rey.

En 1832, hallándose el rey enfermo de gravedad en cortesanos partidarios del infante consiguieron que Fernando VII firmara un Decreto derogando la Pragmática. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno de Francisco Cea Bermúdez, la puso de nuevo en vigor. Tras ello, Don Carlos marchó a Portugal. Entre tanto, María Cristina, nombrada regente durante la grave enfermedad del rey (la heredera Isabel apenas tenía tres años en ese momento), inició un acercamiento hacia los liberales y concedió una amplia amnistía para los liberales exiliados, prefigurando el viraje político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del rey.

(Grabado del Museo Municipal en el que se muestra a la reina María Cristina cuidando a Fernando VII enfermo)

Fernando murió el 19 de Septiembre de 1833, sin hijos varones, había tenido otra hija la infanta Luisa Fernanda. El infante don Carlos, junto a otros realistas que consideraban que el legítimo heredero era el hermano del rey y no su hija primogénita, se sublevaron y empezó la Primera Guerra Carlista. Con ello su aparición el carlismo.

Fernando VII tenía fama de mujeriego. Las historias que se contaban de sus infidelidadescy de sus aventuras extramaritales corrían paralelas a las críticas feroces a su carácter vengativo y torticiero.
Contrajo matrimonio en cuatro ocasiones:
En 1802 casó con su prima María Antonia de las Dos Sicilias, hija de Fernando I de las dos Sicilias y de María Carolina de Austria. (1784-1806), hija de María Antonia sufrió dos abortos, y no hubo descendencia.

En 1816 Fernando casó en segundas nupcias con su sobrina Isabel de Braganza, Infanta de Portugal (1797-1818), hija de su hermana mayor Carlota Joaquina y Juan VI de Portugal. Murió por una cesárea mal practicada, que causó también la muerte a su única hija.

En 1819 casó por tercera vez con María Josefa de Sajonia, (1803-1829), hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Borbón-Parma. No tuvieron descendencia.

Finalmente, en 1829, casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias (1806–1878), hija de su hermana menor María Isabel de Borbón y Francisco I de las Dos Sicilias. Tuvieron dos hijas:
Isabel II (1830-1904), reina de España (1833-1868) y Luisa Fernanda (1832-1897), infanta de España, casada con el duque de Montpensier.

Fuente de Datos:
*Fernando VII - Rafael Sánchez Montero – Madrid, Arlanza, 2001.
*Wikipedia
*Biografías y Vida

miércoles, noviembre 04, 2009

El Fayum


La región del oasis de El Fayum, en Hawara, er Rubayat, que da su nombre a un característico tipo de retratos, se halla a unos 85 km. Al sur de El Cairo. Es una zona rica y fértil, bañada por el Barhr Yusef, el brazo del Nilo que nutre de agua el lago Birket el-Qarun, antiguo lago Moeris.
En época grecorromana este territorio fue un centro agrícola activo y el lugar donde se asentó un importante núcleo de población foránea.

En 1615, Pietro Della Valle descubrió el primer retrato, pero no fue hasta 1888, cuando Sir William Flinders Petrie comenzó a realizar excavaciones en la zona haciendo importantes descubrimientos,y dándolos a conocer al mundo.

Los retratos de El Fayum se ejecutaban sobre un soporte que solía ser de madera (tilo, haya, cedro, higuera), aunque existen algunos retratos hechos sobre tela. En estas tablillas se representaba la esfinge del muerto, en una posición de escorzo pintada a la encaústica. Para la aplicación de esta técnica pictórica se procedía primero a alisar la superficie del soporte y cubrirla con una capa preparatoria de estuco.
El retrato se realizaba con pigmentos minerales y vegetales aglutinados y diluidos en cera caliente o fría. Los toques de pintura se aplicaban minuciosamente, por medio de finos pinceles y espátulas, dotando a la figura de un suave moldeado, con luces y sombras que producen, al mirarlas, un extraño efecto de vida. En algunos retratos se observa una técnica mixta: la encaústica para la cara y el peinado, y la pintura al temple para los vestidos y el fondo.
Una vez finalizado se podía aplicar una fina capa de barniz que fijaba la pintura, dotándola de un acabado más luminoso.


Desgraciadamente el paso del tiempo ha oxidado los barnices desluciendo las tablillas y a su vez la viva expresión de los personajes.

Esta técnica de pintura ya se usaba en la Roma del siglo I a.C. para representar a una persona y exaltar sus cualidades. Posteriormente se expandió por todo el imperio romano y alcanzó Egipto, cuyas sólidas creencias funerarias habían sobrepasado la civilización faraónica.

Su realización dejó fijada para siempre los rostros de hombres, mujeres y niños de hace casi dos mil años, reflejando la mayoría grandes ojos y una mirada profunda y enigmática.

Las pinturas, conocidas con el nombre de El Fayum, dado que en dicho lugar han aparecido el mayor número de ellas (aunque también se han hecho descubrimientos en distintos lugares de Egipto), eran colocadas entre las vendas y la cara de la momia, y llegaron a sustituir en algunos casos las tradicionales máscaras que protegían e identificaban a los difuntos, son consideradas verdaderas obras de arte, tanto por la ejecución de su personalidad como por la fuerza y la vida que emanan de quienes se representan en ellos. Otros sin embargo son estudios convencionales y estereotipados, sobre todo en el caso de las representaciones de niños, reconociéndose por reproducir idénticos ojos, boca y cara, que se trata de producciones en serie.

Es una incógnita la autoría de las pinturas así como la manera de realizarlas. Se desconoce si fueron pintores itinerantes, o trabajaban permanentemente en talleres especializados, aunque sí se sabe, dado las obras, que existían grandes artistas y meros copistas de los mismos que realizaban su trabajo por encargo.
Otra de las incógnitas es referente a la edad de las gentes pintadas, creando la duda de si la edad representada se corresponde con la del momento de la muerte. 

Es un hecho que la mayoría de los retratos muestran a individuos jóvenes, de edad no superior a los treinta años, y a una gran cantidad de niños, siendo una minoría los que retratan a hombres y mujeres de mediana

edad, lo cual puede constituir un dato casi decisivo para determinar la esperanza de vida, en una época marcada por una elevada tasa de mortalidad infantil.

También se plantea si las costosas joyas que adornan las figuras femeninas representan el estatus de las fallecidas y su poder adquisitivo. Es evidente que independientemente del valor de las mismas, el estilo de ellas, así como los vestidos, peinados, y otros complementos pretenden emular los que en aquellos momentos lucían las damas de la capital del Imperio.

Indiscutiblemente estos retratos fueron pintados en vida y no después de la muerte, tal y como lo muestran los rostros impresos en ellos. El suave color de las mejillas o el brillo de los ojos transmiten una clara vitalidad.


Algunos expertos creen que estaban expuestos en las casas y se entregaban a los embalsamadores después de fallecimiento, para ser colocados entre los vendajes de la momia.

Gracias a ellas, hoy podemos conocer con gran exactitud los rostros de las personas que vivieron en Egipto entre los siglos I y IV d.C. así como la evolución de la moda, vestidos, joyas, y peinados, cuyo conjunto nos acerca más a la vida cotidiana de los antiguos pobladores del Nilo.
Igualmente sabemos la identidad y el oficio de algunos de los personajes retratados.


Mucho más allá de un arte impersonal, las tablas policromadas de El Fayum resumen no sólo fisonomías, sino también caracteres, sentimientos y un deseo de perdurar quizá tan inalcanzable hoy como ayer.

Bibliografía: "La llamada muda: ensayo sobre los retratos de El Fayum" - Jean Chistiophe Baylli

martes, octubre 27, 2009

El Hampa Sevillana En La Edad Media

Ciudad y Puerto de Sevilla Siglo XVII - Sánchez Coello
En la España del siglo XVII, muchas personas vivían al margen de la ley, dedicadas al crimen, el fraude o la prostitución. Podía encontrárselos en todas las partes y ciudades, pero fue en Sevilla donde alcanzaron más notoriedad. Para los hombres de la época, la capital andaluza, que hasta entrado el siglo XVII fue el boyante centro del comercio con las Indias, aparecía como un foco de atracción y refugio de maleantes.

Se la llamaba Nínive, Babilonia, El Cairo, Guzmán de Alfarache, protagonista de la novela del mismo título escrita por Mateo Alemán, que la describió como la mejor tierra del mundo “…está bien acomodada para cualquier granjería, porque hay mercantes para todo. Es patria común, dehesa franca, ñudo ciego, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene”. No es raro que fuera escenario de las novelas picarescas de la época, como “Rinconete y Cortadillo”, o Guzmán de Alfarache.

Dibujo Sevilla Medieval

La gente de mala vida constituía casi una raza en medio de la población, una comunidad aparte con sus propias normas y costumbres. A sus miembros se les daba el nombre de Hampa, en el sentido de la vida maleante, vida holgazana, escoria, o bien de germanía, término derivado de “hermandad”.

Un rasgo característico de las comunidades de maleantes de la época era la posesión de un lenguaje específico o jerigonza, la “lengua de Germanía”. Su habla es uno de los patrimonios más importantes del Siglo de Oro, expresión de un submundo singular y muy bien organizado.

Las asociaciones delictivas de la Sevilla del Siglo de Oro, se dedicaban a múltiples actividades, desde la prostitución hasta el robo o los asesinatos a sueldo. La prostitución, en particular, era uno de sus negocios preferidos. Los burdeles, también llamados casas llanas, boticas o mancebías, estaban a cargo de los llamados padres y madres, o bien jaques. Su poder provenía del que les concedían las autoridades, quienes determinaban donde debían establecerse las casas, o los arrendadores de burdeles, en muchas ocasiones órdenes religiosas.

Padres y madres ejercían allí la máxima autoridad. Para mantener bajo su control a las prostitutas, les prestaban dinero, algo prohibido por las ordenanzas municipales, pero que sin embargo, era práctica frecuente. El padre prestaba con constancia escrita y entregaba a las mujeres a quién le parecía conveniente. También les proporcionaba protección y viviendas o las alojaba n en las boticas. Por otra parte, en los burdeles se guardaban pócimas o venenos, pues brujerías y curaciones no eran ajenas al mundo de la germanía.

Las prostitutas recibían muchos nombres: coínas, cotarreras (las que andan de cotarro en cotarro y frecuentan los lupanares). No faltaban tampoco los rufianes o chulos, que las protegían y las explotaban. Otras figuras eran los traineles, criados del rufián o de la mujer de la mancebía, llamado así porque llebaban o traían recados o nuevas.

El pícaro Rinconete

Los pegoles eran aprendices de rufianes, que guardaban la mujer para que le pagara.

El robo era otra especialidad de la germanía. Cervantes, en Rinconete y Cortadillo, describe el funcionamiento de uno de estos grupos, formados por ladrones, espadachines, abispones (individuos que se dedicaban durante el día a detectar en qué casas se podía robar de noche), y postas, los encargados de vigilar a las autoridades para evitar sorpresas a las prostitutas y sus rufianes.

A los ladrones se los llamaba también birlos o birladores, y también murcios, derivado de murciélago, porque éste, al igual que el ladrón, salía de noche.

Los jaques controlaban también los garitos, las casas de juego. En Sevilla había más de trescientas, dirigidas por los gariteros o coimeros. Allí se jugaba a las cartas, se hacían trampas con naipes hechos, ya preparados para la fullería, y como es habitual, eran lugares de reunión de criminales y rufianes.

La Germanía podía considerarse como una carrera, no sólo un oficio. Había jerarquías y niveles por lo que se podía ascender desde el puesto más bajo hasta el más elevado. Cada nivel o grado tenía sus tareas determinadas, sus deberes y sus derechos, y para pasar de un escalón a otro, era preciso cumplir ciertas condiciones.

En Sevilla los jóvenes pícaros se iniciaban en las cercanías del puerto, donde trabajaban como porteadores de las mercancías llegadas de las Indias. Al principio eran mandiles, simples recaderos de las prostitutas. Cuando se ganaban la confianza del rufián, se convertían en jorgolinos, también llamados chulos o chulillos. Más tarde se llegaba a mandil, criado de rufián o de mujer pública, hasta alcanzar la condición de joven rufián, el mandil de media talla, también llamado rufezno, rufiancillo. Era el cachorro del rufián, su aprendiz y su criado.

El uso de las armas confería una categoría más elevada. Era éste el grupo de los valentones, también llamados bravos, encargados del trabajo sucio dentro de la germanía. Entre ellos destacaban los espadachines, término que en un diccionario de la época se define como el valentón que anda con su espada levantada, la punta en alto y el brazo izquierdo puesto sobre ella, que es amigo de chilladas y pendencias, y cuyo trato es propio de rufián o de matasiete.

Dibujo del barrio de El Arenal de Sevilla (sobre 1600), lugar de mancebías

En un estadio superior en la pirámide de la germanía estaban los jaques. Y todavía por encima se encontraban los jayanes, rufianes a los que se respetaba por ser superiores a todos los demás. Solían ser rufianes ya retirados que se ocupaban en velar por el cumplimiento de las normas que regían esta particular sociedad, y otorgaban ayudas y favores a los necesitados o a los que estaban en apuros. Por su gran autoridad podían permitirse el lujo de tener a su servicio a una iza, prostituta a la que protegían y explotaban.

Los jayanes forman el consejo de notables con los padres de la mancebía, las personas más importantes de su profesión.
Los ladrones tenían una organización autónoma. Contaban con un jefe máximo, prior, bajo el que se encontraban personajes de menor categoría, los cónsules, rufianes o valentones de cierto nivel. Llegaron a ser dueños de ciertas mancebías y socios de algunas personas de la nobleza. Todo lo robado se guardaba en un arca de tres llaves, que constituía el fondo común con el que sobornaban a alguaciles y escribanos, y lo necesario para el gasto diario de los cofrades.

Fuente: Maria Inés Chamorro

martes, septiembre 15, 2009

El Templo De Diana En Efeso

("Templo de Diana" - 1727 - Grabado de Johann Bernhard Fischer von Erlach)

Efeso, ciudad de la Jonia, se encontraba en una región próspera a orillas del mar Jónico, que gozaba de un excelente puerto natural, de gran comercialidad y actividad, y que hacían de él uno de los más importantes del Asia Menor.


En esta ciudad, y sobre las ruinas de un antiguo templo dedicado a la diosa Cibeles, a quienes rendían culto los antiguos habitantes de la región, y que fue destruido en el siglo VII a.C. por los sumerios, Cresó, rey de Lidia, ordenó levantar por suscripción pública, reuniendo fondos para ellos, un tempo dedicado a la diosa Artemisa.


Creso, amante del arte, hizo que los planos fueran trazados por Queristión, y se cree que tardó unos de 220 años de trabajos.

Como precaución a los terremotos que se solían sufrir en la zona, se decidió que el templo se ubicase sobre un terreno rocoso. El resultado fue una verdadera obra de arte que constituyó uno de los más legítimos orgullos de los griegos.

El Templo estaba sostenido por 127 columnas de 20 metros de altura, cuyas bases eran de 5 pies de diámetro. La fachada principal tenía 36 columnas distribuidas en 3 hileras de ocho diámetros,adornadas con esculturas de Scopas, rodeando la sala donde estaba situada la estatua de la diosa, fabricada de color negro y cubierta de oro, asegurando algunos que se había tallado sobre un meteorito.


El soberbio edificio, que se consideraba como una de las Siete Maravillas, era el orgullo de la ciudad y la envidia de todo el forastero que lo visitaba.


Sin embargo, dos siglos después de su construcción, Impulsado por un extraño afán de celebridad, el pastor Eróstrato, un mendigo loco, hambriento de fama le prendió fuego, quedando el edificio casi enteramente destruido.

Los efesianos, horrorizados ante el crimen de Eróstrato, le condenaron a muerte, y a algo aún más terrible si se considera el ansia de inmortalidad del incendiario: a que su nombre, borrado de todos los anales, no fuese jamás pronunciado por nadie.


El hecho ocurrió en el año 356 a.C., el mismo día en que nació Alejandro Magno.


("Templo de Artemisa en Éfeso" 1572 - Grabado de Martin Van Heemskerck )


Poco después, sin embargo, el famoso templo fue reconstruido por Quiromócrates. Una estatua de Diana lo presidía y lo decoraban pinturas de Apeles y Parrasios.

Este segundo monumento cayó en poder de los godos en el año 263 de la era cristiana, siendo destruido por orden de Constantino.


Los restos de piedras y cimientos del mismo, fueron descubiertos en 1863 por el ingeniero ingles J.T. Word tras varios años de búsqueda, realizando las excavaciones por cuenta del museo británico bajo más de siete metros de escombros y piedras.


Fuentes:

*Las Maravillas del Mundo – Enciclopedia Cultural Salvat Editores.

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