lunes, enero 09, 2012

Don Juan Calabazas o Calabacillas, Bufón y Truhán


Este hombre fue llevado a la corte por el duque de Alba. Sirvió al Cardenal Infante y, desde 1632, a Felipe IV. Fue célebre por haber sido retratado por Velázquez en dos ocasiones. Su figura es bien conocida gracias a estos retratos, fechados ambos en la década de 1630.
Por entonces su nombre menudeaba en las historias jocosas que se contaban en la corte, como un vejamen burlesco que lo representa rodeado de los meninos corriendo detrás de Manuel  Cortizos, en el parque del Buen Retiro.

En el primero de los retratos de Velázquez, hoy en Cleveland, pertenece a la colección de H. Cook, Richmond, Inglaterra. Calabaza sostiene en la mano un molinillo o rehilete como el que usaban los niños para jugar, considerado símbolo de la  inconstancia y la locura.

En el segundo, que se conserva en el Museo del Prado, y en un tiempo se le conoció como “El Bobo de Coria”,  Juan aparece junto a una calabaza, símbolo de la incapacidad mental que, pese a la sonrisa boba, también se observa en su pérdida de expresión.

La asociación entre la calabaza y la falta de juicio parece guardar relación con una curiosa práctica quirúrgica por la que, en los casos de rotura craneal, se sustituían las partes de hueso perdidas o que había que trepanar, por cascos de calabaza seca. Aunque se tratara de una cura algo trasnochada, este procedimiento era todavía tratado y discutido en la tratadística médica del Siglo de Oro. De ahí que partiendo de la ligereza y poca constancia de la calabaza seca, se pasara a decir que los faltos de seso o livianos de juicio, es decir los mentecatos, simples o locos, tenían cascos de calabaza.



 Además de manutención, se le otorgó carruaje.  Es curiosa la ración que le pasaban según fuese día de carne o de pescado:
Día de carne
8
panecillos comunes
37
maravedís
1
azumbre de vino
34
"
4
libras de nieve
26
"
1
libra de fruta
34
"
    
4
onzas de sebo
09
"
1
gallina
234
"
3
libras de carnero
108
"
1
libra de vaca
20
"
½
libra de tocino
16
"
518
"
Día de pescado
8
panecillos
37
maravedís
vino
34
"
nieve
26
"
fruta
34
"
sebo
09
"
gallina
238
"
3
libras de Nal. a 32
96
"
8
huevos a 7 maravedís
56
"
½
libra de aceite
17
"
547
"

Como los días de carne eran 210 y los de pescado 155, llegaba a cobrar por su ración anualmente 193.565 maravedís.
Además de esta ración se le otorgó carruaje, mula y acémila. En la noche de Navidad percibía una libra de confitura.

El Catálogo del Museo del Prado no está en lo firme al decir que el segundo retrato se pintó hacia 1646-48, porque Calabazas murió en octubre de 1639. La última nota relativa a él, dice «A Don Juan Calabazas se le dieron en los diez meses del año 1639, hasta que murió, doce pares de zapatos de cordobán de tres suelas». En las cuentas de este oficio se le sigue año por año desde su entrada en Palacio. No vivió en él arriba de nueve años.

Para ir a recibir al Rey que volvía de Barcelona, el año 1632, le regalan calzas para un vestido. Esto fue en 26 de mayo y, en 9 de noviembre, le dan un vestido de terciopelo labrado y otro más. 

Juan Calabazas (Calabacillas), fue uno de los tantos personajes con algún defecto o tara personal, que desfilaron por la corte de los Austrias.


Fuentes de Datos:
*”Los Olvidados de la Historia” – Ricardo García Cárcel
* "Locos y Enanos en la Corte de los Austrias" - Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

domingo, septiembre 04, 2011

Venenos En La Historia

El veneno es una sustancia con una estructura químicamente definida que, introducida en el organismo, interacciona con el mismo y genera efectos adversos, entre ellos la muerte. La diferencia entre envenenamiento e intoxicación radica en la intencionalidad.
La intoxicación es un envenenamiento casual que expresa un hecho fisiológico, el envenenamiento expresa un hecho moral al existir intencionalidad.

Mozart
Hay muchos casos que han quedado en la historia como envenenamiento intencionado cuando se ha tratado solo de una intoxicación, como la causa de la muerte de Mózart.

(Mozartz)

Se sospechó de Salieri como envenenador, pero todo quedó en eso, en sospechas. La realidad es que Mozart murió intoxicado debido a que se estaba tratando de una depresión y “fiebre militar”, enfermedad caracterizada por una erupción de pápulas rojas en la piel, que entonces se curaba con sales de mercurio y antimonio. El mercurio origina fallos renales, y en esa época el antimonio venía mezclado con arsénico. 

(Antonio Salieri)

Por otra parte, Mozart consumía grandes cantidades de Aqua Toffana, un preparado con arsénico.

La duquesa de Alba

Igualmente intoxicación parece haber sido la causa de la muerte de la decimo tercera duquesa de Alba, doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Las malas lenguas hablaron durante siglos de envenenamiento provocado por mano criminal. Se decía que murió sin padecer ninguna enfermedad. La vieron reír y disfrutar como anfitriona esa misma noche e, inexplicablemente, horas después estaba muerta.
La rapidez con que se instauró el proceso tóxico hizo pensar en una mano criminal por medio. Pero lo cierto es que esa noche de la cena, 23 de julio de 1802, en su palacio de Buenavista, Cayetana ya ofrecía un semblante muy desmejorado, incluso alguno de sus amigos hablaba de aspecto de “piltrafa”. Probablemente todo era debido a un brote de fiebre amarilla, y por ello se maquillaba más que de costumbre, con unos maquillajes que en esos años estaban compuestos de metales pesados, sin ningún control sanitario.

Los cosméticos siempre han llevado en su composición sustancias tóxicas. Ya las damas romanas de la Antigüedad utilizaban el juego de las bayas de belladona para embellecer su cutis.
Los egipcios se maquillaban los ojos hace miles de años y la mayoría de esos cosméticos llevaban plomo. Utilizaban polvo de galena y “espuma de plata clarificada” que es óxido de plomo.

(La Duquesa de Alba - Goya - 1795)

En el caso de la duquesa de Alba el uso continuado de esos maquillajes con sulfuro de mercurio y de arsénico en su composición, y las ocasiones en que se maquillaba con las pinturas que utilizaba Goya para sus cuadros, también altamente tóxicas, compuestas con arsénico, antimonio, cobre y plomo, fueron minando su salud. La vía de entrada del tóxico, en este caso, fue cutánea. Todo ello pudo ir perjudicando su salud de forma crónica. El bisulfuro de mercurio se usaba en maquillajes por su bonito color rojo, y ella utilizaba mucho un colorete para las mejillas que llevaba ese compuesto. Antes de morir presentaba síntomas característicos de intoxicación lenta por metales pesados: náuseas, vómitos, diarreas, deshidratación, dolor abdominal… Por otro lado, parece ser que la duquesa llevaba siempre consigo una cajita de rapé que bien pudiera contener algún alcaloide que fue matándola poco a poco, porque los síntomas que presentó a su muerte se corresponden también al envenenamiento por colchicina, aconitina, digital, opio: y toxina botulínica, hongos y un largo etcétera.
Si supiéramos qué color tenían los vómitos se aclararían muchas dudas, pues si eran verdosos, llevarían sales de níquel y de cobre; si era rosáceo, sales de cobalto; si era luminiscente en la oscuridad, fósforo.
También se habló del curare como causa de la muerte, pero cuando una persona es envenenada por curare, comienza a perder el habla y después se paralizan los músculos faciales.
La historia nos dice que la duquesa, en sus últimos momentos, pidió hablar con un par de personas de su confianza.

Iván “El Terrible”


Se sospechó en su día que la muerte de Iván “El Terrible” se debió a envenenamiento, pero comprobaron que, aunque los análisis practicados en sus restos revelaron la presencia de arsénico y mercurio, al padecer artritis, utilizaba una pomada compuesta por mercurio: el contenido de arsénico no alcanzaba la dosis letal.

(Iván "El Terrible")




Fuente de Datos:
*”Historia de los venenos” – Marisol Donis

viernes, julio 15, 2011

Peste En Sevilla, La Cólera De Dios

 ("El triunfo de la muerte (detalle) -  Pieter Brueghel el Viejo, h. 1562 - Óleo sobre tabla - Mueseo del Prado - Madrid)
Llegó a España por Valencia y entró en Sevilla por Triana, en unos paños que burlaron la cuarentena, y en unos meses, se cobró entre 60.000 y 70.000 vidas. La epidemia acabó con la prosperidad de la boyante ciudad del Guadalquivir, capital del comercio con las Indias.

En el siglo XVII se produjeron en la Península Ibérica tres epidemias que causaron terribles mortandades.
La primera de ella se produjo en el paso de los siglos XVI al XVII, entre 1597 y 1602, y barrió la península de norte a sur. La segunda de esas epidemias se vivió en los años centrales de la centuria, entre 1647 y 1652. Fue calificada por Domínguez Ortiz como “la mayor catástrofe demográfica que se abatió sobre España en los tiempos modernos”.

Llegó a España por el Levante Peninsular, por el puerto de Valencia a través de algún barco procedente de África, desde allí se extendió hacia el norte y hacia el sur. Siguiendo la segunda de estas direcciones, sabemos que poco después había contagiado la ciudad de Alicante, en 1647. Allí, las direcciones de la enfermedad se bifurcan. Una se propagó, hacia el interior, hacia Murcia y su huerta, mientras que otra contagiaba las poblaciones de la costa mediterránea, infestando Almería y Málaga en 1648.
Al año siguiente, pasó al arco atlántico andaluz provocando importantes mortandades en Gibraltar, Cádiz y Hueva. Desde las localidades costeras penetró hacia el interior, hacia el valle del Guadalquivir, donde algunas de sus poblaciones se vieron contagiadas en 1648, pero sobre todo la epidemia se enseñoreó a partir de 1649. Sus efectos fueron demoledores en algunos lugares, pero donde su imparto causó los mayores estragos fue en Sevilla. En pocos meses, su población sufrió el mayor descalabro demográfico de su Historia.


Sevilla, la Babilonia de su tiempo
La capital andaluza era una de las ciudades más importantes de Europa, tanto por su número de habitantes, que por entonces rondaría los 150.000, como por sus riquezas, derivadas, en buena medida, del monopolio del comercio con las Indias de que disfrutaba su puerto. 

 (Sevilla en el siglo XVI - Grabado)

Allí, en el famoso Arenal, junto a la Torre del Oro, se descargaban los productos que traían las flotas procedentes de ultramar y desde allí partían los galeones con destino a los dominios hispánicos del otro lado del Atlántico, dos veces al año.

(Torre del Oro - Sevilla)

A mediados del siglo XVII, la actividad de su puerto ya no era comparable a los momentos más esplendorosos, vividos en la segunda mitad del Quinientos y principios del Seiscientos, cuando la conoció Cervantes, pero Sevilla mantenía su opulencia y el aire cosmopolita que le daban marineros, comerciantes, hombres de negocios, banqueros, soldados, prostitutas y tahúres. Tan cosmopolita y cargada de de riquezas que Cervantes la había calificado como la “Babilonia de nuestro tiempo”.

Sevilla se había guardado del contagio, sobre todo a lo largo de 1648, por los procedimientos habituales de la época. 

Había cortado el tráfico de personas y bienes con los lugares infectados, mediante los llamados cordones sanitarios. Había establecido controles en las puertas y postigos de acceso a la ciudad que solo podían cruzarse con cédulas extendidas por el cabildo municipal y se amenazaba con graves penas a los infractores, que eran distintas según se tratase de nobles o plebeyos.

("San Roque como patron de la peste - 1623 - Pedro Pablo Rubens - Museo Thyssen-Bornemisza

Pero sobre todo se acudía a los remedios espirituales, al considerarse que las epidemias eran una manifestación de la cólera de Dios, una respuesta divina a las maldades y pecados de las personas.

Se celebraban novenas, procesiones y actos de penitencia para aplacar la justa cólera de Dios. Se rendía culto a las imágenes que gozaban de mayor veneración para que ejerciesen su papel de intermediarios.

San Roque era tenido como el principal de los abogados de la peste, pero en cada lugar se rendía culto a advocaciones concretas. En Sevilla, en los momentos finales de la epidemia, se sacó en procesión a la Virgen de los Reyes y pocos días después se hizo una procesión general con el Cristo de la Iglesia de San Agustín.

(Procesión en el Ayuntamiendo de Sevilla - Siglo XVI)

El invierno y la primavera de 1649 fueron muy lluviosos en Sevilla. El Guadalquivir se desbordó el 4 de Abril, inundando muchos barrios. Algún cronista de la época nos ha dejado testimonio de cómo por la popular Alameda de Hércules navegaban las barcas. La inundación dificultó el abastecimiento de la ciudad, provocando un encarecimiento del trigo y que el precio del pan y otros artículos de primera necesidad alcanzaran valores fuera de las posibilidades económicas de gran parte de la población. 

Un contemporáneo afirma que un huevo llegó a valer doce cuartos y que por una gallina se pagaban cuatro reales de a ocho*. (Un cuarto era una moneda de cobre, cuyo valor facial eran cuatro maravedíes. Un real tenía treinta y cuatro maravedíes y un ducado once reales. Su valor adquisitivo nos indica que un buen artesano podía ganar entre 5 y 6 reales, entre 15 y 18 ducados al mes, mientras que un jornalero cobraba entre 2,5 y 3 reales diarios, unos 7 u 8 ducados mensuales.
Por otra parte, el real de a ocho era la denominación popular de una pieza de plata de ocho reales, muy apreciada frente a las llamadas monedas de vellón, acuñadas con una alta proporción de cobre.)

El primer brote en Triana
Los primeros casos de contagio se produjeron a mediados del mes de abril en el popular barrio de Triana, en la rivera derecha del Guadalquivir. Al parecer, la peste llegó con unos paños procedentes de Cádiz, traídos por unos gitanos que incumplieron las normas relativas al aislamiento. Desde Triana la peste pasó al otro lado del río, al corazón de la ciudad.

("Vista de Sevilla desde Triana" Anónimo de finales del siglo XVI, Óleo sobre lienzo, Museo de América)

Como era habitual, las autoridades negaron la existencia del “contagio pestilente” y trataron de ignorar la evidencia, Sin embargo, el 2 de Mayo, en Madrid, ya se consideraba que la ciudad estaba contagiada y se prohibía la entrada de personas y toda clase de bienes y objetos procedentes de Sevilla.

En pocas fechas la mortandad alcanzó cifras escandalosas. Hubo días en que las defunciones se contaban por miles: se alcanzó la cifra de 4.000 en una sola jornada, según reflejó Pedro López de San Román Ladrón de Guevara en su "Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla, publicada en Écija, en 1649".

Los síntomas eran una calentura muy alta, acompañada de dolores en las articulaciones; en una segunda fase aparecían unos negros bultos o bubones en las ingles y en el cuello. Estos tumores podían alcanzar el tamaño de un huevo.

Muy pronto las autoridades se encontraron desbordadas para hacer frente a la terrible situación. Había serios problemas para recoger los cuerpos sin vida abandonados en las calles y enterrarlos. El cabildo ofreció sumas muy elevadas a los que se atrevían a retirar los cadáveres en carretillas y carros para conducirlos hasta las grandes fosas, llamadas carneros, que se abrieron en diferentes puntos de la ciudad, donde se enterraba a los muertos sin mayores ceremonias, junto a grandes cantidades de cal. Se buscaron sitios poco concurridos, aunque no demasiado alejados, como el Prado de San Sebastián, la puerta llamada del Osario, El Baratillo o La Macarena.

Para hacer frente a la peste continuaron las rogativas y procesiones. Se celebró la del Corpus Christi, muy deslucida y con poco acompañamiento.

Se organizó la atención hospitalaria en diferentes puntos de la ciudad. En el hospital de Triana se atendieron unos 15.000 afectados de los que murieron 12.000. El más importante hospital de la ciudad, el de las Cinco Llagas (actual sede del Parlamento Andaluz), llamado también Hospital de la Sangre, construido extramuros frente a la puerta de La Macarena no daba abasto. 

 (Hospital de la Sangre de Sevilla. Atribuido a Pedro Tortolero)

Según el analista sevillano Ortiz de Zúñiga, en las 3.000 camas de este hospital se atendieron 26.700 enfermos de contagio, de los que murieron 22.900; los que lograron salvar la vida, tras una larga convalecencia y cuarentena, no llegaron a los 4.000. Murieron cinco de los seis médicos que allí prestaron servicio y dieciséis de los diecinueve cirujanos.

 ("Caballeros atendiendo a los sacerdotes en el hospital" - Óleo de finales del siglo XVI atribuído a Lucas Valdés)

Muchedumbres ante el Hospital
En los momentos álgidos del contagio, meses de mayo y primeras semanas de Junio, una muchedumbre se concentraba en la explanada que había entre la puerta de La Macarena y el hospital de las Cinco Llagas, clamando por una cama donde poder ser atendidos.
También eran muchos los que permanecían en sus casas y trataban de ocultar la enfermedad para evitar la quema y destrucción de los enseres y el ajuar doméstico. Las autoridades promulgaron disposiciones que contemplaban penas muy severas a quienes practicaran entierros clandestinos en los patios de sus casas, con el propósito de ocultar la existencia de enfermos.

(Muchedumbre ante el Hospital de las Cinco Llagas)

La cifra de las víctimas mortales de la peste, aunque se trata de una aproximación, se sitúa entre las 60.000 y 70.000. La enfermedad se cebó en entre las clases populares, aunque se sabe que entre los fallecidos se encontraba un elevado número de prebendados de su cabildo. Hubo barrios donde sobrevivió poca gente y también se sabe de calles que perdieron a todos sus vecinos.
El testimonio de un contemporáneo, señala que en alguna de ellas no volvió a crecer la hierba porque nadie las transitaba, la peste había acabado con todo el vecindario.
Entre los muertos se encontraron ilustres artistas como el imaginero Martínez Montañés, que era un anciano de 81 años, y el joven pintor de bodegones Juan de Zurbarán, hijo de Francisco de Zurbarán.

Carros cargados de difuntos y muertos sin sepultura
“Todos los días en Gradas amanecía doscientos y muchas vezes trescientos cuerpos, y en la Colegial de San Salvador cientos de ordinarios: a las puertas de las demás Parroquias se hallaban todas las mañanas amontonados los cuerpos muertos, y con ser veinte y nueve las desta ilustre Ciudad, ni en Cementerio ni iglesia había quedado un palmo de tierra desocupado…

El insoportable olor hizo cerrar los templos, sacando y trasladando el Santísimo Sacramento (sea adorado amén) a algún decente lugar, o vecino Monasterio. Y por faltar adonde enterrar a los que tan apresuradamente morían, mandaron los señores de la Junta se hiciesen en diversas partes seis cementerios grandísimos, y se bendixeron, los cuales fueron los siguientes:
En el alto de Colón, fuera de la Puerta Real, uno. En el Almenilla, fuera de la Puerta de la Barqueta, otro. Fuera de la Puerta de La Macarena, otro. Fuera de la Puerta de Triana, a un lado del Convento de N. Señora del Populo, otro. Fuera de la Puerta del Osario, otro. Y otro que contiene tanto como todos los que he referido, en S. Sebastián, más allá de la Puerta de Xerez.
Estos seis campos, rodeados de profundas fosas, y en otros diez y ocho carneros del Hospital de la Sangre, incesantemente yva una multitud de carros cargados de difuntos y no solo de la Plebe, pero personas de lustre y calidad, los cuales no podían valerse de su Entierro. La mayor pompa funeral que llevavan los señores Inquisidores, Dignidades, Canónigos y Caballeros, eran quatro hombres populares, conduzidos a peso de dinero para llevar sus cuerpos.

"Como yva siempre la furia del achaque creciendo, eran tantos los difuntos que amanecían por las calles que muchos se quedavan algunos días sin darles sepultura, y otros se quedaban dentro de las mismas casas, y para sacarlos dellas no bastava la orden de la Justicia… Y pasó a tanto la desventura que se vieron al principio llevar los muertos atados a una soga arrastrando por las calles.”
(Pedro López de San Román Ladrón de Guevara: Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla.”

Las consecuencias de la epidemia para Sevilla sólo puede ser calificada como catástrofe. La ciudad perdió casi la mitad de su población. La vitalista ciudad del Quinientos, que era asombro del mundo, no se recuperó del golpe. Las palabras de Ortiz de Zúñiga son significativas:
“Quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que fueron siguiendo en ruinas en los años siguientes…, todas las contribuciones públicas en gran baja, los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores, y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad”.


Fuentes de Datos:
*”La ira de Dios” – José Calvo Poyato – La Aventura de la Historia
*”Orto y ocaso de Sevilla” – A. Domínguez Ortiz – Publicaciones de la Universidad de Sevilla
*”La vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro” – F. Núñez Roldán – Sílex, Madrid 2004

viernes, junio 10, 2011

La Mujeres Barbudas,El Asombro DeLa Corte

Las Asombrosas Mujeres Barbudas

Atributo físico común a hombres y mujeres, el pelo ha constituido, sin embargo, uno de los signos externos de diferenciación de género a lo largo de los tiempos. Además, desde la más remota antigüedad, las diversas culturas han generado unos cánones específicos – femeninos y masculinos – para su mostración y arreglo, que han ido evolucionando al ritmo cambiante de las modas. Así, cuando por caprichos de la naturaleza se ha dado la existencia de seres humanos con atributos pilosos en sitios distintos a la que la “normalidad” física o las costumbres reconocían propias de uno u otro sexo, la perplejidad y el asombro morboso se han encargado no solo de utilizarlos, en excéntrica posición social.

Las mujeres barbudas estaban incluidas entre los prodigios exóticos tan preciados en las Cortes Europeas de los siglos XVI y XVII, merecedoras de figurar en los propios entornos palaciegos, así como ser representadas, para recuerdo de su bizarría, por los pinceles de afamados pintores.

Luego, llegado ya el científico siglo XIX, con las nuevas teorías raciales, fruto tanto de una difusión popular del darwinismo como del pujante imperialismo colonialista, analiza una variopinta panoplia de mujeres barbudas o perpilosas. Convertidas todas en atracciones circenses, fueron explotadas hasta la saciedad por sus descubridores y “protectores”, quienes, si unas veces subrayaban en los espectáculos su ambigua sexualidad, en otras recalcaban su presunto bestialismo, llegando a presentarlas, incluso como el eslabón perdido de la evolución humana.
("Las asombrosas mujeres barbudas" – Asunsión Domenech para La Aventura De La Historia)

Brígida del Río , La Barbuda De Peñaranda

("Brígida del Río, La Barbuda de Peñaranda" - 1590 - Juan Sánchez Cotán - Óleo sobre lienzo - Museo del Prado - Madrid

Brígida del Río, más conocida como “La Barbuda de Peñaranda”, visitó la corte de Felipe II en 1590. Fue muy conocida en su época. También peregrinó hasta la Valencia del patriarca Juan Rivera, donde era exhibida a cambio de dinero.
Durante su paso por Madrid, Juan Sánchez Cotán la retrató en una pintura, hoy en el Museo del Prado.

Brígida tenía 50 años, y muestra una barba poblada y considerable.

En los papeles de Palacio no se registra su nombre más que al citar su retrato en un Inventario de El Pardo,
de los años 1614 y 1617.

Magdalena Ventura - "La Barbuda de los Abruzos"

 ("Magdalena Ventura con su marido"-1631 - El Españoleto - Museo Hospital Talavera)

Magdalena Ventura, llamada “La Barbuda de los Abruzos”, procedía de la región de los Abruzos (Italia), era madre casada y de siete hijos y sufría hirsutismo. Comenzó a salirle pelo en la cara y en el pecho cuando había cumplido los treinta y siete años y fue retratada por José de Ribera en 1631 por encargo del duque de Alcalá.

Magdalena posó para El Españoleto en una sala de la residencia virreinal napolitana, aunque en la pintura de Rivera se ha prescindido de ese decorado y las figuras destacan sobre un fondo oscuro, junto a una larga inscripción latina grabada en dos grandes bloques de piedra que refiere las circunstancias del prodigio.

La buena señora Ventura había sido traída al palacio de Nápoles por orden del duque de Alcalá, quien no se recataba en enseñarla a los extranjeros y, a la postres, hizo que la retrataran. 

Para que no hubiera duda de su condición de mujer, José de Rivera representa a la abruzzesa junto a su marido, con el huso de hilar, signo por excelencia del trabajo femenino, puesto sobre los bloques donde figura la inscripción y, ademán amamantando a uno de sus hijos, lo que permite descubrir su enorme pecho, por otra parte, tan poblado de pelo como su cara.

Fuente de Datos:
*Los Olvidados de la Historia/Marginales – Ricardo García Cárcel – Círculo de Lectores
*Biblioteca Virtual Cervantes

domingo, abril 17, 2011

Pandemias, Portadoras De La Muerte

(La peste en Lovaina)

Desde la aparición de la historia escrita hay testimonios de enfermedades que causaban masivas mortandades. Las Plagas de Egipto, la peste que mató a Pericles y mermó Constantinopla, la bubónica que arrasó la Europa Medieval, la viruela de los conquistadores… distintas pandemias han golpeado a la humanidad a lo largo de la historia, en cuya propagación tuvieron un papel crucial los ejércitos y las vías de comunicación.

La Humanidad siempre ha sufrido unos cataclismos sanitarios que han tenido enormes y poco valoradas trascendencias económicas y políticas: Las Pandemias.
Desde que aparece la historia escrita ya hay testimonios de esas masivas enfermedades, también llamadas pestes, que causaban masivas mortandades. La Biblia ya describe en las famosas plagas de Egipto una serie de catástrofes entre las que se incluyen, sin duda, las epidemias de gran virulencia. La Iliada de Homero también recoge episodios de esta naturaleza, y años después se hace famosa la descripción que Tucídices hace de la peste que asoló Atenas, entre 430 y 426 a.C. durante las Guerras del Peloponeso, y que hoy se identifica con el tifus exantemático o con la fiebre tifoidea, y que acabó con el propio Pericles.
También hay testimonios desde la Antigüedad de las fiebres recurrentes que podrían identificarse como el paludismo, que aún hoy es el azote de la mayor parte del África Subsahariana y amplias zonas de América y Asia y que hasta hace unos cien años estuvo presente también en Europa.

("Las siete plagas de Egipto - Jhon Martin - 1823)

Tan presente y mortíferas resultaban, así como la evidencia de su transmisión por contagio, que enseguida fue utilizada como arma de guerra por las diversas potencias conquistadoras, lanzando cuerpos de muertos mediante catapultas contras las ciudades o campamentos enemigos: había nacido la guerra bacteriológica.
Testimonios de sucesivas epidemias se van repitiendo a lo largo de años por parte de autores romanos, griegos, bizantinos, deduciendo a partir de los síntomas que relatan que se encontraban ante la viruela, peste bubónica, tifus, cólera y demás variadas y mortales dolencias.
Más conocida era la lepra, originaria de la India y extendida por Oriente en la Antigüedad y que fue introducida en Europa por las legiones romanas, haciéndose un mal habitual en la Europa medieval, aunque no causara grandes estragos repentinos.



Los diez jinetes del terror
Cólera, Difteria, Fiebre Amarilla, Gripe, Paludismo, Peste Bubónica, Sífilis, Tifus, Tuberculosis y Viruela, han asolado a la humanidad en distintas épocas de la Historia provocando plagas y pandemias desde el principio de los tiempos.

 ("La plaza del mercado de napoles durante la peste" -  Domenico Gargiulo - 1657 - Museo de San Martino - Nápoles)

La Peste Negra o Bubónica
Mucho más grave fue la llamada gran peste de Justiniano que causó, en tres años, unos 300.000 muertos en Constantinopla, lo que habría supuesto la tercera parte de su población. Esta fue la primera gran epidemia de las que durante más de doscientos años irían llegando desde Oriente a través del Imperio Bizantino e irían afectando, en primer lugar, a la cuenca mediterránea, y luego a toda Europa.
Ante ellas sólo cabía rezar (se atribuían a castigos divinos por los pecados del hombre), aislar a los enfermos y la utilización de los métodos tradicionales para limpiar los aires malsanos, como la quema de maderas olorosas. Sin duda, ello no fue ajeno a la progresiva decadencia a la que si vio sometido Bizancio a partir de entonces.

(La Peste de Justiniano)


Sin embargo, las pestes no entendían de religiones y en 745 una nueva epidemia asoló Damasco, contribuyendo al ocaso de los Omeyas. Más tarde, a mediados del siglo XI, un nuevo flagelo pestífero sacude a Egipto y Siria, poniendo en jaque al poder fatimita.

En el siglo XIII un nuevo brote asoló de nuevo. Esta pandemia de peste bubónica tiene el triste mérito de ser la más afamada de la Historia. Sus orígenes se remontan hasta mediados del siglo XIII, a la región de china de Yunnan, en donde la contrajeron los ejércitos mongoles que la habían sometido.

(Monjes desfigurados por la peste siendo bendecidos. Inglaterra, 1360-1375)
 
Las pulgas portadoras de la enfermedad no solo afectaban a las ratas, sino también a otros roedores como las marmotas o zorros, cuyas pieles eran muy utilizadas por los mongoles. De esta manera había pasado la enfermedad al ser humano y en 1331 ya se habría extendido por toda China y a Mongolia.
La Ruta de la Seda habría sido el canal portador, y en 1346 ya se decreta en Crimea. De ahí la transportan los genoveses y un año después Constantinopla es asolada y desde ahí, ya con la rata negra como principal vector de transmisión, va progresando por toda Europa hasta 1354.


Un tercio de los 75 millones de personas que habitaban entonces en Europa falleció, causando una catástrofe social y económica.
A partir del inicio de la peste negra, los venecianos instaron la medida de aislar durante 40 días , de ahí la palabra “cuarentena”, a las naves que venían de Oriente antes de permitirles la descarga de personas y mercancías.

Hasta el siglo XVIII hubo nuevos brotes ocasionales, aunque ninguno tuvo la capacidad destructiva del de 1354. Como siempre, la oración y las cuarentenas fueron los métodos usuales, combinados con otros más imaginativos como el llevar plantas aromáticas. O colocar sapos o gallos desplumados junto a los bubones para que absorbiesen sus venenos.

("La Peste de Atenas , la pandemia que estalló durante la guerre con Esparta - Michel Sweerts (1624-1664)

Sudor Inglés
Con la llegada de la Edad Moderna apareció una serie de enfermedades más o menos nuevas. Una fue el llamado sudor inglés, que afectaba sobre todo a varones jóvenes de buena posición. Durante muchos años se la consideró una especie de gripe; a mediados del siglo XX se atribuyó a hongos venenosos que habían infectado a los cereales y, más recientemente, se la ha clasificado como una fiebre hemorrágica.

Difteria
Otra epidemia que, aunque conocida desde el siglo IX, pareció expandirse súbitamente en el siglo XVI fue la difteria o garrotillo, que causaba especial mortandad entre la población infantil tras inflamarse la garganta y provocar la muerte por asfixia.

Viruela
Junto a estas enfermedades también se daba la mortal viruela, que, aunque consolidada en Europa desde el siglo VI, tuvo especial gravedad al ser llevada por los europeos a todo el mundo, a través de sus expediciones descubridoras del siglo XVI.

Sífilis
A finales del siglo XV, una nueva epidemia apareció: la sífilis. Aún se discute si sus orígenes se encuentran en los territorios americanos recién descubiertos por Colón, o si bien ya estaba latente en Europa. Sin embargo, a diferencia de las anteriores que amenazaban por igual a todo ser humano, que eran ciegas e inevitables, la nueva epidemia enseguida se demostró asociada a la práctica sexual, por lo que adquirió un tinte de claro castigo divino ante las prácticas conscientes e inmorales de promiscuidad. En este aspecto, el sida guarda un claro paralelismo con ella.

La peste blanca o Tuberculosis
El apogeo del comercio y los inicios de la industrialización al comienzo del siglo XIX desencadenaron un rápido crecimiento urbanístico que no fue acorde con las mejoras en la higiene pública, por lo que junto a la elevada concentración de habitantes en las ciudades y a la pobre alimentación de gran parte de sus habitantes, se creó un perfecto caldo de cultivo para que viejas enfermedades encontrasen ahora un magnífico campo de contagio y expansión. Entre ellas, aparece con inusitada fuerza la tuberculosis, también llamada peste blanca, que padeció preferentemente la clase obrera, dada sus duras condiciones de vida y trabajo, en particular el hacinamiento y la pobre alimentación, llegando a hacerse crónica en las ciudades durante todo el siglo XIX y principios del XX.

 (Sanatorio de la Peste Blanca)

La fiebre amarilla
También desde finales del siglo XVIII y buena parte del XIX, Europa se vio asolada por la fiebre amarilla o vómito negro, enfermedad tropical que, como el paludismo, es transmitida por un mosquito. Ya que este insecto es el vector transmisor, es preciso un habitad de humedad y calor para que pueda sobrevivir. Ello hacía de las zonas litorales, en verano, el lugar idóneo para su propagación, pues el mosquito moría al bajar las temperaturas nocturnas a partir de los 200 metros de altura, aproximadamente.
En 1741 llegó a Cádiz en los barcos que la unían con Cuba, lo mismo que en 1800. Causando en cada uno de esos años cerca de 10.000 víctimas. Su extensión en los años siguientes por todas las ciudades y pueblos de la costa andaluza y meridional hizo que hasta 1805se contabilizaran más de 100.000 muertes. Durante los siguientes años se hizo endémica, mezclándose con las convulsiones de la Guerra de la Independencia y las luchas entre liberales y absolutistas. Especial virulencia tuvo la oleada que afectó a Barcelona en 1821, falleciendo un 10% de la población.

 (En 1741 y 1800 la Fiebre Amarilla entó por Cádiz en los barcos procedentes de Cuba)

Años más tarde, en 1870, la ciudad volvería a padecerla, aunque en esta ocasión “sólo” morirían unas 4.000 personas. El balance fue trágico: en toda la Península se pueden cifrar las víctimas, desde mediados del siglo XVIII hasta la última epidemia en 1870, en unas 150.000. Sin embargo, siguió siendo endémica en Cuba, en donde se calcula que a lo largo de todo el siglo XIX mató a cerca de 100.000 residentes, ensañándose preferentemente con los soldados españoles que acababan de llegar y que eran más vulnerables, al no haber estado nunca expuestos a la enfermedad.

 El cólera
El cólera era otro de los azotes epidémicos existentes desde la Antigüedad, pero hasta el siglo XIX estaba confinado, casi exclusivamente, en el continente asiático. A principios de ese siglo, salta a través de las activas vías comerciales a Europa: una vez más, Constantinopla es la puerta de entrada en 1823. Diez años después, ya había infectado toda la cuenca mediterránea y se extendía a América. Una vez más, las ciudades que comenzaban a crecer desordenadamente, con un sistema de aguas insuficiente e incapaz de segregar las aguas limpias de las sucias, combinado con los calores estivales, se convirtieron en el perfecto caldo de cultivo de la enfermedad, España sufrió epidemias en 1833 y 1834, en 1854, 1865 y 1885, convirtiéndose en el gran asesino de la población española, pues se calcula en cerca de 800.000 las víctimas causadas por la cadena de epidemias de cólera sufridas a lo largo del siglo XIX.
Una vez más, el clasicismo era uno de los criterios de la expansión de la enfermedad. Ya lo había sido con la tuberculosis que afectaba menos a los bien alimentados y a los que vivían en mejores condiciones; con la fiebre amarilla pasaba lo mismo, pues quien podía alejarse de la costa e ir a vivir al interior también se liberaba de ella.

En el caso del cólera, los barrios que disponían de una mejor red de aguas y cuya densidad de usuarios era menor, tenía menor incidencia de afectados.

 (Los tratamientos contra el cólera del siglo XVIII incluían la práctica de atar a los pacientes - Imagen cortesía de National Library of Medicina - Inglaterra)

El contexto de las guerras carlistas y los pronunciamientos agravó aún más sus consecuencias. No sólo porque los ejércitos en movimiento eran transmisores ideales de la enfermedad, sino porque el populacho exaltado enseguida vio responsables. Así, en julio de 1834, se produjo la célebre matanza de frailes en Madrid, casi cien, acusados de envenenar las fuentes. Seguramente sus instigadores no habían olvidado como durante el Trienio Liberal, la Iglesia había acusado al Gobierno de desencadenar la ira de Dios a través de la fiebre Amarilla. Con estos sucesos se inauguraba un feroz anticlericalismo que estaría presente en España durante más de cien años.

La Gripe Española
Ni se originó en España, sino en Kansas, ni entró en Europa por la Península, sino por Francia e Inglaterra, en los pulmones de los soldados que desembarcaban para combatir en la Gran Guerra. Pero el hecho de que fuera la prensa española, ajena al conflicto, y por tanto a la censura, la primera y más prolífica en informar de la enfermedad, vinculó para siempre el nombre de “española” a la gripe más devastadora de la Historia.

En marzo de 1918 se desencadenó la última gran epidemia. Su responsable fue un virus gripal aviar que mutó y afectó a los seres humanos; algo muy similar a lo acontecido recientemente. Aparte de las vías respiratorias, afectaba al sistema neurológico, provocando la encefalitis de Von Economo.
Una segunda oleada se produjo en Otoño, y una tercera y cuarta, menos letales, en 1919 y 1920. Las vías marítimas y de ferrocarril se encargaron de propagarlo, y en pocos meses todo el mundo quedó afectado, calculándose en unos 50 millones los muertos causados.
En España las cifras oficiales hablaron de 147.114 muertos, pero los datos reales duplicaron esta cantidad. Sólo en 1918 fallecieron en España 70.000 personas y cerca de la mitad se debió a la gripe o a sus secuelas.
Un ejemplo de su peligrosidad: de los 6.000 habitantes de Medina del Campo, nudo ferroviario, enfermaron 5.200 y murieron 420.

(Primeros soldados norteamericanos afectados por la gripe española, en un hospital de Fort Riley - Kansas)

Los gobiernos asistieron impotentes a la epidemia: prohibieron espectáculos y cerraron colegios, pero autorizaron misas y conferencias sobre el tema. Se habló de que era un veneno puesto en circulación por la alemana Bayer, que era producto del pegamento de los sellos o que eran vapores telúricos fruto de las obras del metro de Madrid.
La gente lo combatía como podía. Sus mortales efectos excitaron aún más la agitación social que impregnaba el movimiento obrero de aquellos años y se acentuaron las medidas de higiene, pensando que podría ayudar. Entre ellas, una medida trascendente y ya irreversible para nuestra vida cotidiana; toda vivienda debería disponer de un retrete que sustituyese al colectivo que había por plantas en las casas de pisos.

Fuentes de Datos:
*”De la peste de Atenas a la gripe española” – Juan Carlos Losada – La Aventura de la Historia

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