domingo, abril 17, 2011

Pandemias, Portadoras De La Muerte

(La peste en Lovaina)

Desde la aparición de la historia escrita hay testimonios de enfermedades que causaban masivas mortandades. Las Plagas de Egipto, la peste que mató a Pericles y mermó Constantinopla, la bubónica que arrasó la Europa Medieval, la viruela de los conquistadores… distintas pandemias han golpeado a la humanidad a lo largo de la historia, en cuya propagación tuvieron un papel crucial los ejércitos y las vías de comunicación.

La Humanidad siempre ha sufrido unos cataclismos sanitarios que han tenido enormes y poco valoradas trascendencias económicas y políticas: Las Pandemias.
Desde que aparece la historia escrita ya hay testimonios de esas masivas enfermedades, también llamadas pestes, que causaban masivas mortandades. La Biblia ya describe en las famosas plagas de Egipto una serie de catástrofes entre las que se incluyen, sin duda, las epidemias de gran virulencia. La Iliada de Homero también recoge episodios de esta naturaleza, y años después se hace famosa la descripción que Tucídices hace de la peste que asoló Atenas, entre 430 y 426 a.C. durante las Guerras del Peloponeso, y que hoy se identifica con el tifus exantemático o con la fiebre tifoidea, y que acabó con el propio Pericles.
También hay testimonios desde la Antigüedad de las fiebres recurrentes que podrían identificarse como el paludismo, que aún hoy es el azote de la mayor parte del África Subsahariana y amplias zonas de América y Asia y que hasta hace unos cien años estuvo presente también en Europa.

("Las siete plagas de Egipto - Jhon Martin - 1823)

Tan presente y mortíferas resultaban, así como la evidencia de su transmisión por contagio, que enseguida fue utilizada como arma de guerra por las diversas potencias conquistadoras, lanzando cuerpos de muertos mediante catapultas contras las ciudades o campamentos enemigos: había nacido la guerra bacteriológica.
Testimonios de sucesivas epidemias se van repitiendo a lo largo de años por parte de autores romanos, griegos, bizantinos, deduciendo a partir de los síntomas que relatan que se encontraban ante la viruela, peste bubónica, tifus, cólera y demás variadas y mortales dolencias.
Más conocida era la lepra, originaria de la India y extendida por Oriente en la Antigüedad y que fue introducida en Europa por las legiones romanas, haciéndose un mal habitual en la Europa medieval, aunque no causara grandes estragos repentinos.



Los diez jinetes del terror
Cólera, Difteria, Fiebre Amarilla, Gripe, Paludismo, Peste Bubónica, Sífilis, Tifus, Tuberculosis y Viruela, han asolado a la humanidad en distintas épocas de la Historia provocando plagas y pandemias desde el principio de los tiempos.

 ("La plaza del mercado de napoles durante la peste" -  Domenico Gargiulo - 1657 - Museo de San Martino - Nápoles)

La Peste Negra o Bubónica
Mucho más grave fue la llamada gran peste de Justiniano que causó, en tres años, unos 300.000 muertos en Constantinopla, lo que habría supuesto la tercera parte de su población. Esta fue la primera gran epidemia de las que durante más de doscientos años irían llegando desde Oriente a través del Imperio Bizantino e irían afectando, en primer lugar, a la cuenca mediterránea, y luego a toda Europa.
Ante ellas sólo cabía rezar (se atribuían a castigos divinos por los pecados del hombre), aislar a los enfermos y la utilización de los métodos tradicionales para limpiar los aires malsanos, como la quema de maderas olorosas. Sin duda, ello no fue ajeno a la progresiva decadencia a la que si vio sometido Bizancio a partir de entonces.

(La Peste de Justiniano)


Sin embargo, las pestes no entendían de religiones y en 745 una nueva epidemia asoló Damasco, contribuyendo al ocaso de los Omeyas. Más tarde, a mediados del siglo XI, un nuevo flagelo pestífero sacude a Egipto y Siria, poniendo en jaque al poder fatimita.

En el siglo XIII un nuevo brote asoló de nuevo. Esta pandemia de peste bubónica tiene el triste mérito de ser la más afamada de la Historia. Sus orígenes se remontan hasta mediados del siglo XIII, a la región de china de Yunnan, en donde la contrajeron los ejércitos mongoles que la habían sometido.

(Monjes desfigurados por la peste siendo bendecidos. Inglaterra, 1360-1375)
 
Las pulgas portadoras de la enfermedad no solo afectaban a las ratas, sino también a otros roedores como las marmotas o zorros, cuyas pieles eran muy utilizadas por los mongoles. De esta manera había pasado la enfermedad al ser humano y en 1331 ya se habría extendido por toda China y a Mongolia.
La Ruta de la Seda habría sido el canal portador, y en 1346 ya se decreta en Crimea. De ahí la transportan los genoveses y un año después Constantinopla es asolada y desde ahí, ya con la rata negra como principal vector de transmisión, va progresando por toda Europa hasta 1354.


Un tercio de los 75 millones de personas que habitaban entonces en Europa falleció, causando una catástrofe social y económica.
A partir del inicio de la peste negra, los venecianos instaron la medida de aislar durante 40 días , de ahí la palabra “cuarentena”, a las naves que venían de Oriente antes de permitirles la descarga de personas y mercancías.

Hasta el siglo XVIII hubo nuevos brotes ocasionales, aunque ninguno tuvo la capacidad destructiva del de 1354. Como siempre, la oración y las cuarentenas fueron los métodos usuales, combinados con otros más imaginativos como el llevar plantas aromáticas. O colocar sapos o gallos desplumados junto a los bubones para que absorbiesen sus venenos.

("La Peste de Atenas , la pandemia que estalló durante la guerre con Esparta - Michel Sweerts (1624-1664)

Sudor Inglés
Con la llegada de la Edad Moderna apareció una serie de enfermedades más o menos nuevas. Una fue el llamado sudor inglés, que afectaba sobre todo a varones jóvenes de buena posición. Durante muchos años se la consideró una especie de gripe; a mediados del siglo XX se atribuyó a hongos venenosos que habían infectado a los cereales y, más recientemente, se la ha clasificado como una fiebre hemorrágica.

Difteria
Otra epidemia que, aunque conocida desde el siglo IX, pareció expandirse súbitamente en el siglo XVI fue la difteria o garrotillo, que causaba especial mortandad entre la población infantil tras inflamarse la garganta y provocar la muerte por asfixia.

Viruela
Junto a estas enfermedades también se daba la mortal viruela, que, aunque consolidada en Europa desde el siglo VI, tuvo especial gravedad al ser llevada por los europeos a todo el mundo, a través de sus expediciones descubridoras del siglo XVI.

Sífilis
A finales del siglo XV, una nueva epidemia apareció: la sífilis. Aún se discute si sus orígenes se encuentran en los territorios americanos recién descubiertos por Colón, o si bien ya estaba latente en Europa. Sin embargo, a diferencia de las anteriores que amenazaban por igual a todo ser humano, que eran ciegas e inevitables, la nueva epidemia enseguida se demostró asociada a la práctica sexual, por lo que adquirió un tinte de claro castigo divino ante las prácticas conscientes e inmorales de promiscuidad. En este aspecto, el sida guarda un claro paralelismo con ella.

La peste blanca o Tuberculosis
El apogeo del comercio y los inicios de la industrialización al comienzo del siglo XIX desencadenaron un rápido crecimiento urbanístico que no fue acorde con las mejoras en la higiene pública, por lo que junto a la elevada concentración de habitantes en las ciudades y a la pobre alimentación de gran parte de sus habitantes, se creó un perfecto caldo de cultivo para que viejas enfermedades encontrasen ahora un magnífico campo de contagio y expansión. Entre ellas, aparece con inusitada fuerza la tuberculosis, también llamada peste blanca, que padeció preferentemente la clase obrera, dada sus duras condiciones de vida y trabajo, en particular el hacinamiento y la pobre alimentación, llegando a hacerse crónica en las ciudades durante todo el siglo XIX y principios del XX.

 (Sanatorio de la Peste Blanca)

La fiebre amarilla
También desde finales del siglo XVIII y buena parte del XIX, Europa se vio asolada por la fiebre amarilla o vómito negro, enfermedad tropical que, como el paludismo, es transmitida por un mosquito. Ya que este insecto es el vector transmisor, es preciso un habitad de humedad y calor para que pueda sobrevivir. Ello hacía de las zonas litorales, en verano, el lugar idóneo para su propagación, pues el mosquito moría al bajar las temperaturas nocturnas a partir de los 200 metros de altura, aproximadamente.
En 1741 llegó a Cádiz en los barcos que la unían con Cuba, lo mismo que en 1800. Causando en cada uno de esos años cerca de 10.000 víctimas. Su extensión en los años siguientes por todas las ciudades y pueblos de la costa andaluza y meridional hizo que hasta 1805se contabilizaran más de 100.000 muertes. Durante los siguientes años se hizo endémica, mezclándose con las convulsiones de la Guerra de la Independencia y las luchas entre liberales y absolutistas. Especial virulencia tuvo la oleada que afectó a Barcelona en 1821, falleciendo un 10% de la población.

 (En 1741 y 1800 la Fiebre Amarilla entó por Cádiz en los barcos procedentes de Cuba)

Años más tarde, en 1870, la ciudad volvería a padecerla, aunque en esta ocasión “sólo” morirían unas 4.000 personas. El balance fue trágico: en toda la Península se pueden cifrar las víctimas, desde mediados del siglo XVIII hasta la última epidemia en 1870, en unas 150.000. Sin embargo, siguió siendo endémica en Cuba, en donde se calcula que a lo largo de todo el siglo XIX mató a cerca de 100.000 residentes, ensañándose preferentemente con los soldados españoles que acababan de llegar y que eran más vulnerables, al no haber estado nunca expuestos a la enfermedad.

 El cólera
El cólera era otro de los azotes epidémicos existentes desde la Antigüedad, pero hasta el siglo XIX estaba confinado, casi exclusivamente, en el continente asiático. A principios de ese siglo, salta a través de las activas vías comerciales a Europa: una vez más, Constantinopla es la puerta de entrada en 1823. Diez años después, ya había infectado toda la cuenca mediterránea y se extendía a América. Una vez más, las ciudades que comenzaban a crecer desordenadamente, con un sistema de aguas insuficiente e incapaz de segregar las aguas limpias de las sucias, combinado con los calores estivales, se convirtieron en el perfecto caldo de cultivo de la enfermedad, España sufrió epidemias en 1833 y 1834, en 1854, 1865 y 1885, convirtiéndose en el gran asesino de la población española, pues se calcula en cerca de 800.000 las víctimas causadas por la cadena de epidemias de cólera sufridas a lo largo del siglo XIX.
Una vez más, el clasicismo era uno de los criterios de la expansión de la enfermedad. Ya lo había sido con la tuberculosis que afectaba menos a los bien alimentados y a los que vivían en mejores condiciones; con la fiebre amarilla pasaba lo mismo, pues quien podía alejarse de la costa e ir a vivir al interior también se liberaba de ella.

En el caso del cólera, los barrios que disponían de una mejor red de aguas y cuya densidad de usuarios era menor, tenía menor incidencia de afectados.

 (Los tratamientos contra el cólera del siglo XVIII incluían la práctica de atar a los pacientes - Imagen cortesía de National Library of Medicina - Inglaterra)

El contexto de las guerras carlistas y los pronunciamientos agravó aún más sus consecuencias. No sólo porque los ejércitos en movimiento eran transmisores ideales de la enfermedad, sino porque el populacho exaltado enseguida vio responsables. Así, en julio de 1834, se produjo la célebre matanza de frailes en Madrid, casi cien, acusados de envenenar las fuentes. Seguramente sus instigadores no habían olvidado como durante el Trienio Liberal, la Iglesia había acusado al Gobierno de desencadenar la ira de Dios a través de la fiebre Amarilla. Con estos sucesos se inauguraba un feroz anticlericalismo que estaría presente en España durante más de cien años.

La Gripe Española
Ni se originó en España, sino en Kansas, ni entró en Europa por la Península, sino por Francia e Inglaterra, en los pulmones de los soldados que desembarcaban para combatir en la Gran Guerra. Pero el hecho de que fuera la prensa española, ajena al conflicto, y por tanto a la censura, la primera y más prolífica en informar de la enfermedad, vinculó para siempre el nombre de “española” a la gripe más devastadora de la Historia.

En marzo de 1918 se desencadenó la última gran epidemia. Su responsable fue un virus gripal aviar que mutó y afectó a los seres humanos; algo muy similar a lo acontecido recientemente. Aparte de las vías respiratorias, afectaba al sistema neurológico, provocando la encefalitis de Von Economo.
Una segunda oleada se produjo en Otoño, y una tercera y cuarta, menos letales, en 1919 y 1920. Las vías marítimas y de ferrocarril se encargaron de propagarlo, y en pocos meses todo el mundo quedó afectado, calculándose en unos 50 millones los muertos causados.
En España las cifras oficiales hablaron de 147.114 muertos, pero los datos reales duplicaron esta cantidad. Sólo en 1918 fallecieron en España 70.000 personas y cerca de la mitad se debió a la gripe o a sus secuelas.
Un ejemplo de su peligrosidad: de los 6.000 habitantes de Medina del Campo, nudo ferroviario, enfermaron 5.200 y murieron 420.

(Primeros soldados norteamericanos afectados por la gripe española, en un hospital de Fort Riley - Kansas)

Los gobiernos asistieron impotentes a la epidemia: prohibieron espectáculos y cerraron colegios, pero autorizaron misas y conferencias sobre el tema. Se habló de que era un veneno puesto en circulación por la alemana Bayer, que era producto del pegamento de los sellos o que eran vapores telúricos fruto de las obras del metro de Madrid.
La gente lo combatía como podía. Sus mortales efectos excitaron aún más la agitación social que impregnaba el movimiento obrero de aquellos años y se acentuaron las medidas de higiene, pensando que podría ayudar. Entre ellas, una medida trascendente y ya irreversible para nuestra vida cotidiana; toda vivienda debería disponer de un retrete que sustituyese al colectivo que había por plantas en las casas de pisos.

Fuentes de Datos:
*”De la peste de Atenas a la gripe española” – Juan Carlos Losada – La Aventura de la Historia

11 Comments:

desdelaterraza-viajaralahistoria said...

Qué vulnerable ha sido la humanidad a la enfermedad. Sólo ahora, con los adelantos clínicos, se combate con más eficacia este tipo de epidemias, sobre todo en los países más desarrollados. Una de las epidemias que citas la del cólera de 1885 afectó Valencia. Un médico catalán llamado Jaime Ferrán fue llamado para vacunar a los afectados con un suero de su invención. Criticado por muchos, incluso por Ramón y Cajal, tuvo también muchos adeptos. Sea como fuere, logró vacunar a cerca de treinta mil personas en el laboratorio que instaló en Valencia, y de ellas sólo hubo unos cincuenta fallecimientos. Una placa en el inmueble donde estuvo su clínica recuerda este hecho.
Ha sido muy interesante este resumen del los males que han diezmado la población mundial. Un saludo.

C.G. Aparicio said...

... y por si fueran pocos todos los desastres que han causado estas enfermedades, el ser humano inventa la GUERRA BACTEREOLÓGICA, que tantas muertes ha causado. En fin...

Un saludo.

Babbilonia said...

Desdelaterraza, la mayoría de estas enfermedades entraban por las ciudades costeras a bordo de los barcos contaminados que arrivaban en ella. Valencia fue una de las ciudades más castigadas.

Es una pena que tendamos a tirar por tierra la labor de los genios, como en el caso que citas, el Dr. Ferrán, a pesar de que gracias a él se salvaran muchas vidas.

Un Saludo.

Babbilonia said...

C.G.Aparicio, que horror ¿verdad?. Parece que el hombre disfrute con estas catástrofes. No contento con las que nos deplora el destino, aún inventa otras nuevas...

Saludos.

Francisco Doña said...

¡Excelente entrada!
Yo me quedo con la parte positiva: con la labor del ser humano para evitarlas. Desde las primeras medidas de salud pública, adoptadas contra la lepra y la peste en la Edad Media, hasta la obra de Jenner, Pasteur, Koch... No olvidemos, en España, al ya citado Jaime Ferrán, y la "Expedición Filantrópica de la Vacuna" que, por orden real, llevó la vacuna antivariólica a ultramar (y aunque los métodos que emplearon, hoy en día, llevarían a algunos a la cárcel). Por lo menos la viruela, oficialmente, se consiguió erradicar.
Un cordial saludo.

CarmenBéjar said...

¡Qué miedo! Incluso en nuestro tiempos no podemos librarnos de ese miedo visceral a las epidemias y pandemias variadas. Ahora quizás, en el mundo occidental no temamos a la sífilis, al cólera o a la peste negra sino a enfermedades desconocidas (sólo hay que acordarse de la gripe A hace nada).

Besitos

Babbilonia said...

Francisco Doña, desde luego la labor humana para erradicar estas pandemias es de lo más importante. Como bien dices aunque hoy en día los métodos no serían bien vistos, salvaron muchas vidas.

Gracias por tu visita y tu comentario.

Saludos.

Babbilonia said...

Carmen Béjar, en nuestro tiempo hay remedios para aquellas enfermedades pero han brotado otras nueva a las que aún somos impotentes. Esperemos que pronto surjan remedios.

Besos.

Alma said...

Pobres sapos y sobre todo pobres gallos, mira que desplumarlos para encima pretender que absorbieran los venenos de los bubones...

Es impresionante lo que se aprende en viniendo aquí. De verdad, muchas gracias. Un beso

mariac said...

Cada época tiene sus epidemias, en la actualidad es el SIDA, antes eran propagadas por las ratas, la pulgas, y hoy quien las propaga?
Un saludo

Matias said...

Hay un libro llamado "Epidemias y poder", de un autor muy conocido que no recuerdo el nombre en este momento, pero te lo recomiendo. Muy interesante el blog, un abrazo

Los invito a pasar por mi blog de historia, me gustaria saber su opinion de mis publicaciones:

http://pasos-en-la-historia.blogspot.com/

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