viernes, julio 15, 2011

Peste En Sevilla, La Cólera De Dios

 ("El triunfo de la muerte (detalle) -  Pieter Brueghel el Viejo, h. 1562 - Óleo sobre tabla - Mueseo del Prado - Madrid)
Llegó a España por Valencia y entró en Sevilla por Triana, en unos paños que burlaron la cuarentena, y en unos meses, se cobró entre 60.000 y 70.000 vidas. La epidemia acabó con la prosperidad de la boyante ciudad del Guadalquivir, capital del comercio con las Indias.

En el siglo XVII se produjeron en la Península Ibérica tres epidemias que causaron terribles mortandades.
La primera de ella se produjo en el paso de los siglos XVI al XVII, entre 1597 y 1602, y barrió la península de norte a sur. La segunda de esas epidemias se vivió en los años centrales de la centuria, entre 1647 y 1652. Fue calificada por Domínguez Ortiz como “la mayor catástrofe demográfica que se abatió sobre España en los tiempos modernos”.

Llegó a España por el Levante Peninsular, por el puerto de Valencia a través de algún barco procedente de África, desde allí se extendió hacia el norte y hacia el sur. Siguiendo la segunda de estas direcciones, sabemos que poco después había contagiado la ciudad de Alicante, en 1647. Allí, las direcciones de la enfermedad se bifurcan. Una se propagó, hacia el interior, hacia Murcia y su huerta, mientras que otra contagiaba las poblaciones de la costa mediterránea, infestando Almería y Málaga en 1648.
Al año siguiente, pasó al arco atlántico andaluz provocando importantes mortandades en Gibraltar, Cádiz y Hueva. Desde las localidades costeras penetró hacia el interior, hacia el valle del Guadalquivir, donde algunas de sus poblaciones se vieron contagiadas en 1648, pero sobre todo la epidemia se enseñoreó a partir de 1649. Sus efectos fueron demoledores en algunos lugares, pero donde su imparto causó los mayores estragos fue en Sevilla. En pocos meses, su población sufrió el mayor descalabro demográfico de su Historia.


Sevilla, la Babilonia de su tiempo
La capital andaluza era una de las ciudades más importantes de Europa, tanto por su número de habitantes, que por entonces rondaría los 150.000, como por sus riquezas, derivadas, en buena medida, del monopolio del comercio con las Indias de que disfrutaba su puerto. 

 (Sevilla en el siglo XVI - Grabado)

Allí, en el famoso Arenal, junto a la Torre del Oro, se descargaban los productos que traían las flotas procedentes de ultramar y desde allí partían los galeones con destino a los dominios hispánicos del otro lado del Atlántico, dos veces al año.

(Torre del Oro - Sevilla)

A mediados del siglo XVII, la actividad de su puerto ya no era comparable a los momentos más esplendorosos, vividos en la segunda mitad del Quinientos y principios del Seiscientos, cuando la conoció Cervantes, pero Sevilla mantenía su opulencia y el aire cosmopolita que le daban marineros, comerciantes, hombres de negocios, banqueros, soldados, prostitutas y tahúres. Tan cosmopolita y cargada de de riquezas que Cervantes la había calificado como la “Babilonia de nuestro tiempo”.

Sevilla se había guardado del contagio, sobre todo a lo largo de 1648, por los procedimientos habituales de la época. 

Había cortado el tráfico de personas y bienes con los lugares infectados, mediante los llamados cordones sanitarios. Había establecido controles en las puertas y postigos de acceso a la ciudad que solo podían cruzarse con cédulas extendidas por el cabildo municipal y se amenazaba con graves penas a los infractores, que eran distintas según se tratase de nobles o plebeyos.

("San Roque como patron de la peste - 1623 - Pedro Pablo Rubens - Museo Thyssen-Bornemisza

Pero sobre todo se acudía a los remedios espirituales, al considerarse que las epidemias eran una manifestación de la cólera de Dios, una respuesta divina a las maldades y pecados de las personas.

Se celebraban novenas, procesiones y actos de penitencia para aplacar la justa cólera de Dios. Se rendía culto a las imágenes que gozaban de mayor veneración para que ejerciesen su papel de intermediarios.

San Roque era tenido como el principal de los abogados de la peste, pero en cada lugar se rendía culto a advocaciones concretas. En Sevilla, en los momentos finales de la epidemia, se sacó en procesión a la Virgen de los Reyes y pocos días después se hizo una procesión general con el Cristo de la Iglesia de San Agustín.

(Procesión en el Ayuntamiendo de Sevilla - Siglo XVI)

El invierno y la primavera de 1649 fueron muy lluviosos en Sevilla. El Guadalquivir se desbordó el 4 de Abril, inundando muchos barrios. Algún cronista de la época nos ha dejado testimonio de cómo por la popular Alameda de Hércules navegaban las barcas. La inundación dificultó el abastecimiento de la ciudad, provocando un encarecimiento del trigo y que el precio del pan y otros artículos de primera necesidad alcanzaran valores fuera de las posibilidades económicas de gran parte de la población. 

Un contemporáneo afirma que un huevo llegó a valer doce cuartos y que por una gallina se pagaban cuatro reales de a ocho*. (Un cuarto era una moneda de cobre, cuyo valor facial eran cuatro maravedíes. Un real tenía treinta y cuatro maravedíes y un ducado once reales. Su valor adquisitivo nos indica que un buen artesano podía ganar entre 5 y 6 reales, entre 15 y 18 ducados al mes, mientras que un jornalero cobraba entre 2,5 y 3 reales diarios, unos 7 u 8 ducados mensuales.
Por otra parte, el real de a ocho era la denominación popular de una pieza de plata de ocho reales, muy apreciada frente a las llamadas monedas de vellón, acuñadas con una alta proporción de cobre.)

El primer brote en Triana
Los primeros casos de contagio se produjeron a mediados del mes de abril en el popular barrio de Triana, en la rivera derecha del Guadalquivir. Al parecer, la peste llegó con unos paños procedentes de Cádiz, traídos por unos gitanos que incumplieron las normas relativas al aislamiento. Desde Triana la peste pasó al otro lado del río, al corazón de la ciudad.

("Vista de Sevilla desde Triana" Anónimo de finales del siglo XVI, Óleo sobre lienzo, Museo de América)

Como era habitual, las autoridades negaron la existencia del “contagio pestilente” y trataron de ignorar la evidencia, Sin embargo, el 2 de Mayo, en Madrid, ya se consideraba que la ciudad estaba contagiada y se prohibía la entrada de personas y toda clase de bienes y objetos procedentes de Sevilla.

En pocas fechas la mortandad alcanzó cifras escandalosas. Hubo días en que las defunciones se contaban por miles: se alcanzó la cifra de 4.000 en una sola jornada, según reflejó Pedro López de San Román Ladrón de Guevara en su "Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla, publicada en Écija, en 1649".

Los síntomas eran una calentura muy alta, acompañada de dolores en las articulaciones; en una segunda fase aparecían unos negros bultos o bubones en las ingles y en el cuello. Estos tumores podían alcanzar el tamaño de un huevo.

Muy pronto las autoridades se encontraron desbordadas para hacer frente a la terrible situación. Había serios problemas para recoger los cuerpos sin vida abandonados en las calles y enterrarlos. El cabildo ofreció sumas muy elevadas a los que se atrevían a retirar los cadáveres en carretillas y carros para conducirlos hasta las grandes fosas, llamadas carneros, que se abrieron en diferentes puntos de la ciudad, donde se enterraba a los muertos sin mayores ceremonias, junto a grandes cantidades de cal. Se buscaron sitios poco concurridos, aunque no demasiado alejados, como el Prado de San Sebastián, la puerta llamada del Osario, El Baratillo o La Macarena.

Para hacer frente a la peste continuaron las rogativas y procesiones. Se celebró la del Corpus Christi, muy deslucida y con poco acompañamiento.

Se organizó la atención hospitalaria en diferentes puntos de la ciudad. En el hospital de Triana se atendieron unos 15.000 afectados de los que murieron 12.000. El más importante hospital de la ciudad, el de las Cinco Llagas (actual sede del Parlamento Andaluz), llamado también Hospital de la Sangre, construido extramuros frente a la puerta de La Macarena no daba abasto. 

 (Hospital de la Sangre de Sevilla. Atribuido a Pedro Tortolero)

Según el analista sevillano Ortiz de Zúñiga, en las 3.000 camas de este hospital se atendieron 26.700 enfermos de contagio, de los que murieron 22.900; los que lograron salvar la vida, tras una larga convalecencia y cuarentena, no llegaron a los 4.000. Murieron cinco de los seis médicos que allí prestaron servicio y dieciséis de los diecinueve cirujanos.

 ("Caballeros atendiendo a los sacerdotes en el hospital" - Óleo de finales del siglo XVI atribuído a Lucas Valdés)

Muchedumbres ante el Hospital
En los momentos álgidos del contagio, meses de mayo y primeras semanas de Junio, una muchedumbre se concentraba en la explanada que había entre la puerta de La Macarena y el hospital de las Cinco Llagas, clamando por una cama donde poder ser atendidos.
También eran muchos los que permanecían en sus casas y trataban de ocultar la enfermedad para evitar la quema y destrucción de los enseres y el ajuar doméstico. Las autoridades promulgaron disposiciones que contemplaban penas muy severas a quienes practicaran entierros clandestinos en los patios de sus casas, con el propósito de ocultar la existencia de enfermos.

(Muchedumbre ante el Hospital de las Cinco Llagas)

La cifra de las víctimas mortales de la peste, aunque se trata de una aproximación, se sitúa entre las 60.000 y 70.000. La enfermedad se cebó en entre las clases populares, aunque se sabe que entre los fallecidos se encontraba un elevado número de prebendados de su cabildo. Hubo barrios donde sobrevivió poca gente y también se sabe de calles que perdieron a todos sus vecinos.
El testimonio de un contemporáneo, señala que en alguna de ellas no volvió a crecer la hierba porque nadie las transitaba, la peste había acabado con todo el vecindario.
Entre los muertos se encontraron ilustres artistas como el imaginero Martínez Montañés, que era un anciano de 81 años, y el joven pintor de bodegones Juan de Zurbarán, hijo de Francisco de Zurbarán.

Carros cargados de difuntos y muertos sin sepultura
“Todos los días en Gradas amanecía doscientos y muchas vezes trescientos cuerpos, y en la Colegial de San Salvador cientos de ordinarios: a las puertas de las demás Parroquias se hallaban todas las mañanas amontonados los cuerpos muertos, y con ser veinte y nueve las desta ilustre Ciudad, ni en Cementerio ni iglesia había quedado un palmo de tierra desocupado…

El insoportable olor hizo cerrar los templos, sacando y trasladando el Santísimo Sacramento (sea adorado amén) a algún decente lugar, o vecino Monasterio. Y por faltar adonde enterrar a los que tan apresuradamente morían, mandaron los señores de la Junta se hiciesen en diversas partes seis cementerios grandísimos, y se bendixeron, los cuales fueron los siguientes:
En el alto de Colón, fuera de la Puerta Real, uno. En el Almenilla, fuera de la Puerta de la Barqueta, otro. Fuera de la Puerta de La Macarena, otro. Fuera de la Puerta de Triana, a un lado del Convento de N. Señora del Populo, otro. Fuera de la Puerta del Osario, otro. Y otro que contiene tanto como todos los que he referido, en S. Sebastián, más allá de la Puerta de Xerez.
Estos seis campos, rodeados de profundas fosas, y en otros diez y ocho carneros del Hospital de la Sangre, incesantemente yva una multitud de carros cargados de difuntos y no solo de la Plebe, pero personas de lustre y calidad, los cuales no podían valerse de su Entierro. La mayor pompa funeral que llevavan los señores Inquisidores, Dignidades, Canónigos y Caballeros, eran quatro hombres populares, conduzidos a peso de dinero para llevar sus cuerpos.

"Como yva siempre la furia del achaque creciendo, eran tantos los difuntos que amanecían por las calles que muchos se quedavan algunos días sin darles sepultura, y otros se quedaban dentro de las mismas casas, y para sacarlos dellas no bastava la orden de la Justicia… Y pasó a tanto la desventura que se vieron al principio llevar los muertos atados a una soga arrastrando por las calles.”
(Pedro López de San Román Ladrón de Guevara: Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla.”

Las consecuencias de la epidemia para Sevilla sólo puede ser calificada como catástrofe. La ciudad perdió casi la mitad de su población. La vitalista ciudad del Quinientos, que era asombro del mundo, no se recuperó del golpe. Las palabras de Ortiz de Zúñiga son significativas:
“Quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que fueron siguiendo en ruinas en los años siguientes…, todas las contribuciones públicas en gran baja, los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores, y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad”.


Fuentes de Datos:
*”La ira de Dios” – José Calvo Poyato – La Aventura de la Historia
*”Orto y ocaso de Sevilla” – A. Domínguez Ortiz – Publicaciones de la Universidad de Sevilla
*”La vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro” – F. Núñez Roldán – Sílex, Madrid 2004

domingo, abril 17, 2011

Pandemias, Portadoras De La Muerte

(La peste en Lovaina)

Desde la aparición de la historia escrita hay testimonios de enfermedades que causaban masivas mortandades. Las Plagas de Egipto, la peste que mató a Pericles y mermó Constantinopla, la bubónica que arrasó la Europa Medieval, la viruela de los conquistadores… distintas pandemias han golpeado a la humanidad a lo largo de la historia, en cuya propagación tuvieron un papel crucial los ejércitos y las vías de comunicación.

La Humanidad siempre ha sufrido unos cataclismos sanitarios que han tenido enormes y poco valoradas trascendencias económicas y políticas: Las Pandemias.
Desde que aparece la historia escrita ya hay testimonios de esas masivas enfermedades, también llamadas pestes, que causaban masivas mortandades. La Biblia ya describe en las famosas plagas de Egipto una serie de catástrofes entre las que se incluyen, sin duda, las epidemias de gran virulencia. La Iliada de Homero también recoge episodios de esta naturaleza, y años después se hace famosa la descripción que Tucídices hace de la peste que asoló Atenas, entre 430 y 426 a.C. durante las Guerras del Peloponeso, y que hoy se identifica con el tifus exantemático o con la fiebre tifoidea, y que acabó con el propio Pericles.
También hay testimonios desde la Antigüedad de las fiebres recurrentes que podrían identificarse como el paludismo, que aún hoy es el azote de la mayor parte del África Subsahariana y amplias zonas de América y Asia y que hasta hace unos cien años estuvo presente también en Europa.

("Las siete plagas de Egipto - Jhon Martin - 1823)

Tan presente y mortíferas resultaban, así como la evidencia de su transmisión por contagio, que enseguida fue utilizada como arma de guerra por las diversas potencias conquistadoras, lanzando cuerpos de muertos mediante catapultas contras las ciudades o campamentos enemigos: había nacido la guerra bacteriológica.
Testimonios de sucesivas epidemias se van repitiendo a lo largo de años por parte de autores romanos, griegos, bizantinos, deduciendo a partir de los síntomas que relatan que se encontraban ante la viruela, peste bubónica, tifus, cólera y demás variadas y mortales dolencias.
Más conocida era la lepra, originaria de la India y extendida por Oriente en la Antigüedad y que fue introducida en Europa por las legiones romanas, haciéndose un mal habitual en la Europa medieval, aunque no causara grandes estragos repentinos.



Los diez jinetes del terror
Cólera, Difteria, Fiebre Amarilla, Gripe, Paludismo, Peste Bubónica, Sífilis, Tifus, Tuberculosis y Viruela, han asolado a la humanidad en distintas épocas de la Historia provocando plagas y pandemias desde el principio de los tiempos.

 ("La plaza del mercado de napoles durante la peste" -  Domenico Gargiulo - 1657 - Museo de San Martino - Nápoles)

La Peste Negra o Bubónica
Mucho más grave fue la llamada gran peste de Justiniano que causó, en tres años, unos 300.000 muertos en Constantinopla, lo que habría supuesto la tercera parte de su población. Esta fue la primera gran epidemia de las que durante más de doscientos años irían llegando desde Oriente a través del Imperio Bizantino e irían afectando, en primer lugar, a la cuenca mediterránea, y luego a toda Europa.
Ante ellas sólo cabía rezar (se atribuían a castigos divinos por los pecados del hombre), aislar a los enfermos y la utilización de los métodos tradicionales para limpiar los aires malsanos, como la quema de maderas olorosas. Sin duda, ello no fue ajeno a la progresiva decadencia a la que si vio sometido Bizancio a partir de entonces.

(La Peste de Justiniano)


Sin embargo, las pestes no entendían de religiones y en 745 una nueva epidemia asoló Damasco, contribuyendo al ocaso de los Omeyas. Más tarde, a mediados del siglo XI, un nuevo flagelo pestífero sacude a Egipto y Siria, poniendo en jaque al poder fatimita.

En el siglo XIII un nuevo brote asoló de nuevo. Esta pandemia de peste bubónica tiene el triste mérito de ser la más afamada de la Historia. Sus orígenes se remontan hasta mediados del siglo XIII, a la región de china de Yunnan, en donde la contrajeron los ejércitos mongoles que la habían sometido.

(Monjes desfigurados por la peste siendo bendecidos. Inglaterra, 1360-1375)
 
Las pulgas portadoras de la enfermedad no solo afectaban a las ratas, sino también a otros roedores como las marmotas o zorros, cuyas pieles eran muy utilizadas por los mongoles. De esta manera había pasado la enfermedad al ser humano y en 1331 ya se habría extendido por toda China y a Mongolia.
La Ruta de la Seda habría sido el canal portador, y en 1346 ya se decreta en Crimea. De ahí la transportan los genoveses y un año después Constantinopla es asolada y desde ahí, ya con la rata negra como principal vector de transmisión, va progresando por toda Europa hasta 1354.


Un tercio de los 75 millones de personas que habitaban entonces en Europa falleció, causando una catástrofe social y económica.
A partir del inicio de la peste negra, los venecianos instaron la medida de aislar durante 40 días , de ahí la palabra “cuarentena”, a las naves que venían de Oriente antes de permitirles la descarga de personas y mercancías.

Hasta el siglo XVIII hubo nuevos brotes ocasionales, aunque ninguno tuvo la capacidad destructiva del de 1354. Como siempre, la oración y las cuarentenas fueron los métodos usuales, combinados con otros más imaginativos como el llevar plantas aromáticas. O colocar sapos o gallos desplumados junto a los bubones para que absorbiesen sus venenos.

("La Peste de Atenas , la pandemia que estalló durante la guerre con Esparta - Michel Sweerts (1624-1664)

Sudor Inglés
Con la llegada de la Edad Moderna apareció una serie de enfermedades más o menos nuevas. Una fue el llamado sudor inglés, que afectaba sobre todo a varones jóvenes de buena posición. Durante muchos años se la consideró una especie de gripe; a mediados del siglo XX se atribuyó a hongos venenosos que habían infectado a los cereales y, más recientemente, se la ha clasificado como una fiebre hemorrágica.

Difteria
Otra epidemia que, aunque conocida desde el siglo IX, pareció expandirse súbitamente en el siglo XVI fue la difteria o garrotillo, que causaba especial mortandad entre la población infantil tras inflamarse la garganta y provocar la muerte por asfixia.

Viruela
Junto a estas enfermedades también se daba la mortal viruela, que, aunque consolidada en Europa desde el siglo VI, tuvo especial gravedad al ser llevada por los europeos a todo el mundo, a través de sus expediciones descubridoras del siglo XVI.

Sífilis
A finales del siglo XV, una nueva epidemia apareció: la sífilis. Aún se discute si sus orígenes se encuentran en los territorios americanos recién descubiertos por Colón, o si bien ya estaba latente en Europa. Sin embargo, a diferencia de las anteriores que amenazaban por igual a todo ser humano, que eran ciegas e inevitables, la nueva epidemia enseguida se demostró asociada a la práctica sexual, por lo que adquirió un tinte de claro castigo divino ante las prácticas conscientes e inmorales de promiscuidad. En este aspecto, el sida guarda un claro paralelismo con ella.

La peste blanca o Tuberculosis
El apogeo del comercio y los inicios de la industrialización al comienzo del siglo XIX desencadenaron un rápido crecimiento urbanístico que no fue acorde con las mejoras en la higiene pública, por lo que junto a la elevada concentración de habitantes en las ciudades y a la pobre alimentación de gran parte de sus habitantes, se creó un perfecto caldo de cultivo para que viejas enfermedades encontrasen ahora un magnífico campo de contagio y expansión. Entre ellas, aparece con inusitada fuerza la tuberculosis, también llamada peste blanca, que padeció preferentemente la clase obrera, dada sus duras condiciones de vida y trabajo, en particular el hacinamiento y la pobre alimentación, llegando a hacerse crónica en las ciudades durante todo el siglo XIX y principios del XX.

 (Sanatorio de la Peste Blanca)

La fiebre amarilla
También desde finales del siglo XVIII y buena parte del XIX, Europa se vio asolada por la fiebre amarilla o vómito negro, enfermedad tropical que, como el paludismo, es transmitida por un mosquito. Ya que este insecto es el vector transmisor, es preciso un habitad de humedad y calor para que pueda sobrevivir. Ello hacía de las zonas litorales, en verano, el lugar idóneo para su propagación, pues el mosquito moría al bajar las temperaturas nocturnas a partir de los 200 metros de altura, aproximadamente.
En 1741 llegó a Cádiz en los barcos que la unían con Cuba, lo mismo que en 1800. Causando en cada uno de esos años cerca de 10.000 víctimas. Su extensión en los años siguientes por todas las ciudades y pueblos de la costa andaluza y meridional hizo que hasta 1805se contabilizaran más de 100.000 muertes. Durante los siguientes años se hizo endémica, mezclándose con las convulsiones de la Guerra de la Independencia y las luchas entre liberales y absolutistas. Especial virulencia tuvo la oleada que afectó a Barcelona en 1821, falleciendo un 10% de la población.

 (En 1741 y 1800 la Fiebre Amarilla entó por Cádiz en los barcos procedentes de Cuba)

Años más tarde, en 1870, la ciudad volvería a padecerla, aunque en esta ocasión “sólo” morirían unas 4.000 personas. El balance fue trágico: en toda la Península se pueden cifrar las víctimas, desde mediados del siglo XVIII hasta la última epidemia en 1870, en unas 150.000. Sin embargo, siguió siendo endémica en Cuba, en donde se calcula que a lo largo de todo el siglo XIX mató a cerca de 100.000 residentes, ensañándose preferentemente con los soldados españoles que acababan de llegar y que eran más vulnerables, al no haber estado nunca expuestos a la enfermedad.

 El cólera
El cólera era otro de los azotes epidémicos existentes desde la Antigüedad, pero hasta el siglo XIX estaba confinado, casi exclusivamente, en el continente asiático. A principios de ese siglo, salta a través de las activas vías comerciales a Europa: una vez más, Constantinopla es la puerta de entrada en 1823. Diez años después, ya había infectado toda la cuenca mediterránea y se extendía a América. Una vez más, las ciudades que comenzaban a crecer desordenadamente, con un sistema de aguas insuficiente e incapaz de segregar las aguas limpias de las sucias, combinado con los calores estivales, se convirtieron en el perfecto caldo de cultivo de la enfermedad, España sufrió epidemias en 1833 y 1834, en 1854, 1865 y 1885, convirtiéndose en el gran asesino de la población española, pues se calcula en cerca de 800.000 las víctimas causadas por la cadena de epidemias de cólera sufridas a lo largo del siglo XIX.
Una vez más, el clasicismo era uno de los criterios de la expansión de la enfermedad. Ya lo había sido con la tuberculosis que afectaba menos a los bien alimentados y a los que vivían en mejores condiciones; con la fiebre amarilla pasaba lo mismo, pues quien podía alejarse de la costa e ir a vivir al interior también se liberaba de ella.

En el caso del cólera, los barrios que disponían de una mejor red de aguas y cuya densidad de usuarios era menor, tenía menor incidencia de afectados.

 (Los tratamientos contra el cólera del siglo XVIII incluían la práctica de atar a los pacientes - Imagen cortesía de National Library of Medicina - Inglaterra)

El contexto de las guerras carlistas y los pronunciamientos agravó aún más sus consecuencias. No sólo porque los ejércitos en movimiento eran transmisores ideales de la enfermedad, sino porque el populacho exaltado enseguida vio responsables. Así, en julio de 1834, se produjo la célebre matanza de frailes en Madrid, casi cien, acusados de envenenar las fuentes. Seguramente sus instigadores no habían olvidado como durante el Trienio Liberal, la Iglesia había acusado al Gobierno de desencadenar la ira de Dios a través de la fiebre Amarilla. Con estos sucesos se inauguraba un feroz anticlericalismo que estaría presente en España durante más de cien años.

La Gripe Española
Ni se originó en España, sino en Kansas, ni entró en Europa por la Península, sino por Francia e Inglaterra, en los pulmones de los soldados que desembarcaban para combatir en la Gran Guerra. Pero el hecho de que fuera la prensa española, ajena al conflicto, y por tanto a la censura, la primera y más prolífica en informar de la enfermedad, vinculó para siempre el nombre de “española” a la gripe más devastadora de la Historia.

En marzo de 1918 se desencadenó la última gran epidemia. Su responsable fue un virus gripal aviar que mutó y afectó a los seres humanos; algo muy similar a lo acontecido recientemente. Aparte de las vías respiratorias, afectaba al sistema neurológico, provocando la encefalitis de Von Economo.
Una segunda oleada se produjo en Otoño, y una tercera y cuarta, menos letales, en 1919 y 1920. Las vías marítimas y de ferrocarril se encargaron de propagarlo, y en pocos meses todo el mundo quedó afectado, calculándose en unos 50 millones los muertos causados.
En España las cifras oficiales hablaron de 147.114 muertos, pero los datos reales duplicaron esta cantidad. Sólo en 1918 fallecieron en España 70.000 personas y cerca de la mitad se debió a la gripe o a sus secuelas.
Un ejemplo de su peligrosidad: de los 6.000 habitantes de Medina del Campo, nudo ferroviario, enfermaron 5.200 y murieron 420.

(Primeros soldados norteamericanos afectados por la gripe española, en un hospital de Fort Riley - Kansas)

Los gobiernos asistieron impotentes a la epidemia: prohibieron espectáculos y cerraron colegios, pero autorizaron misas y conferencias sobre el tema. Se habló de que era un veneno puesto en circulación por la alemana Bayer, que era producto del pegamento de los sellos o que eran vapores telúricos fruto de las obras del metro de Madrid.
La gente lo combatía como podía. Sus mortales efectos excitaron aún más la agitación social que impregnaba el movimiento obrero de aquellos años y se acentuaron las medidas de higiene, pensando que podría ayudar. Entre ellas, una medida trascendente y ya irreversible para nuestra vida cotidiana; toda vivienda debería disponer de un retrete que sustituyese al colectivo que había por plantas en las casas de pisos.

Fuentes de Datos:
*”De la peste de Atenas a la gripe española” – Juan Carlos Losada – La Aventura de la Historia

martes, junio 16, 2009

La Lepra En La Edad Media, Muerte Y Rechazo

(San Francisco de Asís cuida a los leprosos)
Sus vidas eran de sufrimiento y horror. Los leprosos de la Edad Media estaban sometidos a los preceptos religiosos concernientes a la enfermedad y al aislamiento.
Durante este periodo medieval llegaron a existir en Europa más de dieciocho mil leproserías.

Las víctimas, miles de hombres, mujeres y niños, toscamente cubiertos por un hábito con capucha, deambulaban por Europa apartados de todo contacto social, convertidos en auténticos muertos vivientes. Eran víctimas de lo que sus congéneres consideraban el peor de los castigos divinos que podían abatirse sobre un ser humano: la lepra.
Pero esta enfermedad no apareció en la Edad Media: ya existía en la Antigüedad, aunque fue en la época medieval cuando adquirió las dimensiones de una verdadera epidemia, Al parecer, las migraciones de judíos y gitanos procedentes del Mediterráneo oriental, y posteriormente las invasiones árabes, actuaron como las principales vías de difusión de esta dolencia por Europa. A partir del año mil, el crecimiento de actividad comercial en el ámbito mediterráneo, el flujo cada vez mayor de peregrinos a Oriente y, sobre todo, las cruzadas, contribuyeron a multiplicar el número de víctimas.

Sin embargo, algunos especialistas mantienen que lo que trajeron los cruzados a Europa no fue la lepra, sino la sífilis, dolencia que otros investigadores consideran posterior al descubrimiento de América (del mismo modo, se piensa que la lepra sólo llegaría al Nuevo Mundo a partir de 1492). Se tratase o no de lepra, las consecuencias para pos infectados eran las mismas: se les adjudicaba el estigma de leproso, eran apartados de la comunidad y se les condenaba a vivir solos o recluidos junto a otros enfermos el resto de sus días.
Los síntomas de la verdadera lepra no se conocían con exactitud, y el temor al contagio hacía que se reaccionase ante la menor sospecha. En realidad, la enfermedad es menos contagiosa de lo que entonces se pensaba, y pasa por un largo periodo de incubación; pero a partir de su desarrollo resulta imposible ocultarla.
El temor que despertaba la lepra era tal, que en la atención a los leprosos se veía la máxima expresión de la caridad.

(Un leproso moribundo recibe la extremaunción. Siglo XIV)

Cuando una persona enfermaba de lepra se realizaba la ceremonia llamada separatio leprosun. En ésta, el enfermo era conducido por un sacerdote hasta la iglesia, donde podía confesarse por última vez y escuchar la misa tendido sobre una manta, Terminada la homilía, el sacerdote llevaba al enfermo al exterior recitando las palabras “ahora mueres para el mundo, pero naces para Dios”. El ritual finalizaba dejando al enfermo en los límites de la ciudad, al tiempo que se le recordaban las prohibiciones que debía respetar.
El afectado debía abandonar la ciudad o aldea donde viviese, no volver a entrar en contacto con personas no infectadas, no beber ni lavarse con aguas de los ríos o arroyos, no entrar en tabernas, posadas, iglesias u otros lugares públicos. Los infectados eran obligados a llevar un hábito de color pardo grisáceo, un bastón, y un barrilete colgado al cuello en donde la gente podía depositar donativos o alimentos.
Cuando caminaban tenían que alertar su presencia por medio de una carraca, campanilla u otro instrumento similar, evitar caminos estrechos, mantener la distancia con otros, no tocar las cuerdas y postes de los puentes y no seguir la dirección del viento.

Algunos enfermos se recluían en hospitales o formaban comunidades alejadas de los lugares poblados. Otros eran acompañados por sus familias, pero tales casos era infrecuentes: durante la mayor parte de la Edad Media la lepra fue considerada causa legítima de divorcio.

(Miniatura del siglo XV - Cristo cura a un leproso)
Durante el desarrollo de la enfermedad se van formando úlceras en la piel, se pierde parte de la motricidad, se atrofian los músculos de la cara y se contraen los del antebrazo, de tal manera que la mano toma forma de una garra. Posteriormente la piel se encoge, se pierden el cabello, los dientes, las uñas y a veces algunas extremidades. Todo ello, unido al fuerte olor que desprendían los enfermos, y que fuentes medievales comparan con el de la cabra macho, con el de las plumas de ganso y con el de los depósito de cadáveres, hacía que la dolencia se considerase una auténtica muerte en vida.

La palabra hebrea para denominar la lepra en el Antiguo Testamento, tzaraat, iba cargada de un marcado sentido peyorativo, y el leproso era visto más como un condenado que como un enfermo, Los infectados parecían cargar con un castigo divino, con una pena irreversible. La lepra se convirtió así en un estigma social, hasta que las nuevas corrientes de pensamiento y la tendencia a prestar más atención al Evangelio llevó a que los leprosos, como los pobres y enfermos en general, fuesen considerados próximos a Dios: los “pobres de Cristo” (pauperes Christi).
La caridad se difundió, los enfermos pasaron a ser atendidos y las donaciones en su favor se multiplicaron.
("Curación de Lázaro" - Konrad von Soest - siglo XV)
Los enfermos de lepra eran atendidos en hospitales llamados leproserías, lazaretos o malaterías. En 1099 se creó en Jerusalén, tras la Primera Cruzada, la orden militar de san Juan o del Hospital, formada por monjes guerreros que dedicaban sus centros a la atención de los cristianos que enfermaban en Tierra Santa y a la protección de los peregrinos,

En 1120, el creciente número de afectados por la lepra llevó a que del seño de los hospitales surgiese una nueva orden, la de San Lázaro, dedicada al cuidado de los leprosos. Este Lázaro no era el resucitado por Cristo, sino otro personaje del Nuevo Testamento: el hombre cubierto de llagas de la parábola del hombre rico relatada en Lucas 16, 19-31(las confusiones entra ambos Lázaros serían frecuentes).
En principio, los comentadores o encargados de los hospitales de la Orden debían ser enfermos de lepra, disposición que el papa Inocencio IV abolió en el siglo XIII.

Los hospitales servían básicamente para recluir enfermos y hacer que sus vidas fuesen más llevaderas, pero en la Edad Media no se conocían ni remedios para la enfermedad ni manera de paliar sus efectos. La oración era el método al que se recurría con mayor frecuencia, junto con las peregrinaciones a lugares sagrados con objeto de obtener el perdón divino, única y milagrosa cura. De ahí tanto la proliferación de leproserías a lo largo de los caminos como la difusión de esta enfermedad entre los peregrinos. Junto a los rezos se practicaban sangrías, se preparaban brebajes con ortigas, sal, hierbas aromáticas, aguas de fuentes medicinales y caldo de víbora, se hacían ungüentos con mercurio y se comía carne de serpiente. Los hospitales contaban con huerto, establo, cementerio y capilla, y cada paciente solía disponer de una habitación o cabaña individual.

En los últimos años de la Edad Media, y sin que se conozcan las causas, la lepra fue remitiendo. Algunos autores opinan que la peste negra de mediados del siglo XV exterminó la mayor parte de los enfermos de lepra. Otros señalan que la reclusión de los leprosos en los hospitales llevó a que la infección dejase de propagarse; pero esta afirmación no tiene en cuenta el hecho de que muchos infectados que aún no habían desarrollado los síntomas más graves vivieron en su comunidad durante años, ocultando lque padecían la enfermedad.

Fuentes:
*Estudio de Covadonga Valdaliso (historiadora) para el nº 10 de Historia National Geographic

miércoles, enero 28, 2009

La Peste Negra, Castigo Y Terror

("Flagelantes en procesión contra la peste en Doorjik 1349"-Cromolitografía de una minuatura de ña Crónica de Aeqidius Li Muísís)


El Inicio

En Octubre de 1347, zarpó de Caffa, en la península de Crimea, un barco infectado por una bacteria originada en el desierto de Gobi. Dicha bacteria vivía en el estómago de un tipo particular de pulga, la Xenopsilla cheopis, que viajaba en los lomos de las ratas. Una pulga infectada sufría un bloqueo en el estómago que le impedía comer; cuando el hambre le llevaba a “picar”, vomitaba en la picadura un número muy elevado de bacterias y contagiaba al receptor, ya fuera rata u hombre. Este ciclo, que incluye el triángulo pulga-rata-hombre, fue la causante de la Peste Negra o Muerte Negra, sembrando Europa con esta desmesurada pandemia.


Hasta que se descubrió en 1894 por el bacteriólogo Alesandre Yersin el origen de la enfermedad, la Peste Negra fue un terror del que se desconocía todo.


El Contagio

El barco llegó al puerto de Mesinas a finales de ese año. Alcanzó las costas levantinas en la primavera de 1348. La primera víctima fue Guillem Brassa, un ciudadano de Alcudia (Mallorca), que murió a finales de marzo de 1348. El medio más eficaz del contagio, los barcos, esparció la peste por toda la costa mediterránea. A principios de Abril había llegado a Almería, en Mayo a Barcelona, Tarragona y Valencia, en junio a Teruel y Pamplona, en septiembre a Huesca y Zaragoza, en octubre a Tuy y Zamora. Estaba en Toledo en 1349, y en marzo de 1350 produjo estragos en el ejército que intentaba asaltar Gibraltar al mando de Alfonso XI, que murió de la peste.

Hubo otras puertas de entrada de la epidemia. A Pamplona pudo llegar desde Francia por los puestos pirenaicos que habrían el Camino de Santiago, y de allí pudo partir a la Cornisa Cantábrica y a Galicia. Si se movió al ritmo que lo hizo en Francia, a cien kilómetros al mes, pudo llegar a Santiago de Compostela antes de terminar 1348.

Dicho año fue una fecha histórica esencial debido a aquella gravísima epidemia. Con ella llegaba la “gran mortalidad”, o “el mal que corre”, (no se llamó Peste o Muerte Negra” en su tiempo), a una población europea sin inmunidad para resistir a la bacteria que se dispersó hacia el este y oeste del continente euroasiático, llevada por los roedores que acompañaban a los pastores y a los jinetes del imperio mongol.

La Peste Negra se conoce de manera desigual en los reinos hispánicos; la documentación ha permitido conocer mejor su impacto en la Corona de Aragón que en la de Castilla. En Aragón se produjo la “despoblación de las aljamas moriscas de Borja y Zaragoza y de los barrios judíos de Huesca y Zaragoza; suspensiones de tropas contra Granada; aplazamiento de las Cortes, ruina de los arrendadores de peajes; disminución de las rentas de la acequia de Zaragoza; concesión de moratorias a los deudores, preparación de los viajes a Roma para ganar el jubileo”.según nos dice Labarra.

Estos problemas y acciones fueron exclusivos de Zaragoza. A esa ciudad había llegado la epidemia en Septiembre de 1348, pero meses antes había atacado a otros lugares de la Corona aragonesa. Es impresionante la velocidad que había cogido la bacteria.


Las Medidas

Pronto empezaron a tomarse medidas, ineficaces al desconocer los propios médicos la naturaleza de la epidemia, Los regimenta tratados escritos por médicos desde que llegó la peste, se preocupaban por analizar sus causas, describir sus síntomas y proponer medicinas profilácticas y terapéuticas.

Agramont y otros contemporáneos señalaron los cuerpos celestes como provocadores de la peste, aunque las causas naturales (conjunciones planetarias, terremotos, ecplipses, y corrupción del aire, con la producción de miasmas) fueron tenidas en menor consideración que la explicación sobrenatural: la “ira de Dios” castigaba a los hombres por sus muchos pecados. No faltaron otras explicaciones; Luis de Alcañiz en su Regiment preservatiu e curatiu de la pestilencia (siglo XV), apuntaba al hambre. La relación peste-hambre convenció a algunos contemporáneos, que veían la peste como una enfermedad contagiosa de pobres y desvalidos.

Los Síntomas

Desconocían posiblemente las tres variedades de la peste (bubónica, pulmonar y septicémica). Las descripciones de síntomas suelen limitarse a la variedad bubónica: bubones detrás de las orejas, en ingles y en axilas, formados por sustancias corruptas del cuerpo. Los bubones, ganglios linfáticos inflamados, eran síntoma claro de la peste, señal de que el afectado podía morir en pocos días, aunque le quedara la esperanza de estar entre el tercio que se salvaba. Peores eran las otras dos variedades: la pulmonar, con síntomas de tos y esputos sanguinolentos, mataba en dos o tres días al 95% de los afectados, y la septicémica, manifestada con un sarpullido en la zona de la picadura, llevaba a la tumba en un día a cualquier afectado.

Los Remedios

Los remedios que se aplicaban eran ineficaces. Los propios médicos recomendaban la huída y la oración. También se recomendaba la huída, aunque esta conllevara riesgos para los residentes de la ciudad afectada, de ahí que se constate una tendencia a ocultar la enfermedad. Se aconsejaba callar al ser bueno por razones económicas (miedo a la paralización del comercio y del abastecimiento), sociales (temor de alteraciones) y psicológicas (creencia de que el miedo favorecía el contagio). Se procuraba impedir la entrada de hombres o mercancías del lugar afectado, y aislar a las localidades con peste. Callar para evitar el miedo, llevaba a prohibir lamentos públicos, y toques de campanas a muerto.

Recurrir a la oración fue el remedio más común. Indulgencias, limosnas, misa, procesiones, rogativas o plegarias de diverso tipo se consideraban esenciales.

El Papa llegó a establecer un oficio especial para obtener la misericordia divina en el freno de la peste, Las ciudades solicitaban indulgencias al Papa: en todos los lugares se decían misas a San Sebastián y se hacían procesiones.

No faltaron los remedios caseros: aplicar empastes de hojas de ciertos árboles o del vientre de una rana en los bubones, encender hogueras o quemar plantas aromáticas, comer carne de ave o de cordero, huevos, pan y vinos añejos, y abstenerse de relaciones sexuales, especialmente con mujeres viejas, pues se pensaba que producían pérdida de vitalidad en el hombre y lo hacía más vulnerable, aparte de no descartar la posibilidad de contagio por este medio.

("El Carro de la Muerte se lleva a las víctimas de la peste"-Miniatura de un manuscrito francés de 503 - París, Biblioteca Nacional)

Sospechaban que la epidemia era muy contagiosa, y por ello las autoridades municipales tomaban medidas preventivas y de higiene pública. En Valencia se contrataron barrenderos y limpiadores para retirar de las calles los animales muertos (gatos, perros, ratas) y recoger las basuras. Se reclutaban hombres para retirar cadáveres y sacar de sus casas a enfermos pobres, solos o abandonados; contrataron más guardas en las puertas, para impedir la entrada de posibles contagiados, y evitar la indisciplina callejera, los pillajes a las casas y bienes de apestados, o los ataques a judíos, leprosos y otros grupos a quienes se responsabilizaba de la peste. Todas esas medidas extraordinarias de las autoridades expresan la naturaleza del desastre que supuso La Peste Negra.


Las Concecuencias

Las consecuencias fueron de muy diversa índole: demográficas, económicas, sociales, políticas, religiosas, psicológicas artísticas y literarias. Las más terribles fueron las demográficas. No hay porcentajes precisos de mortalidad general para los reinos peninsulares, aunque se ha señalado que pudo ser superior en los reinos de la Corona de Aragón que en los de Castilla. No sería arriesgado suponer que su impacto pudo se similar al de otras áreas europeas: un promedio de mortandad de un tercio de la población, aunque con importantes diferencias de unas áreas a otras. Estudios de algunas ciudades, áreas o reinos hispánicos apuntan, sin embargo, diferencias con el resto de Europa. Para Teruel y sus aldeas se ha constatado un retroceso poblacional del 35%, aunque no todo debido a la mortandad, sino a la emigración. Para Plana de Vic, la mortalidad estuvo en torno a dos tercios de la población. Se desconoce el porcentaje para el reino de Castilla, aunque no debió de ser despreciable cuando en las Cortes de Valladolid (1351) se pidió la confección de un nuevo censo para conocer el número de contribuyentes. En Navarra la mortalidad fue elevada, aunque es posible que en el medio rural se debiera también al hambre, que ya se padecía en los años inmediatamente anteriores a la llegada de la peste.


Las Víctimas

La peste no distinguió de edad, género o grupo social. En contra de lo esperado murieron individuos de todos los niveles: el rey Alfonso XI de Castilla y la reina Juana II de Navarra se hallaron entre sus víctimas.

Las diferencias de mortalidad por profesión parecen más evidentes, pues médicos, clérigos, sirvientes y notarios se contagiaban al estar en contacto con los apestados. También corrían peligros quienes trabajaban en lugares infectados de ratas: carniceros, molineros, panaderos, etc. Tenían mejor suerte los que se ocupaban en oficios con olores que repelían a las pulgas, como el de las bestias de carga (arrieros, carreteros, pastores, herreros y toneleros) o el de las ropas impregnadas de aceite (porteadores de aceite).


Las Medidas

El descenso demográfico se produjo también por el descenso de las tasas de nupcialidad y natalidad y por la emigración, como se ha apuntado antes. Para fomentar la nupcialidad se tomaron algunas medidas. Pedro IV el Ceremonioso pidió al papa Clemente VI dispensas matrimoniales para que pudieran casarse familiares hasta el tercer grado de consanguinidad e impulsar los enlaces en el reino de Cerdeña; en Castilla se pidió que las viudas pudieran volver a casarse antes del año reglamentario, reduciendo el periodo de viudez a seis meses.

Las consecuencias económicas fueron, después de las demográficas, las más perjudiciales al verse afectado el conjunto de la sociedad. Fue tal el desastre económico de la peste que acabó por recibir un tratamiento similar al de la guerra, en el sentido de ser un motivo de remisión de pagos. Los reyes trataron de poner medio a la situación con las ordenanzas de precios y salarios. La subida de salarios que pudo beneficiar a campesinos y artesanos pobres, pronto se volvió contra ellos, al solicitar los grupos privilegiados apoyo del rey para evitar la pérdida de rentas señoriales.

Los más ricos no sufrieron desastre económico, pues a los privilegios que fueron consiguiendo habría que añadir las riquezas que muchos obtuvieron al heredar de sus ricos parientes fallecidos.

Razones económicas estuvieron en la base de muchos de los conflictos sociales planteados como consecuencia de la peste, aunque no se manifestaron hasta pasadas algunas décadas.

El Caos

Las consecuencias de la peste se manifestaron en otros aspectos. Los cambios psicológicos ante el miedo de una muerte inminente, introdujeron el sentido de la urgencia y una nueva medida del tiempo que se reflejó en la construcción de relojes en las plazas de muchos lugares. Se han detectado cambios en las manifestaciones artísticas; así, la representación de la figura de Cristo dejó el carácter amable por el severo, temeroso, o al menos distante. La temática optimista se cambió por otra macabra; los temas se hicieron más moralizantes.

La Peste Negra y su efecto duró siglos, pues no desapareció hasta el siglo XVIII. Cada pocos años la peste volvía a ciudades, villas y lugares y sembraba la muerte de manera más o menos intensa. Tuvo uno de sus peores momentos en el tránsito del siglo XVI al XVII.


(Detalle de "San Roque y San Sebastián"- El ángel señala el bubón de San Roque contagiado-Tabla del siglo XV, Pensilvania EEUU)

Los Santos de la Peste Negra

San Roque, el santo representado con un perro al lado, es una imagen frecuente en muchas iglesias de España, de Europa e incluso del otro lado del Atlántico. Muchas son las localidades con una iglesia o ermita en su honor, y muchas también las que celebran su fiesta el 16 de agosto. La historia de esta tradición se debe a la labor y dedicación que el santo tenía en atender a los apestados. San Roque se contagió y se convirtió en patrón de la peste, junto a san Sebastián.



Fuentes:

Texto sobre estudio hecho por María Jesús Fuentes, profesora titular de Historia Medieval en la universidad Carlos III de Madrid.

La Aventura de La Historia.

Blanco Reboloo, “La Peste Negra”, Madrid, Anaya 1990.

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