viernes, enero 29, 2010

Antonietta González

(Antonietta Gonalez pintada por Lavinia Fontana)


Antonietta Gonzáles fue una de las hijas del Petrus Gonzáles (1537-1618), y su esposa Catalina, ambos guanches de Canarias (aunque esto no está totalmente claro). A excepción de la madre, el padre y todos los hijos del matrimonio nacieron con una rara patología, que llegó a conocerse con el nombre de Síndrome de Ambras (nombre que le vino dado debido a que fue en este lugar en donde permanecieron guardados por largo tiempo los retratos de tamaño natural de la familia Petrus), un desconocido defecto genético que provocaba que sus cuerpos estuvieran cubiertos con cantidades anormales de pelos de la cabeza a los pies, dándoles apariencia de animal mamífero o de hombre lobo.
Su aspecto era semejante a la de un perro pequeño terrier.

Dicha anomalía les condenó al ostracismo en su lugar de origen, pero en Europa, lejos de ser rechazados como fanáticos, eran atesorados por los niveles más altos de la aristocracia. La familia Gonzáles es uno de los primeros casos registrados de lo que hoy se conocen, y desde entonces ha habido menos de cincuenta casos conocidos en todo el mundo.
(Petrus Gonzales en un retrato anónimo)
Según se cree, el salvaje Don Pietro fue descubierto en las Islas Canarias en 1457, y enviado a su Serenísima Alteza Enrique, II Rey de Francia, y de Catalina de Médicis. El monarca francés le hizo aprender latín y le dio un puesto menor en su corte. En París, Petrus se casó con Catalina, y la pareja tuvo varios hijos, de los cuales la mayor parte (tres hijas y dos hijos), estaba cubierta de pelos.
No se sabe a ciencia cierta si Petrus era total o parcialmente guanche, ya que había matrimonios entre éstos y los españoles, portugueses, y africanos que trabajaban en los cañaverales e ingenios azucareros de Tenerife. Es uno de los misterios que envuelve a esta familia.

Aproximadamente hacia 1590, los González emprendieron un lento viaje hacia el Sur y acabaron instalándose en el norte de Italia, en la ciudad de Parma, que gobernada por la poderosa familia Farnesio, contaba con papas, cardenales y generales entre sus miembros. Los Gonzales dependían de los Farnesio para su sustento, así que, aunque no eran esclavos, tampoco eran completamente libres.
El Duque de Parma, Ranuccio Farnesio, regaló al hijo mayor de los Gonzáles, Enrico, a su hermano Oduardo, un cardenal muy interesado en lo insólito y lo exótico. Enrico fue a vivir al palacio de Farnesio en Roma, donde más adelante le acompañó también su hermano menor. Enrico a su vez, también convirtió a Antonietta en un regalo, dándosela a la marquesa de Soragna, cuya hija estaba casada con un primo de los Farnesio, pasando Antonietta a ser una permanente compañía para la marquesa. Fue junto a ella, estando invitada en casa de un amigo rico de ambos, afincado en Bolonia, cuando la encontró una tarde de 1594 el científico Ulisse Aldrovandi.

(Ulisse Aldrovandi.)
Aldrovandi examinó a la joven con detenimiento, y después anotó que:
“la cara de la niña estaba cubierta de pelo, excepto las narices, los labios y alrededor de la boca. Los pelos de su frente son más largos y duros que los que cubren sus mejillas, aunque estos son más suaves al tacto que el resto del cuerpo., y tiene pelos en gran parte de sus espalda y pelos amarillos que la cubrirían hasta el inicio de las ingles.”

(Antonietta enfrentada a un ser de tres cabezas - página del Mostrurun Historia - Aldrovandi)

Ulisse Aldrovandi realizó además una serie de grabados de Antonietta y de otros miembros de la familia, que aparecieron en un amplio catálogo de anomalías humanas escrito por Aldrovandi y titulado Monstrorun Historia.
(La niñas Gonzales y sus padres - dibujo incluído en el libros ilustrado de mamífero, aves y peces del pintor flamenco Joris Hoefnagel) 


Todos los miembros peludos de la familia González fueron pintados en distintas ocasiones por pintores renombrados de la época: Lavinia Fontana, pintora Boloñesa, pintó a Antonietta y a su hermana mayor, Francesca. A Antonietta la pintó con una hoja en la mano que da detalles de su vida.
Anteriormente otros estudiosos se habían fijado en los hermanos mayores, Magdalena y Enricco un pintor de la corte de Guillermo V de Baviera, de su mujer y de los dos hijos más pequeños.

(Retrato de Antonietta que se conserva en el castillo de Ambras)
Los retratos de los Gonzales, llamativos y dramáticos, colgaban de las paredes de palacio sin ningún ánimo de burla u ostracismo, sino como algo meramente natural, donde sus vidas transcurrían entre nobles, músicos y artistas. Esta doble identidad les proporcionaba una áurea especial, tanto en su época como en la nuestra.

En épocas posteriores familias o casos como el de los Gonzales serían exhibidos en ferias y circos como los niños con cara de perro, la mujer barbuda o los hombres leones.

Algunos de los retratos de la familia Gonzales fueron obra del artista Joris Hoefnagel, que pintó minúsculas acuarelas de colores muy vivos de Petrus y su esposa y dos de sus hijos, y los incluyó en un libro ilustrado sobre animales, pájaros y peces.

La familia González fue única, pero también está relacionada con muchos de los principales acontecimientos de su época, incluyendo los descubrimientos, las sangrientas guerras religiosas, los movimientos artísticos del Renacimiento, y el crecimiento de la ciencia.

(Portada de una de las obras de Ulisse Adrovandi)

Obviamente, las mujeres, las hermanas eran completamente diferentes que las demás niñas hermosas que eran consideradas "maravillas de la naturaleza", pero al mismo tiempo sus vidas eran muy similares a los de otras mujeres: Maddalena se casó y tuvo hijos, uno de los cuales era peludo, Francesca permaneció soltera, y Antonieta murió joven.



Fuente de datos:
* “The Girls Hairy Maravilla” - Merry Wiesner-Hanks
* La Aventura de la Historia

miércoles, mayo 27, 2009

El Asesinato Del Arzobispo De Canterbury

(Tomas Becket asesinado por los enviados de Enrique II - Miniatura del siglo XV-Museo Condé)

El trágico suceso del asesinato del Tomás Becket, motivado por el enfrentamiento entre el arzobispo y Enrique II de Inglaterra, tenía como telón de fondo la reforma eclesiástica que impulsó el papa Gregorio VII unas décadas antes y que provocaron un choque entre las ambiciones eclesiásticas y monacales.


(Tomás Becket en una vidriera de la Catedral de Canterbury)


Tomás Becket nació en Londres, en el año 1170, en el seno de una familia burguesa de procedencia Normanda.

Su padre, empleado oficial, puso su educación en manos de Richer de L'aigle, uno de sus amigos más ricos, que le enseñó buenas maneras y las artes de la caza y los combates en justas y torneos. A los diez años realizó sus primeros estudios de leyes civiles y canónicas en la abadía de los monjes de Merton, en Surrey.


Contaba 24 años cuando consiguió un puesto como ayudante de Teobaldo, Arzobispo de Canterbury quien a la vista de las cualidades excepcionales que su alumno tenía para el trabajo, le fue confiando poco a poco oficios más difíciles e importantes de diácono y lo encargó de la administración de los bienes del arzobispado.

Varias veces viajó a Roma a tratar asuntos importantes, consiguiendo que el Papa Eugenio Tercero se hiciera muy amigo del rey de Inglaterra, Enrique II, y éste en acción de gracias por tan gran favor, lo nombró Canciller. Era el año 1154 y entonces Tomás Becket 36 años.


(Enrique II de Plantagenet en una miniatura de Mateo París en "Historia Anglorum"


Enrique de II Plantagenet, que acababa de ser coronado rey de Inglaterra, como Enrique II, tenía 21 años y un brillante porvenir ante sí. Casado con la duquesa Leonor de Aquitania, que le había reportado extensas procesiones en Francia, se había ganado el favor de toda la corte inglesa por su carácter osado y enérgico.


En Navidad de ese mismo año, el nuevo rey celebró una corte en Bermondsey. Fue allí donde se encontró por primera vez con el diácono Tomás Becket junto a Teobaldo, quien se apresuró a recomendarle al soberano que lo tomara como canciller, dada su eficacia como gestor. Enrique II aceptó de buen grado la propuesta.


Durante los siguientes diez años, Enrique II otorgó toda la confianza a su canciller, que se convirtió en el gran muñidor de su política. Becket organizó la corte, la rodeó de pompa y boato, restauró edificios, reorganizó el sistema de propiedad de la tierra y consiguió importantes ingresos. Por sus leales servicios recibió grandes honores y propiedades. Entre el rey y su ministro surgió una profunda amistad: el joven soberano era colérico y ambicioso, y Tomás seductor, alegre y generoso. Dos personalidades distintas pero complementarias.


(El monarca y el Arzobispo en una miniatura del siglo XIV)


En 1162, al quedar vacante el arzobispado de Canterbury, la sede primada de Inglaterra, Enrique II nombró para ese puesto a Becket. El Rey anhelaba controlar la propiedad de la Iglesia de Inglaterra y someter el clero a la Corona, y estaba seguro de que su amigo y canciller le ayudaría a lograrlo.

Sin embargo el rey se equivocaba, pues desde el mismo momento en que Tomás Becket, fue consagrado arzobispo en junio de 1162, abandonó por completo su vida de ostentación y lujo decidido a entregarse en cuerpo y alma a su nuevo cargo.

Se deshizo totalmente de sus riquezas repartiéndola entre los pobres y necesitados, a quienes lavaba diariamente los pies, cambió su lujoso ropaje por el hábito sencillo de los agustinos y se mortificaba con el silicio. Su casa estaba siempre abierta para los necesitados y no podía evitar el llorar cuando celebraba la Eucaristía. Por lo tanto el nuevo arzobispo no esta dispuesto a someterse a la voluntad del rey, y ser en sus manos una marioneta.

A finales de 1162, fue plenamente consciente de que no era compatible el servir a Dios y al rey, por lo que dimitió como canciller ante el enorme disgusto de Enrique II.


(Thomas Becket, a la derecha, se enfrenta el Rey Enrique II en un litigio)

Todo esto creó una enorme tensión entre los dos amigos, tensión que estalló en junio de 1163 cuando el arzobispo se negó a entregar al rey las rentas de la Iglesia. Enrique II fue contundente en su reacción, y en enero de 1164 promulgó las llamas Constituciones de Clarendon, por las cuales asentaba la suprema y total autoridad de la soberanía sobre la Iglesia, y suprimió todas las apelaciones a Roma. La mayoría de obispos y altos cargos eclesiásticos se doblegaron a las órdenes reales, Tomás Becket por el contrario, se negó a aceptarlas. Esto hizo que el rey ordenara su apresamiento, sin embargo el primado consiguió huir al continente en 1164.


(Tomás Becket en una imagen de El Libro de los Santos)


Los siguientes seis años fueron un continuo enfrentamiento entre los dos antiguos amigos, Becket estaba protegido en Francia por Luis VII, que en vano intentó en varias ocasiones una reconciliación, recurriendo hasta a la emperatriz Matilde, madre de Enrique II, y del papa Alejandro III. Como resultado de ello, Enrique y Tomás se encontraron en varias ocasiones en territorio francés, pero nunca llegaron dichos encuentros a buen término, pues el orgullo y tozudez de ambos lo hacían imposible.


En 1170 la tensión se incrementó peligrosamente por parte de Enrique II, pues decidió que su hijo, Enrique el Joven, fuera coronado rey de Inglaterra, encargando la ceremonia al arzobispo de York, Roger de Pont-I’Èvêque, antiguo enemigo de Becket, como primado de la Iglesia Inglesa. Como represalia, Tomás escribió a todos los obispos prohibiéndoles acudir a la coronación, que se celebró el 14 de junio en Westminster.

La Iglesia presionó fuertemente a soberano para que devolviese al arzobispo los bienes confiscados, hecho que acató y realizó tan sólo tres días después de la coronación del nuevo rey, prometiéndole además protección y seguridad si volvía a Inglaterra, comprometiéndose a que su hijo fuera nuevamente coronado por el arzobispo. Becket volvió entre las aclamaciones de la población que ansiaba su regreso.

Pero arriesgadamente, Tomás Becket, nada más regresar, tomó la resolución de excomulgar al arzobispo de York y a los obispos de Londres y Salisbury por haber participado en la coronación de Enrique el Joven, encendiendo de nuevo la cólera de Enrique II, que se encontraba en el continente, y que sintiéndose traicionado, hizo un llamamiento en la Navidad de 1170 incitando a que su honor ultrajado fuera vengado.


El llamamiento del rey fue inmediatamente tomado en cuenta por los caballeros Reginaldo Fitzurse, Guillermo de Trazy, Hugo de Moreville y Ricardo el Bretón, caballeros anglonormandos que de inmediato zarparon hacia Inglaterra, llegando a Canterbury el 29 de diciembre.

Los cuatro caballeros se presentaron primero en el palacio del arzobispo, cuando éste había terminado de comer, acompañado por sus clérigos de confianza.

Avisado por su sirviente de la llegada de los enviados del rey, los invita a pasar y éstos lo conminan a que se retracte de sus actos y se someta a juicio del rey, a lo que el arzobispo se niega rotundamente. Los caballeros salen al patio y se ponen sus armaduras, dirigiéndose Becket a la catedral para participar en el oficio de vísperas. Los caballeros lo siguen y lo atacan entre las capillas de Santa María y San benito, donde es rodeado y brutalmente atacado con las espadas. Le asestaron varios tajos hasta casi decapitarlo. El arzobispo no opuso resistencia, exclamando en el momento en que iba a ser rematado: “Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia Católica”.


Cuentan los cronistas que Enrique II, enterado de las intenciones de sus caballeros intento evitar el asesinato enviando a su senescal Richard Hommet, tras ellos, pero no logró llegar a tiempo. Cuando días después el soberano tuvo noticia del crimen, se mostró muy abatido, recluyéndose y negándose a recibir a nadie.


La Cristiandad se conmovió horrorizada ante el salvaje asesinato. Luis VII de Francia clamó la venganza de Dios y el papa Alejandro III excomulgó al rey de Inglaterra y a los viles asesinos.

Pero el rey negó totalmente cualquier implicación den los hecho mediante cartas y embajadas, llegando incluso, en mayo de 1172 a realizar en Avranches una ceremonia de expiación, jurando solemnemente delante del clero y del pueblo que no había tenido nada que ver en la muerte de Becket. Se sometió a flagelación pública y renunció a sus pretensiones de supremacía sobre la Iglesia.


Tres años más tarde, y debido a la fama y prestigio que de mártir adquirió Tomás Becket, fue canonizado por el papa en junio de 1174.

(Tomás Becket entronizado, en un óleo de G. de Santacroce- Siglo XII)

Enrique II rezó ese mismo mes ante la tumba del nuevo santo, al que en los años posteriores le serían atribuidos numerosos milagros.

Su sepulcro, en la catedral de Canterbury fue el principal centro de peregrinación durante la edad Media.


Bibliografía:

*José luis corral, universidad de Zaragoza, para National Geographic

*Tomás Becket - Pierre Aubé – Editorial Madrid : Palabra, 1994 Colección: Ayer y hoy de la historia

jueves, mayo 14, 2009

Condestable Alvaro De Luna, De La Corte Al Caldaso

(Don Alvaro de Luna - Lienzo de 1791)

Alvaro de Luna fue un personaje singular en la primera mitad del siglo XV castellano. Durante más de treinta años llegó a ser el verdadero rey de Castilla en calidad de valido del rey Juan II (1405-1454).


Nace Alvaro de Luna en Cañete (Cuenca) en 1390. Era hijo bastardo del noble aragonés Alvaro de Luna, copero mayor de Enrique III, y de María Fernández de Jaraba, mujer de vida disipada, aunque hay quien afirma que su madre fue doña Juana Martínez de Jaraba, hija de don Pedro Fernández de Jaraba, alcaide de Cañete, lugar del señorío de su padre.


Con siete años se queda huérfano, y pasa a contar con la protección de su tío Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, y la del antipapa Benedicto XIII, hermano de su abuelo.

Debido a la influencia de éstos en la corte, Alvaro tiene acceso a la misma como doncel del futuro rey Juan II, que contaba entonces tres años de edad, ganándose inmediatamente la voluntad del rey niño, y mostrando gran gentileza y destreza en todo lo que hacía.

En los años de niñez de Juan II, Alvaro de Luna fue el doncel insustituible en la corte llegando así a mantener con el joven monarca una estrecha relación, que en algunos sectores fue considerada sospechosa.


Indudablemente Alvaro de Luna era una persona de fino ingenio que sorprendía a todos con sus canciones y bailes. Era de cuerpo pequeño y rostro menudo, de miembros bien compuestos y buena fuerza. Cabalgador, muy diestro en las armas, avisado en los juegos, gracioso, bien razonado, discreto, disimulador y cauteloso.

Poseía además una poderosa inteligencia, que lo dotó de unas buenas dotes de escritor y despertó en él una gran preocupación por la cultura, contribuyendo a dar a la corte un esplendoroso brillo literario.

Todas estas cualidades especiales, en las que su bastardía nunca puso freno a su energía y ambición, eran a toda vista notables, y que puso siempre al servicio de unas claras ambiciones políticas, conociendo a muchos personajes influyentes y casi todos los entresijos de la política castellana.

En el reino mientras tanto se difundía el espíritu caballeresco y progresaba la aristocratización de la sociedad.


(Juan II de Castilla)

En Marzo de 1419 y a la edad de catorce años, se proclama la mayoría de edad de Juan II, y Alvaro de Luna, beneficiándose del débil carácter del monarca, inició una meteórica carrera política, preocupándose más por la promoción de la cultura que por las tareas de gobierno.

El rey mientras tanto, dados los ambiciosos nobles que le rodeaban, entre ellos sus primos los infantes de Aragón, no dudó un instante en depositar toda su confianza en su favorito, que además de permanecerle fiel gozaba de muchos talentos que el monarca admiraba.


En julio de 1420 el infante Enrique de Aragón, primo del soberano, retuvo en su poder a Juan II, pero en noviembre, aprovechando una partida de caza, don Alvaro, que no se había separado del monarca, le ayudó a escapar. En adelante su influencia no dejaría de aumentar sobre el soberano. A partir de este momento Alvaro de Luna fue la figura central de Castilla.

Fue nombrado condestable en 1422, y entonces su proyecto político era muy claro, pues trataba de fortalecer el poder de la monarquía, y de manera indirecta el suyo propio. Todo ello sin deteriorar el poder de una nobleza a la que él mismo pertenecía.

Sin embargo, la nobleza no constituía un bloque homogéneo. De ella formaban parte los infantes de Aragón, hijos de Fernando de Antequera – soberano de la corona de Aragón, y primos de Juan II.

Era un periodo de conflicto constante provocado por tornadizas coaliciones de nobles que, bajo el pretexto de liberar al rey de la perniciosa influencia de su favorito, realmente trataban de convertirle en una marioneta que sirviera a sus propios intereses.


Álvaro de Luna forjó una alianza con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos, que se oponían a la oligarquía nobiliaria castellana y a los infantes de Aragón, que defendían los tradicionales intereses políticos y económicos de su familia en Castilla.

Para Alvaro de Luna, sacar adelante el proyecto político no era tarea fácil, y sus reiterados intentos de llevarlo a la práctica estuvieron salpicados por un rosario de luchas civiles que esmaltan esta última etapa del enfrentamiento entre la nobleza y monarquía.

El sector más perjudicado en el conflicto fue el estado llano, cuyas instituciones más representativas, Cortes y Ciudades, se vieron mediatizadas por el control regio. Las primeras entraron en una imparable decadencia a partir de 1422, pues los procuradores ciudadanos fueron pagados con cargo a la Cámara Real, y con frecuencia, nombrados a propuesta del rey. En las ciudades se generalizó el gobierno por medio de regidores, nombrados por el monarca entre los miembros de la oligarquía de caballeros urbanos.

Todo esto contribuyó a que la vida de Alvaro de Luna estuviera marcada por las constantes expulsiones de la corte por parte de las facciones victoriosas, y su vuelta cuando ésta era disgregada.


En 1423 consiguió que el rey abriera un proceso con oscuras maniobras, al condestable Ruy López Dávalos, aprovechando su huída a Aragón y así apropiarse de sus patrimonios y títulos.

En el verano de 1429 inicia una larga guerra con Aragón, expulsando a los infantes aragoneses de Castilla. Sus bienes fueron confiscados y repartidos entre los seguidores del condestable.

En los siete años siguientes, don Alvaro gobernó con comodidad, contando con el apoyo de la oligarquía nobiliaria.

En 1431 se esforzó en mandar a los noble en una guerra para reconquistar Granada, saliendo vencedor en la batalla de La Higueruela.


Tras la victoria de Higueruela en 1431, pudo establecerse un protectorado castellano sobre este reino. Pero el excesivo personalismo de don Alvaro, terminó por enajenarle simpatías de un amplio sector de la oligarquía nobiliaria. Tratando de neutralizar esa oposición hizo llamar en su ayuda a los infantes de Aragón, a los que prometió la devolución de los bienes que les había confiscado anteriormente. Fue una decisión grave y a la vez inútil, pues los infantes no venían a colaborar, sino a hacerse con el poder. Don Alvaro no tuvo más remedio que ceder, y en octubre de 1439 fue desterrado por seis años, retirándose a su señorío de Escalona.


Cumplido el plazo regresó a la escena política, decidido a vencer definitivamente a sus opositores. Contando con el apoyo del rey, y de un amplio sector de la oligarquía nobiliaria, así como con la simpatía de la monarquía del pueblo llano, el 19 de mayo de 1445 se produjo en Olmedo el choque definitivo. Los infantes de Aragón y sus partidarios fueron severamente derrotados, mientras el condestable se dispuso a sacar todo el fruto de su triunfo.

La victoria de Olmedo supuso el triunfo sin paliativos de la monarquía y el punto culminante en la carreta política del condestable, que fue nombrado Maestre de Santiago.


(Alvaro de Luna con el habito de Santiago - Detalle del Retablo Mayor Capilla de Santiago - Catedral de Toledo - siglo XV)


En esta fecha falleció María de Aragón, esposa de Juan II, y éste se casa en segundas nupcias, con Isabel de Portugal, quién influyó notablemente en el desapego de su marico con don Alvaro de Luna, pues la reina desde el principio se consideró contraria a él.

(Isabel de Portugal)

A partir de este momento comienza el declinar del condestable, debido a diversos factores: la liga nobiliaria era una potencia en verdad indestructible y su renacimiento en la escena política no estaba lejos. Esto, unido al recelo del príncipe heredero Enrique, y a la hostilidad Isabel de Portugal, así como al propio desgaste de don Alvaro acabarían por cambiar su suerte.

En su última etapa de gobierno, Alvaro de Luna pretendió establecer algo parecido a una dictadura personal, tratando de construir un fuerte poder monárquico pero sin contar con el rey.

De esta forma se granjeó definitivamente la enemistad de la oligarquía nobiliaria, mientas el malestar se extendía por todo el reino, hasta el punto de que los mismos procuradores ciudadanos eran conscientes de acabar con el gobierno del condestable.

Aprovechando la ausencia de favor real hacia don Alvaro, Isabel de Portugal logró concitar el apoyo de la oligarquía nobiliaria y mover la conciencia del rey para que se deshiciera de él.


En abril de 1453 el rey firmó la orden de detención del valido, que se encontraba en Burgos, y fue detenido el Justicia Mayor del Reino, don Diego de Estúñiga, “en nombre del rey”.

Su familia, tras conocer los hechos, se refugia en el Castillo de Escalona y su esposa, Juana Pimentel escribe una durísima carta al monarca en contra de la prisión de su marido, llegándole a amenazar con la fuerza de las armas.

Prepara entonces el rey una comisión de diez reconocidos juristas con la clara consigna de llevar a don Álvaro al cadalso.


El 31 de Mayo, trasladado a Portillo, tras una serie de acontecimientos nada claros y de un juicio dudoso, Alvaro de Luna recibe la notificación de su condena a muerte.


El 2 de junio, a primera hora de la mañana, el ilustre sentenciado oyó misa y comulgó muy devotamente. Le llevaron después a petición suya un plato de guindas y bebió un vaso de vino. Llegada la hora, salió la comitiva fúnebre camino del lugar de la ejecución: cabalgaba el reo en una mula llevando sobre los hombros una capa negra. Ante él iban los pregoneros diciendo en altas voces:

"Esta es la justicia que manda hacer el Rey Nuestro Señor a este cruel tirano e usurpador de la corona real,
en pena de sus maldades e de servicios, mandándole degollar por ello
".

Así caminaron por la calle de Francos y la Costanilla hasta la plaza, donde se había erigido un cadalso cubierto con un paño negro, y sobre el cual había un crucifijo con antorchas encendidas a los lados. Preguntó el condenado qué significaba el garfio de hierro que sobre el madero había, y como le contestasen que era para poner en él su cabeza, después de degollado, repuso fríamente el condestable: "Hagan del cuerpo y la cabeza lo que quieran".

(Ejecución de Don Alvaro de Luna - Lienzo de Madrazo)

Don Alvaro, sin perder la elegancia y la soberbia que siempre le caracterizaron subió con entereza al cadalso preparado en la plaza pública de Valladolid, donde unos momentos después era decapitado. Su cabeza permaneció expuesta colgada en el garvato durante nueve días.

("La Ejecución de Alvaro de Luna" - Oleo historicista de Rodriguez Losada - Museo del Prado.Madrid)

Su cadáver fue enterrado en una fosa destinada a los criminales.

("Entierro del condestable don Álvaro de Luna" de Eduardo Cano de la Peña.1858. Museo del prado. Madrid)

Su viuda, Juana Pimentel, y su hijo Juan, conde de Alburquerque, que habían ofrecido cierta resistencia desde su señorío de Escalona, se rindieron a los pocos días.

Los bienes de don Alvaro serán objeto de rapiña y sólo con el paso del tiempo, su familia consigue rehabilitar su memoria y trasladar sus restos que descansan en la Catedral de Toledo, en el lugar conocido como Capilla del Condestable. En su epitafio puede leerse:

AQUI YACE
EL ILUSTRE SEÑOR D. ALVARO DE LUNA,
MAESTRE DE SANTIAGO,
CONDESTABLE QUE FUÉ DE CASTILLA,
EL QUAL,
DESPUES DE HABER TENIDO LA GOBERNACION
DE ESTOS REINOS POR MUCHOS AÑOS,
FENESCIO SUS DIAS EN EL MES DE JULIO
AÑO DEL SEÑOR DE 1453.

El rey estaba en Segovia, a donde fue en los últimos días de mayo para no encontrarse en Valladolid, en donde iba a ejecutarse a Don Alvaro, y cuenta la tradición que en aquella misma mañana en que moría el condestable se desencadenó sobre la vieja ciudad del Acueducto una espantosa tormenta que duró muchas horas, y un rayo cayó en el Alcázar. Se dice que al resplandor de un relámpago vieron sus ojos el trágico cuadro de la plaza de Valladolid: la cabeza cortada del infortunado don Álvaro de Luna, y escuchó su voz emplazándole para que en el término de un año se presentara a dar cuentas a Dios de cómo había pagado los servicios que le prestara.

El rey sobrecogido de espanto cayó desfallecido y así le encontraron sus servidores, desde entonces enfermó de melancolía, pesaroso y arrepentido de su justicia, acosado por el triste recuerdo del desastroso fin del que durante cuarenta años le había servido fiel.

Juan II, no consiguió superar la ejecución de su valido, de la que era el único responsable. Murió el 21 de julio de 1454, no sin hacer antes una solemne declaración de su incapacidad para ejercer el oficio de rey.

En 1658, El Consejo de Castilla le declara a Alvaro de Luna inocente y libre de toda culpa de las mentiras por las que había sido condenado.

Bibliografía:

*César González Mínguez – catedrático de historia medieval en la universidad del País vasco.

*Historia de España-Modesto de la Fuente

miércoles, marzo 25, 2009

La Otra Familia Que Pintó Goya

Protegido por el infante Don Luis, el joven Goya, todavía no consagrado como un artista, elaboró de él y de su más íntimo entorno un verdadero halago pictórico.

("La Familia del Infante Don Luis"-Francisco de Goya-1783)
El retrato colectivo más conocido y valorado de Goya es La Familia de Carlos IV (1800), pero mucho antes ya había pintado a otra “familia real”, aunque se trataba de una familia proscrita, desterrada, desposeída incluso de su propio apellido: La Familia del Infante Don Luis (1783).
Don Luis (1729-1785) era el hijo menor de Felipe V e Isabel de Farnesio. Como tenía cuatro hermanos varones por delante, no se contó con él para la sucesión.

A los seis años, siguiendo la costumbre, le hicieron arzobispo de Toledo y el Papa le envió el capelo de Cardenal. No es extraño, por tanto, que su vocación fuese nula y que a los 26 años, durante el reinado de su hermano Fernando VI, colgara los hábitos y quisiera casarse.
Pero murió Fernando VI sin descendencia y subió al trono Carlos III, rey de Nápoles, que tuvo que renunciar a ese reino para hacerse con el español.

El algún momento se planteó que Luis se casara precisamente con una hija de Carlos III, pero éste frenó el proyecto. Sus hijos habían nacido en Nápoles y los hijos del infante don Luis, que nacieron en España como infantes de España, podrían pretender mejor derecho a la sucesión y dar lugar a un pleito dinástico.
Es un deber primordial de cualquier rey impedir este tipo de conflictos, que pueden destruir reinos, de modo que Carlos III le prohibió directamente a su hermano que se uniera a alguien de sangre real, lo que según los usos era como prohibirle que se casara.

Celibato no es virginidad y don Luis siguió con las mismas prácticas que cuando era arzobispo de Toledo, entregándose al sexo con el mismo ardor que a la caza. Pero cuando llegó a los 56 años, la vejez en esa época, harto de lances y amoríos, se encaprichó de una bella señorita treinta años más joven y decidió casarse con ella, sin importarle el escándalo, como a veces hacen los calaveras caducos.
("Teresa Vallabriga"- Francisco de Goya-1783/84-México-Colección particular)
La muchacha era Teresa Vallabriga, hija de un militar y de la condesa Torres Secas, de sangre noble pero no importante.
A la muerte de sus padres, había abandonado su Zaragoza Natal para vivir en la Corte al amparo de su tía, la marquesa de San Leonardo. Su casamiento con un infante de España suponía un matrimonio morganático, pero Carlos III quiso remachar todavía más el impedimento para que los hijos de su hermano no albergaran ninguna esperanza dinástica.
Una pragmática publicada en marzo de 1776, diez días antes de la boda, establecía que los hijos de don Luis no tendrían condición ni tratamiento de infantes, no podrían usar el escudo ni el apellido paterno de Borbón, sino solamente el materno. Además, se desterraba a la familia de Madrid y los Reales Sitios para toda la vida.
Don Luis y su esposa tuvieron tres hijos, Luis, María Teresa y María Luisa, y repartieron su exilio entre Caldaso de los Vidrios, Boadilla del Monte y Arenas de San Pedro. En ellos mantuvieron una pequeña Corte ilustrada, pues don Luis había recibido de joven una espléndida formación artística a cargo del pintor italiano Francisco Sasso, y su esposa era educada y sensible para las artes y la conversación.
Entre los personajes de mérito que frecuentaban su salón en el destierro estaban el músico Boccherini, el pintor Rafael Mengs y el arquitecto Ventura Rodríguez. A esa Corte se sumaría Francisco de Goya, que encontró en doña Teresa Vallabriga uno de sus primeros mecenas, cuando aún se estaba dando a conocer en las altas esferas. Francisco del Campo, amigo de doña Teresa y amigo de Goya, le llevó a Arenas de San Pedro en el verano de 1783 y volvería al año siguiente.
Goya fue magníficamente tratado. Realizó varios retratos con un aplauso inesperado por haber venido ya otros pintores y no haber acertado a esto.
A “lo que no habían acertado otros” era a satisfacer las frustraciones del Infante que, consciente de su condición real, se veía sin embargo preterido y exiliado. Goya le brindó una compensación simbólica, pues lo representó en una pintura, a él, a su familia y a sus servidores de confianza de una forma que, para cualquiera un poco perspicaz, era una reinterpretación de La Familia de Felipe IV de Velázquez, las célebres Meninas.
Para un crítico de arte superficial que no conociese las circunstancias históricas, este cuadro, le evocaría una “conversation piece íntima”, pintura de género muy a la moda en Inglaterra, Pero la “conversation piece inglesa” eran cuadros pequeños, mientras que Goya hizo un lienzo de proporciones similares a Las Meninas, es decir, cortesanas, apropiadas para adornar un salón palaciego.
En realidad, ese supuesto parentesco con la pintura de género inglesa no es más que seguimiento del modelo vezqueño, capaz de retratar a la familia real de forma naturalista e íntima.
La inspiración de La Meninas se nota en muchos elementos, empezando, como es evidente, por los numerosos personajes: los padres, su prole, los servidores cortesanos y el mismo pintor.
Todos ellos, como en Las Meninas, se distribuyen a ambos lados de un eje central y luminoso, el de la infanta en el cuadro de Velázquez; el de Teresa Vallabriga en el de Goya. Hay un eco de la menina que ofrece a la infanta un búcaro de Portugal sobre bandeja de plata, en la sirvienta que trae una bandeja con la cofia y en un joyero para el arreglo de doña Teresa, a la que atiende su peluquero.
(Francisco de Goya)
Si Velázquez pintó al Rey reflejado en un espejo, Goya se inventa otro artificio para la imagen de don Luis, al que transforma en moneda. Su perfil hierático, efectivamente es el de los retratos reales acuñados en los doblones, algo reservado a los soberanos.
Pero Goya reincide en este reconocimiento de estirpe a don Luis, pues junto a su cabeza pone la de su hijo en idéntico perfil, siguiendo el uso de grabar en monedas y medallas el retrato doble de los Monarcas, o el rey y su heredero.
También se autorretrata Goya, aunque adopta una actitud distinta a la de Velázquez. Este es en Las Meninas una figura llena de autosatisfacción en el culmen de su carrera palaciega y del aprecio real, proclamando su nobleza con la Cruz de Santiago. Goya en cambio se pinta semiarrodillado, en una actitud de servilismo cortesano hacia el Infante.

Al fin y al cabo, Goya todavía no era muy importante. Le faltaban varios años para ser nombrado pintor del Rey y el Infante don Luis le pagaba espléndidamente por un mes de trabajo “mil duros y una bata para mi mujer toda de plata y oro que vale treinta mil reales”.

Fuentes:
*Texto de Luis Reyes para La Aventura de la Historia.

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