viernes, junio 10, 2011

La Mujeres Barbudas,El Asombro DeLa Corte

Las Asombrosas Mujeres Barbudas

Atributo físico común a hombres y mujeres, el pelo ha constituido, sin embargo, uno de los signos externos de diferenciación de género a lo largo de los tiempos. Además, desde la más remota antigüedad, las diversas culturas han generado unos cánones específicos – femeninos y masculinos – para su mostración y arreglo, que han ido evolucionando al ritmo cambiante de las modas. Así, cuando por caprichos de la naturaleza se ha dado la existencia de seres humanos con atributos pilosos en sitios distintos a la que la “normalidad” física o las costumbres reconocían propias de uno u otro sexo, la perplejidad y el asombro morboso se han encargado no solo de utilizarlos, en excéntrica posición social.

Las mujeres barbudas estaban incluidas entre los prodigios exóticos tan preciados en las Cortes Europeas de los siglos XVI y XVII, merecedoras de figurar en los propios entornos palaciegos, así como ser representadas, para recuerdo de su bizarría, por los pinceles de afamados pintores.

Luego, llegado ya el científico siglo XIX, con las nuevas teorías raciales, fruto tanto de una difusión popular del darwinismo como del pujante imperialismo colonialista, analiza una variopinta panoplia de mujeres barbudas o perpilosas. Convertidas todas en atracciones circenses, fueron explotadas hasta la saciedad por sus descubridores y “protectores”, quienes, si unas veces subrayaban en los espectáculos su ambigua sexualidad, en otras recalcaban su presunto bestialismo, llegando a presentarlas, incluso como el eslabón perdido de la evolución humana.
("Las asombrosas mujeres barbudas" – Asunsión Domenech para La Aventura De La Historia)

Brígida del Río , La Barbuda De Peñaranda

("Brígida del Río, La Barbuda de Peñaranda" - 1590 - Juan Sánchez Cotán - Óleo sobre lienzo - Museo del Prado - Madrid

Brígida del Río, más conocida como “La Barbuda de Peñaranda”, visitó la corte de Felipe II en 1590. Fue muy conocida en su época. También peregrinó hasta la Valencia del patriarca Juan Rivera, donde era exhibida a cambio de dinero.
Durante su paso por Madrid, Juan Sánchez Cotán la retrató en una pintura, hoy en el Museo del Prado.

Brígida tenía 50 años, y muestra una barba poblada y considerable.

En los papeles de Palacio no se registra su nombre más que al citar su retrato en un Inventario de El Pardo,
de los años 1614 y 1617.

Magdalena Ventura - "La Barbuda de los Abruzos"

 ("Magdalena Ventura con su marido"-1631 - El Españoleto - Museo Hospital Talavera)

Magdalena Ventura, llamada “La Barbuda de los Abruzos”, procedía de la región de los Abruzos (Italia), era madre casada y de siete hijos y sufría hirsutismo. Comenzó a salirle pelo en la cara y en el pecho cuando había cumplido los treinta y siete años y fue retratada por José de Ribera en 1631 por encargo del duque de Alcalá.

Magdalena posó para El Españoleto en una sala de la residencia virreinal napolitana, aunque en la pintura de Rivera se ha prescindido de ese decorado y las figuras destacan sobre un fondo oscuro, junto a una larga inscripción latina grabada en dos grandes bloques de piedra que refiere las circunstancias del prodigio.

La buena señora Ventura había sido traída al palacio de Nápoles por orden del duque de Alcalá, quien no se recataba en enseñarla a los extranjeros y, a la postres, hizo que la retrataran. 

Para que no hubiera duda de su condición de mujer, José de Rivera representa a la abruzzesa junto a su marido, con el huso de hilar, signo por excelencia del trabajo femenino, puesto sobre los bloques donde figura la inscripción y, ademán amamantando a uno de sus hijos, lo que permite descubrir su enorme pecho, por otra parte, tan poblado de pelo como su cara.

Fuente de Datos:
*Los Olvidados de la Historia/Marginales – Ricardo García Cárcel – Círculo de Lectores
*Biblioteca Virtual Cervantes

domingo, abril 17, 2011

Pandemias, Portadoras De La Muerte

(La peste en Lovaina)

Desde la aparición de la historia escrita hay testimonios de enfermedades que causaban masivas mortandades. Las Plagas de Egipto, la peste que mató a Pericles y mermó Constantinopla, la bubónica que arrasó la Europa Medieval, la viruela de los conquistadores… distintas pandemias han golpeado a la humanidad a lo largo de la historia, en cuya propagación tuvieron un papel crucial los ejércitos y las vías de comunicación.

La Humanidad siempre ha sufrido unos cataclismos sanitarios que han tenido enormes y poco valoradas trascendencias económicas y políticas: Las Pandemias.
Desde que aparece la historia escrita ya hay testimonios de esas masivas enfermedades, también llamadas pestes, que causaban masivas mortandades. La Biblia ya describe en las famosas plagas de Egipto una serie de catástrofes entre las que se incluyen, sin duda, las epidemias de gran virulencia. La Iliada de Homero también recoge episodios de esta naturaleza, y años después se hace famosa la descripción que Tucídices hace de la peste que asoló Atenas, entre 430 y 426 a.C. durante las Guerras del Peloponeso, y que hoy se identifica con el tifus exantemático o con la fiebre tifoidea, y que acabó con el propio Pericles.
También hay testimonios desde la Antigüedad de las fiebres recurrentes que podrían identificarse como el paludismo, que aún hoy es el azote de la mayor parte del África Subsahariana y amplias zonas de América y Asia y que hasta hace unos cien años estuvo presente también en Europa.

("Las siete plagas de Egipto - Jhon Martin - 1823)

Tan presente y mortíferas resultaban, así como la evidencia de su transmisión por contagio, que enseguida fue utilizada como arma de guerra por las diversas potencias conquistadoras, lanzando cuerpos de muertos mediante catapultas contras las ciudades o campamentos enemigos: había nacido la guerra bacteriológica.
Testimonios de sucesivas epidemias se van repitiendo a lo largo de años por parte de autores romanos, griegos, bizantinos, deduciendo a partir de los síntomas que relatan que se encontraban ante la viruela, peste bubónica, tifus, cólera y demás variadas y mortales dolencias.
Más conocida era la lepra, originaria de la India y extendida por Oriente en la Antigüedad y que fue introducida en Europa por las legiones romanas, haciéndose un mal habitual en la Europa medieval, aunque no causara grandes estragos repentinos.



Los diez jinetes del terror
Cólera, Difteria, Fiebre Amarilla, Gripe, Paludismo, Peste Bubónica, Sífilis, Tifus, Tuberculosis y Viruela, han asolado a la humanidad en distintas épocas de la Historia provocando plagas y pandemias desde el principio de los tiempos.

 ("La plaza del mercado de napoles durante la peste" -  Domenico Gargiulo - 1657 - Museo de San Martino - Nápoles)

La Peste Negra o Bubónica
Mucho más grave fue la llamada gran peste de Justiniano que causó, en tres años, unos 300.000 muertos en Constantinopla, lo que habría supuesto la tercera parte de su población. Esta fue la primera gran epidemia de las que durante más de doscientos años irían llegando desde Oriente a través del Imperio Bizantino e irían afectando, en primer lugar, a la cuenca mediterránea, y luego a toda Europa.
Ante ellas sólo cabía rezar (se atribuían a castigos divinos por los pecados del hombre), aislar a los enfermos y la utilización de los métodos tradicionales para limpiar los aires malsanos, como la quema de maderas olorosas. Sin duda, ello no fue ajeno a la progresiva decadencia a la que si vio sometido Bizancio a partir de entonces.

(La Peste de Justiniano)


Sin embargo, las pestes no entendían de religiones y en 745 una nueva epidemia asoló Damasco, contribuyendo al ocaso de los Omeyas. Más tarde, a mediados del siglo XI, un nuevo flagelo pestífero sacude a Egipto y Siria, poniendo en jaque al poder fatimita.

En el siglo XIII un nuevo brote asoló de nuevo. Esta pandemia de peste bubónica tiene el triste mérito de ser la más afamada de la Historia. Sus orígenes se remontan hasta mediados del siglo XIII, a la región de china de Yunnan, en donde la contrajeron los ejércitos mongoles que la habían sometido.

(Monjes desfigurados por la peste siendo bendecidos. Inglaterra, 1360-1375)
 
Las pulgas portadoras de la enfermedad no solo afectaban a las ratas, sino también a otros roedores como las marmotas o zorros, cuyas pieles eran muy utilizadas por los mongoles. De esta manera había pasado la enfermedad al ser humano y en 1331 ya se habría extendido por toda China y a Mongolia.
La Ruta de la Seda habría sido el canal portador, y en 1346 ya se decreta en Crimea. De ahí la transportan los genoveses y un año después Constantinopla es asolada y desde ahí, ya con la rata negra como principal vector de transmisión, va progresando por toda Europa hasta 1354.


Un tercio de los 75 millones de personas que habitaban entonces en Europa falleció, causando una catástrofe social y económica.
A partir del inicio de la peste negra, los venecianos instaron la medida de aislar durante 40 días , de ahí la palabra “cuarentena”, a las naves que venían de Oriente antes de permitirles la descarga de personas y mercancías.

Hasta el siglo XVIII hubo nuevos brotes ocasionales, aunque ninguno tuvo la capacidad destructiva del de 1354. Como siempre, la oración y las cuarentenas fueron los métodos usuales, combinados con otros más imaginativos como el llevar plantas aromáticas. O colocar sapos o gallos desplumados junto a los bubones para que absorbiesen sus venenos.

("La Peste de Atenas , la pandemia que estalló durante la guerre con Esparta - Michel Sweerts (1624-1664)

Sudor Inglés
Con la llegada de la Edad Moderna apareció una serie de enfermedades más o menos nuevas. Una fue el llamado sudor inglés, que afectaba sobre todo a varones jóvenes de buena posición. Durante muchos años se la consideró una especie de gripe; a mediados del siglo XX se atribuyó a hongos venenosos que habían infectado a los cereales y, más recientemente, se la ha clasificado como una fiebre hemorrágica.

Difteria
Otra epidemia que, aunque conocida desde el siglo IX, pareció expandirse súbitamente en el siglo XVI fue la difteria o garrotillo, que causaba especial mortandad entre la población infantil tras inflamarse la garganta y provocar la muerte por asfixia.

Viruela
Junto a estas enfermedades también se daba la mortal viruela, que, aunque consolidada en Europa desde el siglo VI, tuvo especial gravedad al ser llevada por los europeos a todo el mundo, a través de sus expediciones descubridoras del siglo XVI.

Sífilis
A finales del siglo XV, una nueva epidemia apareció: la sífilis. Aún se discute si sus orígenes se encuentran en los territorios americanos recién descubiertos por Colón, o si bien ya estaba latente en Europa. Sin embargo, a diferencia de las anteriores que amenazaban por igual a todo ser humano, que eran ciegas e inevitables, la nueva epidemia enseguida se demostró asociada a la práctica sexual, por lo que adquirió un tinte de claro castigo divino ante las prácticas conscientes e inmorales de promiscuidad. En este aspecto, el sida guarda un claro paralelismo con ella.

La peste blanca o Tuberculosis
El apogeo del comercio y los inicios de la industrialización al comienzo del siglo XIX desencadenaron un rápido crecimiento urbanístico que no fue acorde con las mejoras en la higiene pública, por lo que junto a la elevada concentración de habitantes en las ciudades y a la pobre alimentación de gran parte de sus habitantes, se creó un perfecto caldo de cultivo para que viejas enfermedades encontrasen ahora un magnífico campo de contagio y expansión. Entre ellas, aparece con inusitada fuerza la tuberculosis, también llamada peste blanca, que padeció preferentemente la clase obrera, dada sus duras condiciones de vida y trabajo, en particular el hacinamiento y la pobre alimentación, llegando a hacerse crónica en las ciudades durante todo el siglo XIX y principios del XX.

 (Sanatorio de la Peste Blanca)

La fiebre amarilla
También desde finales del siglo XVIII y buena parte del XIX, Europa se vio asolada por la fiebre amarilla o vómito negro, enfermedad tropical que, como el paludismo, es transmitida por un mosquito. Ya que este insecto es el vector transmisor, es preciso un habitad de humedad y calor para que pueda sobrevivir. Ello hacía de las zonas litorales, en verano, el lugar idóneo para su propagación, pues el mosquito moría al bajar las temperaturas nocturnas a partir de los 200 metros de altura, aproximadamente.
En 1741 llegó a Cádiz en los barcos que la unían con Cuba, lo mismo que en 1800. Causando en cada uno de esos años cerca de 10.000 víctimas. Su extensión en los años siguientes por todas las ciudades y pueblos de la costa andaluza y meridional hizo que hasta 1805se contabilizaran más de 100.000 muertes. Durante los siguientes años se hizo endémica, mezclándose con las convulsiones de la Guerra de la Independencia y las luchas entre liberales y absolutistas. Especial virulencia tuvo la oleada que afectó a Barcelona en 1821, falleciendo un 10% de la población.

 (En 1741 y 1800 la Fiebre Amarilla entó por Cádiz en los barcos procedentes de Cuba)

Años más tarde, en 1870, la ciudad volvería a padecerla, aunque en esta ocasión “sólo” morirían unas 4.000 personas. El balance fue trágico: en toda la Península se pueden cifrar las víctimas, desde mediados del siglo XVIII hasta la última epidemia en 1870, en unas 150.000. Sin embargo, siguió siendo endémica en Cuba, en donde se calcula que a lo largo de todo el siglo XIX mató a cerca de 100.000 residentes, ensañándose preferentemente con los soldados españoles que acababan de llegar y que eran más vulnerables, al no haber estado nunca expuestos a la enfermedad.

 El cólera
El cólera era otro de los azotes epidémicos existentes desde la Antigüedad, pero hasta el siglo XIX estaba confinado, casi exclusivamente, en el continente asiático. A principios de ese siglo, salta a través de las activas vías comerciales a Europa: una vez más, Constantinopla es la puerta de entrada en 1823. Diez años después, ya había infectado toda la cuenca mediterránea y se extendía a América. Una vez más, las ciudades que comenzaban a crecer desordenadamente, con un sistema de aguas insuficiente e incapaz de segregar las aguas limpias de las sucias, combinado con los calores estivales, se convirtieron en el perfecto caldo de cultivo de la enfermedad, España sufrió epidemias en 1833 y 1834, en 1854, 1865 y 1885, convirtiéndose en el gran asesino de la población española, pues se calcula en cerca de 800.000 las víctimas causadas por la cadena de epidemias de cólera sufridas a lo largo del siglo XIX.
Una vez más, el clasicismo era uno de los criterios de la expansión de la enfermedad. Ya lo había sido con la tuberculosis que afectaba menos a los bien alimentados y a los que vivían en mejores condiciones; con la fiebre amarilla pasaba lo mismo, pues quien podía alejarse de la costa e ir a vivir al interior también se liberaba de ella.

En el caso del cólera, los barrios que disponían de una mejor red de aguas y cuya densidad de usuarios era menor, tenía menor incidencia de afectados.

 (Los tratamientos contra el cólera del siglo XVIII incluían la práctica de atar a los pacientes - Imagen cortesía de National Library of Medicina - Inglaterra)

El contexto de las guerras carlistas y los pronunciamientos agravó aún más sus consecuencias. No sólo porque los ejércitos en movimiento eran transmisores ideales de la enfermedad, sino porque el populacho exaltado enseguida vio responsables. Así, en julio de 1834, se produjo la célebre matanza de frailes en Madrid, casi cien, acusados de envenenar las fuentes. Seguramente sus instigadores no habían olvidado como durante el Trienio Liberal, la Iglesia había acusado al Gobierno de desencadenar la ira de Dios a través de la fiebre Amarilla. Con estos sucesos se inauguraba un feroz anticlericalismo que estaría presente en España durante más de cien años.

La Gripe Española
Ni se originó en España, sino en Kansas, ni entró en Europa por la Península, sino por Francia e Inglaterra, en los pulmones de los soldados que desembarcaban para combatir en la Gran Guerra. Pero el hecho de que fuera la prensa española, ajena al conflicto, y por tanto a la censura, la primera y más prolífica en informar de la enfermedad, vinculó para siempre el nombre de “española” a la gripe más devastadora de la Historia.

En marzo de 1918 se desencadenó la última gran epidemia. Su responsable fue un virus gripal aviar que mutó y afectó a los seres humanos; algo muy similar a lo acontecido recientemente. Aparte de las vías respiratorias, afectaba al sistema neurológico, provocando la encefalitis de Von Economo.
Una segunda oleada se produjo en Otoño, y una tercera y cuarta, menos letales, en 1919 y 1920. Las vías marítimas y de ferrocarril se encargaron de propagarlo, y en pocos meses todo el mundo quedó afectado, calculándose en unos 50 millones los muertos causados.
En España las cifras oficiales hablaron de 147.114 muertos, pero los datos reales duplicaron esta cantidad. Sólo en 1918 fallecieron en España 70.000 personas y cerca de la mitad se debió a la gripe o a sus secuelas.
Un ejemplo de su peligrosidad: de los 6.000 habitantes de Medina del Campo, nudo ferroviario, enfermaron 5.200 y murieron 420.

(Primeros soldados norteamericanos afectados por la gripe española, en un hospital de Fort Riley - Kansas)

Los gobiernos asistieron impotentes a la epidemia: prohibieron espectáculos y cerraron colegios, pero autorizaron misas y conferencias sobre el tema. Se habló de que era un veneno puesto en circulación por la alemana Bayer, que era producto del pegamento de los sellos o que eran vapores telúricos fruto de las obras del metro de Madrid.
La gente lo combatía como podía. Sus mortales efectos excitaron aún más la agitación social que impregnaba el movimiento obrero de aquellos años y se acentuaron las medidas de higiene, pensando que podría ayudar. Entre ellas, una medida trascendente y ya irreversible para nuestra vida cotidiana; toda vivienda debería disponer de un retrete que sustituyese al colectivo que había por plantas en las casas de pisos.

Fuentes de Datos:
*”De la peste de Atenas a la gripe española” – Juan Carlos Losada – La Aventura de la Historia

domingo, abril 03, 2011

Enrique III de Francia, El Rey Hermafrodita

Apuñalado en 1589 por un monje católico, Enrique III de Francia, último monarca de la dinastía de Valois, vivió en una corte de ambiente extravagante y ambiguo, siendo motejado por el pueblo como “El Rey de la Isla de los Hermafroditas".
Este rey se rodeó de jóvenes aristócratas escogidos, no por sus méritos o su alcurnia, sino por su belleza.
Vestía personalmente a la Reina y puso de moda un atuendo masculino que chocaba entre el pueblo y en las Cortes Europeas.


Duque De Ajou
Enrique de Anjou, tercer hijo varón de Enrique II y Catalina de Médicis, nació el 19 de septiembre de 1551, recibió nada más nacer el título de Duque de Angulema. Fue bautizado como Eduardo Alejandro, nombre que le se sería cambiado a Enrique al recibir la confirmación en 1564.
Enrique fue un niño de salud delicada y sensible temperamento, con fobia a las arañas y que sufrió en su infancia el racismo de su padre y los desprecios que hacía a su madre.
Reinó como Enrique III en Francia, entre 1574 y 1589. Quince años plagados de intrigas palaciegas, asesinatos, conspiraciones, y luchas de poder, pero también de lujo, desenfreno, amores apasionados e irreverentes de todo tipo y exquisitas fiestas cortesanas que derivaban en bacanales. Sin embargo, el reinado de este monarca, último vástago de la Casa de Valois, ha pasado a la Historia gala como uno de los peores.

Francia pasa casi de puntillas por este periodo oscuro. En el plano político, el Monarca se encontraba en sus horas más bajas: con una guerra civil religiosa encarnizada que duraba ya varias décadas enconando los odios entre protestantes y católicos; con unos monarcas niños (se sucedieron en el trono tres hermanos que murieron prematuramente sin dejar descendencia), dirigidos y tutelados por una mujer manipuladora, Catalina de Médicis, madre y reina viuda, que se desvivía por mantener a duras penas la cohesión dentro del reino y de su familia, que no tenía ningún escrúpulo en utilizar cualquier medio para conseguir sus fines, y con un rival demasiado poderoso en el exterior, que atenazaba el reino tanto por el norte como por el sur, Felipe II de España.

("Catalina de Médici" - 1585-1596 - Pintura al óleo de Santi di Tito) .

En el plano moral, la Corte de los últimos Valois se había deslizado por un camino de desenfreno, típico de una sociedad en crisis que ve cómo se desmoronan las esperanzas de futuro y gasta sus energías en agotar los placeres de la vida mientras suena la música, dando la espalda a los problemas del reino.

Los retratos de la época nos muestran a Enrique III con un semblante afilado, cejas finas, nariz aguileña, labios gruesos y mirada torva. Su indumentaria es bastante austera (en contra de los excesos en el vestir para grandes ceremonias cortesanas de los que nos hablan los testigos contemporáneos): jubón de terciopelo negro, camisa blanca con cuello de picos y siempre tocado con una gorra de terciopelo rematada por un inmenso rubí. Eso sí, las orejas perforadas por pendientes en forma de aros a la turquesca, que él mismo impuso como moda masculina entre sus cortesanos varones.

Capaz, culto y refinado
A pesar de su mala fama como monarca, los historiadores dicen que Enrique no sólo era el más capaz de todos sus hermanos, sino que además era el más culto, refinado, sensible e imaginativo. Fue siempre el predilecto de su madre, la gran Catalina de Médicis. Cuando subió al trono a la muerte de su hermano Carlos IX, el pueblo le recibió como a un salvador, pero pronto este mismo pueblo fue el que le puso en la mira de sus frustraciones.

(El Dogo y el Patriarca dan la  bienvenida Enrique III, rey de Francia ( - oleo sobre lienzo detalle) 1595-1600- Palacio Ducal de Venecia)

El rey de los Mignons (un término que se puede traducir como “protegidos”), como se le ha llamado, tenía cualidades, pero también defectos que malograban su labor como monarca. Se podría decir que su débil carácter era el mayor de ellos, pero también su indolencia, su falta de pragmatismo, su lado oscuro, que le inducía a la traición cuando se veía acorralado. Los dos adjetivos que mejor lo definirían son decadente, y ambiguo.
Existe la disyuntiva de si Enrique III de Valois era homosexual o simplemente un disoluto libertino, y es difícil analizar esta cuestión a la luz de los testimonios de la época, pues la homosexualidad, tal y como la entendemos hoy, era algo tan tabú en pleno siglo XVI que poca gente se atrevía a hablar de ella explícitamente y, por supuesto, menos tratándose de un monarca cristiano y poderoso como el rey de Francia. Sin embargo, se puede interpretar una aproximación al tema en cuestión en base a comentarios, relatos o crónicas de personajes que convivieron con él o fueron testigos de sus extravagancias.


 ("Enrique II y su madre Catalina de Médicis" en la boda del Duque de Joyeuse, en Septiembre de 1581. Tras el monarca, varios de sus favoritos o Mignongs - Museo del Palacio de Versalles)


El embajador español don Francés de Álava lo retrata como “El duque de Anjou es bueno y de buena condición, muy blando, muy suave, muy ninfa”.
Otro embajador español, Diego de Zúñiga, escribe también a Felipe II sobre el monarca francés y sus extravagantes costumbres, poco recomendables para el sobrio carácter español de la época:
“ Hace cuatro días que viste un traje de satén violeta, pantalones de montar, jubón y esclavina. Todas sus ropas lucen pliegues, tablones y largas aberturas cerradas con botones, como también cintas de color blanco, rojo y violeta. Usa pendientes y brazaletes de coral”. Y sentenciaba finalmente: “Con todo esto, muestra quién es realmente”.
 Siempre disfrutó de la moda, tanto masculina como femenina, siendo el estilista de su propia mujer, la Reina. De hecho, a Enrique le gustaba disfrazarse de mujer, es decir, travestirse, y no lo hacía a escondidas de los atónitos ojos de sus cortesanos. Muy al contrario, gustaba de organizar fiestas de disfraces en las que él tenía que llamar la atención sobre el resto vistiendo de mujer, no como el Rey Sol que quiso brillar más que ningún otro cortesano para dejar claro su poder absoluto, sino por puro coqueteo y vanidad.

(Ilustraciones de Enrique III rey rodeado de sus esbirros -1890)

Brocado, Encaje, Escote y Perlas
Como el baile que organizó en el castillo de Blois, el 24 de Febrero de 1575, en el que dejó sin aliento a todo el mundo al aparecer con el cabello rizado y empolvado y con un bello atuendo confeccionado con brocado y encaje y un pronunciado escote que se remataba con diez hilos de enormes perlas alrededor de su cuello. Existen, incluso retratos del Monarca de esta guisa, que evidencian esta costumbre de vestirse de mujer.
Este comportamiento no conoce parangón en ningún otro monarca europeo de época alguna, lo que demuestra una fuerte personalidad y valentía, pero que en contrapartida hizo que fuera perdiendo el respeto de sus súbditos, quienes le llegaron a apodar el “Rey de la Isla de los Hermafroditas”.

  (Grabado de la época que muestra a Enrique III como Rey de los Hermafroditas, ya que confesaba "no ser ni mujer ni hombre")

Sin embargo, según su mejor biógrafo, el historiador francés Enrri Héritier, Enrique III tuvo amores heterosexuales, aunque también dice de él: “A menudo se viste de mujer, satisface su placer con muchachos guapos, y se separa de ellos para ir a acostarse con la reina Luisa, a la que siempre sigue queriendo, y cuyo amor no conoce eclipse. De la cama conyugal pasa a su oratorio, reza con todo fervor y hace penitencia”.
El gran amor de su vida fue María de Clèves, una mujer casada con el príncipe de Condé, uno de los principales pares de Francia. Este amor, según los historiadores, más parecía de tipo platónico e idealizado, pero Enrique sufrió verdadero delirio por esta mujer. Su apasionado amor por ella no podía ser considerado un fenómeno totalmente heterosexual, sino que se asemejaba más bien a un pensamiento platónico, algo así como la fascinación por un ídolo.

("Un baile en la Corte de Valois" - Pintor Anónimo . 1580 - Museo de Bellas Artes de Rennes)

Teatralidad y puesta en Escena
Cuando Enrique volvió de Polonia para ocupar el trono francés, tuvo uno de los mayores golpes de su vida: su gran amor, la musa de sus pensamientos y desvelos, a la que durante su cautiverio polaco le había dirigido cartas de amor a diario escritas con su propia sangre, moría de una afección pulmonar. La reina madre no se atrevió a informar personalmente de la tragedia a su hijo y colocó la carta debajo de una pila de correspondencia para que el la leyera por casualidad. Cuando Enrique encontró la carta se desmayó. Afectado por un violento acceso febril, se tendió en la cama y no comió ni bebió nada durante tres días, Cuando reapareció, sus ropas estaban cubiertas de calaveras, que habían sido bordadas con hilo de plata en su traje de terciopelo negro. Hasta sus zapatos estaban decorados con diminutas calaveras. La teatralidad en la vida y la puesta en escena era una de las mayores habilidades de este extravagante monarca.

La muerte de María de Clèves supuso un gran alivio para Catalina, quien no veía con buenos ojos la fijación obsesiva de su hijo por una mujer que, además de no pertenecer a ninguna casa reinante, estaba ya casada, y comenzó las pesquisas para buscar entre las monarquías europeas una esposa digna del rango del Rey del Cristianismo.
Pero Enrique ya había puesto sus ojos en otra mujer, ésta de más alta alcurnia al pertenecer a la poderosísima casa de Lorena, parienta de los duques de Guisa, Luisa de Vaudémont, a quien finalmente hizo su esposa convirtiéndola en reina de Francia. De carácter tímido y discreto, Luisa era el contrapunto de Enrique, y sin embargo, sintió un amor rayando en la idolatría por su regio esposo, quien, a su vez, siempre la trató con respeto y fraternal cariño.
Su coronación hubo de posponerse, pues Enrique llegó tarde a la ceremonia después de haber pasado toda la mañana emperifollando a su esposa.

(Enrique III y sus favoritos en grabado publicado en libro de historia del vestido el 1887)

Pero lo que más caracterizó a este monarca durante todo su reinado fue su predilección por los jovencitos aristócratas de la Corte, los conocidos Mignons, cuya situación privilegiada no descansaba en la inteligencia, capacidad para gobernar, astucia o ambición, sino en su belleza.
Eran éstos los niños mimados de la Corte, frívolos, vanidosos, celosos, pendencieros, y se disputaban el favor regio a muerte, y no es ésta una figura retórica.

Tetrato de uno de los Mignonns
 Los Archimignons
Durante su corto reinado hubo tal escabechina entre las jóvenes promesas de la aristocracia al batirse en duelo a muerte o sufrir emboscadas con la complicidad de las frías noches en los suburbios de París, que a la muerte del rey quedó muy diezmada la esperanza de perpetuación de las más importantes casas nobiliarias francesas. Pero entre toda esta nube de petulantes jovenzuelos de cabeza hueca, destacaban dos favoritos, aquellos a quienes L’Estoile llama los Archimignons: los duques de Joyeuse y D’Epernon, quienes junto al bello ministro Du Guast, seductor y enérgico, supieron cautivar al joven rey. 
Estos hombres pertenecían a familias nobiliarias de provincias de pequeño rango, fueron elevados a la más alta categoría de la Corte, para indignación de la vieja aristocracia de cuño, que se ve relegada por jovencitos arrogantes y desvergonzados, que pisaban fuerte solo por tener el favor regio a cambio de prebendas.
La leyenda de inmoralidad de este monarca no acaba ahí. También ha sido acusado de mantener relaciones incestuosas con su hermana pequeña Margarita. Ella misma parece que no deja lugar a duda en sus memorias, acusando a sus hermanos Enrique y Carlos, de haber tenido relaciones sexuales con ella durante su juventud.

Uno de los episodios más oscuros de su reinado fue el asesinato del duque de Guisa, ordenado por el Monarca.
El reinado de Enrique III acabó trágicamente con su asesinato a manos de un fanático monje de la Liga Católica, de nombre Clèment, quien le asestó una puñalada en el vientre después de ganarse su confianza y lograr introducirse en su tienda de campaña mientras sitiaba París, una mañana del mes de agosto de 1589. Pero Enrique murió matando también. Uno de los episodios más oscuros de su reinado fue el asesinato del duque de Guisa, ordenado por el Monarca.

Cuando ya se veía claro que no tendría descendencia y que con su muerte se extinguiría la Casa de Valois, que llevaba reinando más de dos siglos en Francia, se entablo una guerra entre el mismo rey; Enrique , duque de Guisa, líder del partido católico, y Enrique de Navarra, líder del partido hugonote y presunto sucesor del trono a Francia.

A esta guerra se le llamó “La Guerra de los tres Enriques”.
Enrique de Navarra había sido designado como sucesor por el mismo rey y, ante la perspectiva de tener un monarca hugonote, buena parte de los franceses se coaligó en la llamada Liga Católica, proclamando como a su héroe y sucesor a Enrique de Guisa. Éste, un gran seductor de masas, valiente, decidido, varonil, era el contrapunto del Rey, quien fue perdiendo popularidad ante su pueblo a favor del De Guisa. El Rey era de talante pacífico (no le gustaban los juegos violentos ni de caza), pero podía llegar a ser taimado y violento si veía en peligro su dignidad. Y eso fue lo que pasó.
Tal era la aureola popular de héroe de que Guisa fue cosechando, que eclipsó al Rey, quien encerrado en El Louvre, casi no se atrevía a salir por miedo a que las masas de París, los más acérrimos católicos del reino, le abuchearan.
El momento más triste del Rey fue cuando el llamado día de las Barricadas, el 9 de mayo de 1588, cuando el duque de Guisa entró en París y fue aclamado como nuevo rey, viéndose obligado Enrique a huir de la ciudad por la puerta trasera de su palacio. Juró vengarse y esperó el momento propicio para eliminarlo.
Ese día llegó el 23 de diciembre de 1588 en el castillo de Blois, donde estaba reunido el consejo. Esa misma mañana el duque de Guisa se había levantado temprano y fue llamado por el Monarca a su despacho para tratar algunos asuntos.
El Rey había preparado minuciosamente el asesinato del duque, apostando a dieciséis hombres de su confianza con sus dagas, preparadas para que cuando entrara el duque en la habitación se echaran sobre él y lo asesinaran. El duque de Guisa fue avisado de que Enrique le tenía preparada una emboscada, pero entre carcajadas, haciendo como siempre gala de su buena estrella, aseguró: “Él nunca se atreverá”. Pero lo hizo.
Cuando Guisa había entrado en el gabinete real, en lugar de encontrar al Monarca se dio debruces con sus verdugos, que le estaban esperando. Los esbirros se abalanzaron sobre él daga en mano y cada uno le propinó una cuchillada. Guisa intentó defenderse, aunque el número de sus agresores fuera tan alto. Logró incluso herir a dos de ellos, pero las dagas iban entrando una a una en su cuerpo, hasta que fue abatido.

 (Enrique III observando el cuerpo del Duque de Guisa)

El Rey contempló toda la escena escondido detrás de una cortina y no se atrevió a moverse hasta que tuvo la certeza de que su rival había muerto. Entonces salió de su escondite y de pie, contemplando el cadáver del duque tendido sobre el charco de sangre, dicen que pronunció la siguiente frase: “He aquí al rey de París. ¡Ya no es tan grande!”. Pero el indigno suceso soliviantó tanto a las masas católicas de la capital, que se podría afirmar que, a partir de ese día, el Rey no sería más que la sombra de sí mismo, habiendo perdido definitivamente el apoyo de sus súbditos. Incluso su vida corría peligro cada día que pasaba. Sólo era cuestión de tiempo que alguien afecto a la Liga vengara el asesinato de su héroe y valedor, el duque de Guisa. Éste fue el monje Clèment, quien con su estocada certera vengó la muerte de su ídolo.
Enrique de Valois, si bien no fue un gran monarca, sí fue un personaje de enorme interés desde el punto de vista antropológico. Excesivo en todo, igual se dejaba llevar por los placeres un día y al día siguiente presidía una procesión de flagelantes por las calles de París, descalzo y fustigándose la espalda hasta hacerse sangre.
Es llamativo que la sociedad tolerara tanta extravagancia en el siglo XVI. Si acabó siendo destronado, no fue tanto por su vida como por haber dejado los asuntos importantes en manos de ministros incompetentes y por su falta de sentido de Estado. Por eso, tras Enrique III gobernó una serie de monarcas y ministros que aprendieron la lección de su antecesor y, si bien, todos siguieron manteniendo en mayor o menor medida una vida bastante pecaminosa en lo privado, supieron recolocar a Francia en la cima de las naciones europeas.

Fuentes de Datos:
*El Rey Ninfa – José Miguel Cabañas para La Aventura de la Historia
Para saber más:
*Reyes que amaron como reinas – F. Bruquetas de Castro – La Esfera de los libros.

sábado, marzo 12, 2011

Los Banquetes Masónicos

Grabado Francés de 1843

En la discreta hermandad masónica los banquetes rituales ocupaban un lugar relativamente importantes.
Las cuatro logias que en Londres se asociaron para fundar la primera Gran Logia de la “era moderna”, allá por 1717, se denominaban con los nombres de las cuatro Taverns en que celebraban sus reuniones o “tenidas” alrededor de la mesa.
En las primitivas Constituciones de dicha logia, aprobadas poco después, se regula minuciosamente lo relativo a los banquetes rituales que debían celebrarse preceptivamente dos veces al año en los solsticios de verano e invierno, los “banquetes solsticiales”. Estas Constituciones de Londres” han marcado la pauta de la organización y funcionamientos de las logias masónicas hasta hoy a lo largo y ancho del mundo. La primera en constituirse, según las reglas de Londres, sería la de Madrid, en 1728, conocida inicialmente como “Las tres flores de Lys”, por el nombre de la fonda francesa donde se reunía, sita en la calle San Bernardo. Estaba integrada por un grupo de militares ingleses al servicio de España.

 (Masones)

Según uno de esos Reglamentos (Lausana, 1875), los banquetes de obligación para las logias habrían de celebrarse rigurosamente los días de reunión más próximos al 24 de junio y  al 27 de diciembre, fiestas de San Juan Evangelista y San Juan Bautista, respectivamente, por una especie de patrocinio de estos dos santos sobre las logias. Al coincidir la fiesta del evangelista con el fin de año, la fecha era propicia para este tipo de ágapes. Prim fue asesinado el 30 de diciembre de 1870, cuando salía del celebrado por su logia madrileña.

Lo primero que llama la atención es que el Banquete Masónico es un acto extremadamente ritualizado, desde la disposición de la mesa, hasta la forma y orden de los brindis. De velar por su organización se encarga el Arquitecto Maestro de Banquetes.  Los preside y dirige de principio a fin, a golpe de “mallete, el Venerable Maestro de la Logia. Previamente se dispone la mesa en forma de herradura, con la curva mirando hacia Oriente. Una complicada simbología inspira la disposición de los objetos de adorno como candelabros y floreros, y de servicio como las jarras y botellas, así como de los platos, vasos y cubiertos.
Una de las cosas más chocantes es su denominación: a las jarras se las llama “barricas”; a vasos y copas, “cañones”; a la bandeja, “terraplén”; al plato, “teja”; a la cuchara, “trulo o paleta”; al cuchillo, “acero”; al tenedor, “tridente”. Colocarlos sobre la mesa es “alinearlos”, llenar los vasos o las copas es “cargar”, los brindis son “salvas”, las bebidas son “pólvora” (“fuerte” el vino, “floja” el agua, “amarilla” la cerveza, “negra” el café. Beber es naturalmente “hacer fuego”.

La explicación de esa curiosa nomenclatura predominantemente militar (aunque recuerda también el origen constructivo medieval, es el predominio de este estamento en el origen mismo de la masonería en España, y a que la expansión de la masonería por Europa a comienzos del siglo XIX coincidió con la del ejército napoleónico. En Madrid llegó a haber siete logias durante el reinado de José Bonaparte.
Así como no había un tipo de menú reglamentario, ni platos o ingredientes de alguna manera simbólicos, ni había un ceremonial especial para pasar de un servicio a otro, los brindis estaban rodeados de una gran solemnidad, casi litúrgica podríamos decir. Son siete los brindis de rigor. El primero, por el Jefe de Estado, el segundo por el Gran Maestre, el tercero por el Venerable Maestro de la Logia…el séptimo y último “es por todos los Hermanos esparcidos por la superficie de la tierra”.

Entre brindis y brindis, la comida se desarrolla en silencio, excepto en los momentos “de recreación” en que se permite a los comensales relajarse y charlar. Cada vez el presidente da un golpe de “mallete” y la consigna de “a cargar y alinear sus cañones”. Los “hermanos”, de pie, empuñando con una mano “el acero” y sujetando con la otra “el cañón”, escuchan respetuosamente la dedicatoria del brindis antes de “hacer fuego”.
En los intervalos es habitual que se amenice el acto con canciones o interludios musicales. Entre el sexto y séptimo se permiten brindis “espontáneos”, por así decir, y se hace pasar una bolsa para obras de beneficencia.

viernes, febrero 11, 2011

El Enano Don Diego De Acedo

Don Diego de Acedo llamado El Primo. Enano. 1635-1660

Fue un supuesto pariente de Felipe IV y, según otros, primo del mismísimo Velázquez, quien le retrató en este óleo de 1645 rodeado de tinteros y libros, en alusión a su oficio de asistente a la secretaría de la Cámara y Estampilla. Sirvió en la Corte de los Austrias entre 1635 y 1660.

(Don Diego de Acedo pintado por Veázquez - 1644 - Museo del Prado-Madrid)

El mote de este enano se ha discutido mucho. Hasta se le supuso pariente del Rey. Opongo a este supuesto, que en nada se apoya, otro más verosímil. El Infante Cardenal pasaba anualmente por merced, o pensión, 250 ducados a una señora llamada doña Lorenza de Acedo y Velázquez. El mismo Infante Cardenal tuvo de contador mayor al caballero de San Juan, don Juan de Acedo y Velázquez. ¿Sería el enano, pariente, hermano o primo de estos señores? Si llevaba por segundo apellido el de Velázquez, bien pudo ser «primo» en serio de ellos o primo en broma del gran pintor.

Los cronistas de la época cuentan que yendo el enano en un coche con el Conde Duque de Olivares dispararon sobre éste un arcabuz, sin más consecuencia que una herida al Primo en el rostro. También dicen que era muy enamoradizo y que el Aposentador de Palacio, Marcos de Encinilla, mató a su esposa por celos del enano (año 1643) y le hubiera matado a él si no hubiere salido aquella mañana de paseo con el Rey.
Pero noticias de esta índole no quedan en el Archivo de Palacio cuyos papeles son todos de orden administrativo.

El retrato que le hizo Velázquez en Fraga durante la jornada de 1644 (Museo del Prado) queda libre ahora de las falsas conjeturas conocidas. El tintero y los libros de que le rodeó el pintor aluden a su oficio de asistente a la Secretaría de la Cámara y Estampilla. Por otra parte, su empaque y su porte, mucho más altanero que el de los otros enanos, permiten pensar en el parentesco arriba dicho.

Otra fantasía que corre acerca de él se apoya en esta frase de un documento: «asistía a la estampa». Los desconocedores del mecanismo o servicio palatino no pudieron sospechar que «La Estampa» era el despacho u oficina de la Estampilla o firma facsimilar del Rey, que se guardaba en la Secretaría de la Cámara, en un cofre especial para ella, y supusieron que asistía a un taller de estampación.

 ("El principe baltasar carlos en las caballerizas reales" - Velazquez 1636 - A la derecha, Don Diego de Acedo)

En el libro de Etiquetas, entre las instrucciones al Secretario de la Cámara, dice: 

«6.º El cofre de la Estampa, que ha de ser en la forma que se ha ordenado, de manera que no lo pueda llevar una persona sola, se ha de tener siempre debajo del bufete donde yo despacho, donde estará con la seguridad conveniente, y, de camino (de viaje) tendrá muy particular cuidado de que se lleve con la misma.

7.º La Estampa se ha de hacer en la parte que señalaré y no se ha de poder hacer estampar cosa ninguna si no fuere en presencia y por mano del mismo Secretario de Cámara o de la persona que hiciere su oficio en su ausencia» (V. Etiquetas, libro que las reúne todas, fol. 129).

En el mismo caso que «El Primo» estaba otro sujeto, cuyo asiento dice: «1675. A. don Gaspar de la Cuesta, escudero de a pie que asiste a la Estampa y Escritorio de la Cámara, cien ducados de pensión, de que su Majestad le hizo merced por esta ocupación».
Todos los datos que existen sobre don Diego de Acedo encajan en los años arriba apuntados. En 1669 ya había muerto, y su ración la cobraba Bernardo Pedrero, sobrino suyo. Pero desde 1655, deja de cobrar por la Secretaría de la Cámara y desde dos años antes le entregaban su dinero al criado que tenía, llamado Jerónimo Rodríguez.

La verdad se descubre en mil detalles cuando se la busca y, así, en un legajo de Sastres y Cuentas particulares se halla este asiento: «Mas hizo para el enano don Diego de Acedo, para venir de correo, un capote de campaña, guarnecido con un pasamanos ancho de oro falso, cosido a tres puntos, con sus mangas y portezuelas, con dicho pasamano por dentro y fuera, y un jubón de gamuza con faldillas a lo francés, guarnecido con un pasamano más angosto y coleto con dicha guarnición. Es el jubón y coleto de gamuza, forrado. De hechura, cien reales. Hízose con mucha prisa. Tasado en cien ducados».
Fuera de este asiento que transcribo porque se ve al enano en oficio de correo o menester de Secretaría, no citaré más que otro: 

«22 junio, 1645: 40 reales que se dieron a Pedro Arias (en Zaragoza) por una cabellera que compró por mandato de Su Majestad para cubrir una corona que habían hecho al "Primo"». Que el «Primo» y don Diego de Acedo son una misma persona según consta en los asientos de Cuentas particulares desde 1038 y en Vestuario, leg. 4.

Legajos donde aparece el nombre de este personaje:
Cuentas particulares, compradores, C. 7 y C. 10; Sastres, S. 4. Oficios, leg. 35.- Guardajoyas, —59→ leg. 28.- Secretaría de la Cámara, Cuentas, leg.. 1.- Medias anatas, leg. 2.- Vestuario, leg. 2.- Maestro de la Cámara, leg. 4.- Libro del Grefier, N.º 102, 48.- Jornadas a Daroca y Fraga, 1642 y 44.- Deuda, leg. 41.- Cuentas particulares, cordoneros, años 1635-60.

Fuente de Datos:

martes, noviembre 16, 2010

Carlos I De Inglaterra, El Rey Arrogante

("Una representación de la ejecucion de Carlos I por un testigo ocular", oleo de jhon weesop - 1649)

El día 1 de Enero de 1649, Carlos I de Inglaterra era ejecutado.

Aquél día amaneció frío y neblinoso, y el rey, ser enfermizo desde su infancia, menudo y apocado, pues medía solamente 1,62 metros, pasó directamente de una puerta-ventana del palacio de Whitehall al cadalso, montado en aquel céntrico punto de Londres.
El monarca rezó brevemente antes de inclinar la cabeza, que el verdugo seccionó de un solo golpe de hacha. Cuando el enmascarado verdugo levantó el sangriento despojo, un profundo gemido salió de la multitud, conscientes de haber presenciado un acto sin precedentes: un regicidio realizado, no por un asesino ni el calor de una batalla, sino por orden y con la autoridad de los representantes del pueblo, tras un proceso formal en el que el Soberano se negó a defenderse.

Carlos I compareció ante el tribunal de excepción nombrado por el victorioso Parlamento, acusado de alta traición con haber provocado una segunda guerra civil (1648-1649), después de que en la primera (1642-1648) sus fuerzas, los llamados Cavaliers o “Caballeros”, hubieran sido derrotados por los Rhoundheads o “Cabezas Redondas”, así denominados porque iban completamente rapados, en contraste con las románticas melenas de los defensores del Rey.

( Oliver Crowell en un retrato de Robert Wlaker)

La guerra civil inglesa, un suceso fundamental en la creación del Estado moderno, reflejaba un conflicto religioso entremezclado con otro político. La profunda emoción protestante que inspiraba a los parlamentarios y a su líder, Oliver Cromwell, no reconocía el estatus especial de un rey, ni aceptaba que un monarca disfrutase, como insistía Carlos Estuardo, de un derecho divino y absoluto para gobernar.

El ultraprotestantismo o puritanismo que inspiraba a muchos de los jefes parlamentarios bebía profundamente en la fuente del Antiguo Testamento, donde la institución monárquica se consideraba como una interrupción en la comunicación directa entre Dios y los profetas de Israel.

De acuerdo con esta imagen, entre el pueblo y el Rey existía un acuerdo tácito en virtud del cual el Monarca hacía las veces de líder, pero no gozaba del poder absoluto. Carlos I, sin embargo, creía tercamente que, amparándose en el derecho divino de reinar, no necesitaba transigir ni justificar ninguna de sus acciones.
Invitado a defender de la acusación de alta traición, Carlos se negó a reconocer el derecho del tribunal a juzgarlo.
Insistió en que era Dios quien le había dado facultad para reinar.
 “Quiero saber – dijo con fuerte deje escocés-  en nombre de qué autoridad se me obliga a estar aquí”.

(Palacio de Saint James y vista de Pall Mall - Thomas Bowles - 1763)

Inevitablemente, al Rey se le declaró culpable y además se le impuso la pena de muerte. Ya no volvería a pisar más el palacio de Sanint James, situado al final de la arteria de Pall Mall, donde se le hospedó durante el proceso, sino directamente al de Whitehall, última morada antes de sufrir la pena capital.

Nació el 19 de noviembre del año 1600, en Dunfermline (Escocia). Fueron sus padres, el rey Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, y Ana de Dinamarca. El matrimonio procreó  nueve hijos, de los cuales solo tres llegaron a convertirse en adultos.

(Carlos pintado por Anthony van Dyck en 1636)

 Carlos era el quinto hijo de matrimonio, y el segundo varón, pero el primogénito, Enrique Federico, falleció en el año 1612, con solo 18 años, víctima de fiebre tifoidea, quedando Carlos como sucesor del trono inglés, de la dinastía de los Estuardo, que profesaban el protestantismo.

(Enrique, Príncipe de Gales en una pintura de Robert Peake)

 (George Villiers, en un retrato de Balthazar Gerbier)

Durante su adolescencia, conoció a George Villiers, duque de Buckinham, llamado a ejercer una mala influencia en el futuro rey.  En 1623, los dos jóvenes viajaron de incógnito a España, tratando de llevar a buen puerto las empantanadas negociaciones para casar a Carlos con la infanta María Ana, hermana de Felipe IV.
El asunto terminó en agua de borrajas, porque  en España se insistió en que Carlos se convirtiera al catolicismo. No está claro si el motivo por el cual Carlos abandonó la idea de casarse con la infanta fuera la exigencia de su bautizo o la de  ue el príncipe heredero quedara en España hasta que Inglaterra cumpliera todas las condiciones del tratado que habría de firmarse, incluida la relajación de las restricciones que en Inglaterra pesaban sobre la celebración del culto católico.

Sea cual fuera la causa, desde la cruel persecución de protestantes ingleses realizada por María la Sangrienta, mote de la reina María Tudor, casada con Felipe II, Inglaterra se había negado a aceptar un monarca católico, por lo que el fracaso del proyectado lazo matrimonial fue recibido con gran alivio.

 (Carlos I a caballo 1633, pintado por Van Dyck - propiedad Isabel II de Inglaterra)

Una de las primeras decisiones de Carlos I, después de subir al trono a la muerte de su padre, fue declarar la guerra contra España para ayudar a su cuñado Federico V, a recuperar sus tierras perdidas.
Mientras el Parlamento, que representaba a las clases sociales que pagaban los impuestos, prefería atacar las flotas españolas cargadas de oro americano, Carlos insistía en desembarcar en el continente europeo, estrategia siempre costosa y de dudosa eficacia para Inglaterra. La campaña fue desastrosa y la escuadra inglesa sufrió  una derrota humillante frente a Cádiz.

El Parlamento reaccionó exigiendo la impugnación ante la Cámara del duque de Bukingham a quien, sin embargo, el Rey se obstinó en defender.

 ("Cádiz se defiende ante los ingleses" - Zurbarán, 1634)

Las arcas reales seguían percibiendo el sustancioso rendimiento del impuesto sobre determinados productos de importación, pero estos ingresos no bastaban, de modo que la tempestad que rodeaba el derecho que pudiera amparar al Rey para recaudar impuestos sin el consentimiento parlamentario no amainó. Carlos, sin hacer caso a las objeciones de la Cámara, procedió a exigir préstamos, encarcelando a los que se negaban a pagar o castigándolos con la pesada carga de alojar a sus soldados. Tan grande fue el descontento que, el 23 de agosto de 1628, Bukingham fue asesinado.

En Enero de 1629, la Cámara aprobó una resolución muy hostil sobre el comportamiento Real. Carlos, en lugar de modificar su propia insistencia y en vez de reconocer los antiguos privilegios de los miembros del Parlamento, decidió disolverlos. Durante los siguientes once años, el Rey gobernó sin Parlamento, lo que muchos vieron como un abuso arbitrario de poder.
Para recaudar impuestos, echó mano a una variedad de estratagemas, desenterrando viejos reglamentos para imponer multas y exigiendo el pago de impuestos que hacía años habían caído en desuso, todos ellos sin el consentimiento del Parlamento que no se había reunido desde 1629.

Las suspicacias protestantes de Carlos I se multiplicaron cuando la razón de Estado anuló la oposición a que el Rey se casara con la católica Enriqueta María, hermana de Luis XIII, rey de Francia. Carlos Estuardo deseaba forzar a la iglesia anglicana a seguir una tendencia protestante y más tradicional, católica sin ser romana.

("El arzobispo de Canterbury Willian Laud" - Oleo de Anthony Van Dyck)

Nombró en 1633 como arzobispo de Canterbury, principal jerarca eclesiástico, a Willian Laud, el cual procedió a destituir al clero que no estuviese conforme con su teología, y a castigar a los párrocos que desobedecieran sus órdenes sobre la forma de realizar los ritos litúrgicos.
A la vez, persiguió el movimiento puritano, de un protestantismo extremista, empleando el temido y arbitrario tribunal conocido como la Cámara de la Estrella, que se parecía a la Inquisición, pues empleaba el tormento entre sus métodos y no permitía que los acusados pudieran ver las caras a los testigos.

Cuando Carlos quiso imponer en Escocia sus opiniones religiosas, los escoceses temieron que se les fuera a imponer la Iglesia anglicana, que ellos veían como semicatólica. Carlos quiso suprimir esa protesta, pero como el Parlamento, finalmente convocado en 1640, le denegó los fondos necesarios para reclutar un ejército,  el Rey se vio obligado a conceder la libertad eclesiástica a los escoceses.
El Parlamento, al insistir en que se debatieran los abusos cometidos desde 1629, fue disuelto un mes después de su convocatoria, llegando a conocerse como “Parlamento Corto”. Urgentemente necesitado de fondos, en noviembre de 1640, el Rey convocó otra asamblea que fue nombrada “Parlamento Largo”, porque duró hasta 1653. Los dos años siguientes vinieron continuas tensiones entre el parlamento y el Rey. Para éste, los representantes protestantes populares eran rebeldes. Para los parlamentarios, el Rey era un tirano que buscaba introducir innovaciones religiosas e imponer impuestos sin el consentimiento de la asamblea.
De hecho, el Parlamento logró obligar al rey a aceptar el derecho de la Cámara a reunirse, aun sin el consentimiento real; exigió el ajusticiamiento del arzobispo Laud; declaró ilegales el “Ship Money” y otros gravámenes, y suprimió en tiránico tribunal de la Cámara de la Estrella.
El Rey se sintió humillado, sin fondos y sin fuerzas. El Parlamento, sin embargo, temía que financiar un ejército para reprimir una rebelión en Irlanda, pondría en sus manos una herramienta que podría emplear contra él.
La tensión llegó a su apogeo cuando el 4 de enero de 1642, el Rey se presentó en el Parlamento acompañado de soldados para detener a cinco de los miembros más contestatarios. Estos, avisados con antelación, habían huido ya. El presidente de la Cámara, preguntado por el Rey sobre dónde estaban los cinco, contestó con una frase que se hizo célebre:
“No tengo ojos para ver ni lengua para hablar, excepto que esta Cámara me lo permita, siendo como soy su siervo”.
 
 ("Retrato de Carlos I y su caballo" - obra de Van Dyck)

Contra la falta de respeto no había más remedio que hacer valer su autoridad, que Carlos consideraba de origen divino. Abandonó la capital y marchó al norte de Inglaterra, donde pensaba reclutar un ejército, mientras que la Reina Henrietta María Van Dych se fue al extranjero en busca de fondos para financiarlo.

(Henrietta María Van Dych) 

Carlos estableció su gobierno en Oxford, desde donde controlaba el oeste y el norte de Inglaterra, mientras el Parlamento dominaba Londres y el sureste. Las primeras batallas tuvieron lugar en 1642. Los parlamentarios, derrotados al principio, eligieron como jefe militar a Oliver Cromwell, un pequeño terrateniente y representante parlamentario por Cambridge.

Siguieron muchas derrotas del partido real, hasta que en el verano de 1646 cayó Oxford. Prisionero del Parlamento, Carlos se trasladó de prisión en prisión, mientras el Ejército y el Parlamento discutían su futuro. Finalmente, dio con sus huesos en el castillo de Carisbooke, en la isla de Wight. Y fue ahí donde el Rey, explotando divisiones entre sus adversarios, pactó secretamente con los escoceses, prometiendo establecer en Inglaterra el sistema de gobierno de la Iglesia mediante presbíteros.

  (Carlos I en su partida hacia el castillo de Carisbooke - obra de  Eugène-Louis Lami)

En julio de 1648, los escoceses, fieles a su promesa al Rey, invadieron Inglaterra, lo que dio lugar a numerosas batallas con la consiguiente pérdida de vidas y propiedades. Con la derrota de las fuerzas escocesa, esta segunda guerra civil concluyó con el Rey acusado de haber invitado a un ejército escocés, y por tanto extranjero, a hacer la guerra contra su propio pueblo.

  (Castillo de Carisbooke - William Turner)
 
Ahora Carlos, tendría que responder ante el Parlamento, acusado de traición. Dadas las circunstancias, es probable que si se hubiera defendido, se hubiera podido salvar.

Fue su orgullo en realidad, lo que le llevó al cadalso.

Fuentes de datos:
*”La mala cabeza de Carlos I” – Michael Alpert – (La Aventura de la Historia)
*”El viaje del Príncipe de Gales en 1623”- Redwortg, G. – (La Aventura de la Historia)

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